Alberto Cano

Alberto CanoSamira Ouf

Alberto Cano, jesuita y psiquiatra

«Necesitamos escuchar de forma muy radical y decir pocas cosas»

El jesuita y psiquiatra Alberto Cano ha estado esta semana en Córdoba para hablar de la soledad y el acompañamiento

Demasiado ruido. Ni tan siquiera para esta entrevista deja de sonar un hilo musical en la sala donde se realiza. El ruido feroz de la vida de ahora, donde todo el mundo habla, opina, sentencia, aconseja, inundado el teléfono de mensajes y más ruido. Un ajetreo que paradójicamente incrementa la sensación de sentirse solo en un mundo frenético de individualidades sumadas pero no añadidas al entorno más cercano, el que enriquece, el que aporta,el que acoge o que simplemente escucha.

Los expertos advierten que la soledad, esa que se siente de manera cruda y que no es elegida, comienza a provocar estragos. Es un problema de salud, o quizá ese es el problema, que se circunscribe solo a la salud. El jesuita y psiquiatra Alberto Cano (Valladolid, 1986) ha estado en Córdoba señalando que la trascendencia es un factor que no debería descuidarse cuando hablamos de lo psíquico, que desde la soledad se necesita al otro igual que los otros precisan cuidado y afecto. El alma, pues. Un espíritu acosado por el ruido, la prisa y la falsa necesidad de parecer, una exigencia que incrementa la soledad de los que se ponen ante un espejo y no miran lo verdaderamente importante, salvo una soledad ruidosa.

Alberto Cano

Alberto CanoSamira Ouf

- ¿El hombre nace solo y se muere solo?

- De alguna manera sí, y al mismo tiempo no. Creo que hay una soledad que sí que es constitutiva de todo ser humano, que tiene que ver con una falta con la que nacemos, pero al mismo tiempo estamos habitados continuamente. Hay una presencia de los otros que irrumpen en nuestra vida con mucha frecuencia y, desde la fe, también hay una presencia de Dios que de un modo misterioso lo invade y lo abraza todo.

- El existencialismo abusó mucho de esta frase, de este postulado.

- Sí, también decía que nuestra vida es el paréntesis entre dos nadas. Creo que en muchas teorías lo que se dice es cierto; a lo mejor lo que no es tan cierto es lo que no se dice. El existencialismo subrayó una dimensión del ser humano, como esta soledad radical, como esta nada, y de alguna manera es lo que decía antes: que sí, que hay una herida con la que nacemos todos los seres humanos, que es reflejo de una falta, y que esa falta no se colma si no es en la relación con otros y, al final, en la relación con Dios.

- Su conferencia se titula Acompañar en soledad. ¿Cómo se acompaña en una época dominada por la prisa y la hiperactividad?

- En primer lugar, creo que necesitamos perderle el miedo a cierta soledad. Hay una soledad que es dolorosa, la obligada, la que no se elige ni se desea, pero también hay una soledad en la que podemos conectar con lo hondo de lo que somos, escapar de la banalidad y la superficialidad. Acompañar no es solo paliar esa soledad y hacer que desaparezca, sino ayudarnos a transitar por lo que de solo tiene la existencia de todo ser humano. Pero hay una necesidad de silencio, de bajar el ritmo, de no protegernos con distracciones y entretenimientos que nos desconectan de lo que somos. También necesitamos escuchar de forma muy radical y decir pocas cosas. Hay mucha palabra en este momento y creo que acompañar la soledad es respetar el silencio.

Alberto Cano

Alberto CanoSamira Ouf

- Precisamente San Ignacio invita a mirar lo que ocurre dentro de nosotros con honestidad, sin miedo a la desolación. Pero no está de moda escucharse ni mirarse de esa forma.

- Está de moda mirarse demasiado, con excesiva autocomplacencia o con excesiva agresividad. Creo que lo que no está de moda es mirarnos con un equilibrio de lucidez y ternura. Hay una lucidez que, si no es tierna, se convierte en agresión a uno mismo; pero hay una ternura que, si no tiene una dosis de lucidez, al final es vacía. Necesitamos mirarnos de una forma más completa, reconociendo que no todo lo que ocurre en nuestra vida sucede tejas abajo: tejas arriba también hay algo que pasa y se nos escapa. Hace falta una mística de ojos abiertos para ver lo que nos pasa por dentro, pero también una mística de ojos cerrados para ver lo que no se resuelve solo en el plano emocional, psicológico, mental o social.

- Dicen que esta es una época marcada por el narcisismo, y por tanto por la soledad que conlleva.

- Ahora está muy de moda el filósofo coreano Byung-Chul Han, que ha ganado el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades y habla justamente de esto: que la sociedad del narcisismo es también la sociedad de la soledad. Cuando estamos tan preocupados por volver la vista hacia nosotros mismos, por afirmarnos, por ocupar nuestro espacio para que nadie nos lo robe, en el fondo vamos creando barreras entre unos y otros que poco a poco nos van aislando. Es una paradoja: en esa dinámica de autoafirmación, al final vamos perdiendo los vínculos con los demás y nos quedamos progresivamente más solos.

Alberto Cano, durante la entrevista

Alberto Cano, durante la entrevista

- Desde tiempos ancestrales la tribu ha expulsado al distinto, al enfermo, al que no encajaba. Hoy ya no se expulsa físicamente, pero se siguen produciendo formas de exclusión silenciosa, incluso punitiva.

- Hoy no se expulsa porque somos más sofisticados en esos mecanismos, pero sí se abandona. El papa Francisco insistía mucho en la globalización de la indiferencia. Hay mucha gente hoy que resulta invisible, y al invisible no hace falta expulsarlo: basta con ignorarlo, negarlo o condenarlo a un segundo plano. Pero al mismo tiempo hay muchos movimientos sociales e individuales que reclaman la necesidad del cuidado: del débil, del frágil, de lo terminal y también de lo germinal. Creo que hay un movimiento muy interesante que está surgiendo, sobre todo entre la gente joven.

Alberto Cano, durante la entrevista

Alberto Cano, durante la entrevistaSamira Ouf

- Ya que además usted es sanitario, ¿se vive también en la medicina esa expulsión del no nacido o del que no tiene remedio?

- Al final cuidamos menos lo que nos da más miedo: lo que está en los orígenes y lo que está en el final, porque no sabemos muy bien cómo situarnos ante ello, cómo entenderlo o cómo tocarlo. La forma más primitiva de defendernos es expulsarlo. Pero la expulsión nace del miedo. Cuando es alguien cercano el que está en esas situaciones, desde el principio o el fin de la vida, las ideas cambian completamente y aparece una dinámica mucho más fuerte y profunda: la del cuidado, el respeto, la caricia. Entonces los discursos se nos caen rápidamente.

- ¿La negación del vínculo es una herida espiritual?

- Es muy difícil diferenciar lo que es vida física y lo que es vida espiritual. Es muy fácil confundirlo, y a mí me resulta complicado distinguir entre lo psicológico y lo espiritual. Creo que en el ser humano hay una dimensión trascendente que impregna toda nuestra vida mental, y que nuestra vida espiritual requiere también de un cerebro que trascienda. La negación o ruptura del vínculo tiene una parte espiritual, en el sentido de que la conexión con el otro es también una conexión trascendente. No es solo algo que ocurre a nivel de neurotransmisores, emociones o pensamientos, sino también la conexión de dos almas que laten en una sincronía parecida.

Alberto Cano, visto por Samira Ouf

Alberto Cano, visto por Samira Ouf

- Usted es psiquiatra y jesuita. ¿Cómo se encuentran la fe y la ciencia en el acompañamiento del sufrimiento?

- Para mí se hacen inseparables. Es verdad que la consulta de psiquiatría no es un confesionario ni una sala de catequesis, y al mismo tiempo el confesionario no es un lugar para hacer terapia. Pero hay una forma de entender al ser humano que requiere de ambas. A veces no podemos usar un lenguaje que no es propio, pero sí necesitamos entender al ser humano de forma más completa: no solo como un sistema físico o psicológico, ni solo como un sistema social. En psiquiatría se defiende mucho el modelo biopsicosocial, pero se nos olvida que también somos biopsicosociales espirituales.

Hay una dimensión de sentido trascendente donde se juegan el amor, la necesidad de ser amados, la capacidad de perdonar y de vincularse incluso desde el sacrificio. Eso no es psicológico ni hormonal ni cerebral: es un punto más allá. Necesitamos recuperar esa dimensión, porque ahí es donde nos duelen las cosas que no sabemos dónde nos duelen. Y eso, de alguna forma, es el espíritu: donde laten cosas que no laten en la mente, en el cuerpo, en el corazón ni en el cerebro.

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