Marcah del 8M en Córdoba
Desde varios días antes, estuve dándole vueltas a la cabeza sobre el outfit adecuado que debía vestir el domingo a la manifestación feminista para cubrir para este señor periódico el «Día de la Mujer de Todos los Años»: más conocida como la-del-8M. Ya sabes, ir a tono, desmesurado, pelín hortera de domingo, con cara de enfado -imprescindible-, para un sarao posmoderno y previsible como este, pero del que seguro sacaría alguna que otra anécdota. Iba animado, lo juro.
Desde luego, contaba con llevar algún complemento o abalorio tono morado. Debía pasar desapercibido, camuflarme entre aquel gentío de mujeres reivindicativas, no demasiadas agraciadas en lo físico -bueno, no sé- y algún pasmarote pagafantas que también los había. Sibilino, debía atravesar las líneas no tan compactas de la mani a través de alambradas con púas tal un guerrillero del Viet Cong, corear algunos de los lemas de la mani feminista hasta desgallitarme, esconder mi hombría, dejarme una barba desaliñada de dos semanas. Confundir, en suma, a aquel personal para el que todos somos potenciales sospechosos. Opté por no salir de farra la noche de antes ni, aquella misma mañana, desayunar. Quería ir en las mejores condiciones posibles para así captar todo aquello que sucedería después, sin apenas, ustedes disculpen, fisuras. Y mis expectativas quedaron de sobra cumplidas. Tras leer el lema feminista de la manifestación de este año: Conciliación y corresponsabilidad: el tiempo importa -¿Enj?- me dije que este año sería una de las grandes.
Hecho un deshecho de virtudes, algo cabrón y algo católico, antes de salir de casa, dejé mi lado heteropatriarcal modo Tony Soprano, junto al microondas y la minipimer. Mi sensibilidad todavía andaba por los suelos.
La previa de la «mani»
Amenazaba lluvia, así que opté por rebuscar en el fondo de armario un chubasquero tono lila tirando a violáceo, por si las moscas. Mejor así, me dije. Me quedaba, francamente, resultón.
La mañana olía a café con leche, a churros y a asador de pollos para llevar. Los locales coreanos del Centro de arreglos de uñas aún estaban cerrados. Algunas familias iban de camino a misa, había también inquietantes tipos haciendo juegos malabares en los semáforos de la Avenida de América a cambio de dos monedas, algunos padres de familia con la barra de pan bajo el brazo, y conductores jurando en arameo porque una manifestación de feministas -o cualquier otra- les restara cinco minutos a sus vidas. Córdoba parecía ser como todos los domingos, pero no.
Eslóganes escritos en cartones de galletas Fontaneda
Atorado, pillé la cámara Sony, el cuaderno de espiral, el boli Bic y un par de chicles para el camino. Cogí el 9 en la parada de Huerta de la Reina, a la carrera. Me bajé en la parada de El Corte Inglés. Tranquilo, con la vida en ciernes, me dirigí al cogollo de la mani feminista del año: al ajo fiestero y molón del que nadie sabe nada para lo que sirve. Por los cascos, escuchaba Día de la mujer mundial de Calamaro.
Manifestación del 8M en Córdoba
Nada más enfilar la avenida de La Victoria desde el parque de los Patos escuché a lo lejos tambores. No, otra vez no, tío. ¿De verdad? Pero sí, resultó que era la batucada feminista de todos los puñeteros años.
Llegué. Vaya si llegué hasta la cabecera de la manifestación. ¿Qué diablos era aquello? ¿La salida de una media maratón de provincias? ¿Una fila de ultras de la Lazio con ganas de jarana? ¿La larga lista de mis acreedores en huelga pasándolo pirata demandando mis deudas? No, amigos, nada de eso. Ni más de menos que un montón de señoras y señoritas -y algún pagafantas- dando botes. Entonces fue cuando fue respiré.
Pasarlo pirata no era uno de mis objetivos para aquella mañana de mani dominguera pero, hombre, eso de que «el 8M es más necesario que nunca» se me hizo largo, pedante, y sin sentido del humor.
La mani partía de la glorieta de la Cruz Roja y acabaría en las Tendillas. Tenía prisa. Había quedado con el hetero-patriarcado en Bodegas Guzmán.
Hacia la cabecera de la «mani»
Conseguí abrime paso entre batucadas varias, entre pelos teñidos de rojo y de azul, entre zapatillas del Decathlon y fulares estrambóticos: mujeres con gafas de culo de vaso, camisetas empoderadas, perritos con jerseys morados, brincos y saltitos con un mínimo de compás. Poco a poco conseguí acercarme a la cabecera de la mani.
Y fue entonces cuando empecé a corear, a sentir vivamente, lemas como: «las mujeres trans, mujeres son», o « Cuidado, cuidado, que puedes tener a un putero a tu lado». Aún hay más. «Escucha, hermana, aquí está tu manada (sic)», o los ya clásicos imperecederos como: «Hay que quemar el sistema heteropatriarcal», «Nosotras parimos, nosotras decidimos». Me pareció ver a alguna mis ex progres girando la vista al verme.
Ey, que de aquí a la extinción hay un pis-pás. Reflexioné.
Manifestación del 8M en Córdoba
¿Todo llega a su fin? Que tú te creías eso
La mani llegaba a su fin y me puse triste. Para enmendarlo, para paliar mi pena, de vuelta a casa mientras los participantes se desparramaban por los bares de alrededor -era la hora del vermú- imaginé cómo sería una reunión en las altas instancias burócratas, mujeriles e igualitarias. Imaginemos por un momento.«Con un día de la mujer al año no tenemos suficiente, colegas ¿Qué hacemos?» Se preguntaron en las altas esferas del Ministerio de Igualdad reunidos en sede ministerial. Pero nada, que no daban con la tecla. Tras horas cavilando, entregados al supremo arte de pensar, no daban con la tecla. «¿Y si proponemos como delito de odio con trena incluida cualquier gesto de masculinidad?» Preguntó uno. «No tío, eso ya lo tenemos recogido en un proyecto de ley». Contestó el otro. Pasaban las horas y aquello no iba a ningún lado; era un callejón sin salida. En esto que pasó por la sala de reuniones un asesor del subsecretario del décimo quinto secretario de la ministra y, brillante como una sola vez en su vida, propuso: «¿y si montamos otro Día de la Mujer? Así tendríamos dos al año». Y empezaron los brincos, los aplausos, los plas-plas en las espaldas, los piquitos, los parabienes, los «¿Pero este notas tan brillante de dónde ha salido? Subámosle el sueldo», los gozos y la alegría por el trabajo bien hecho corrió como la pólvora.
Me calaron y, como Cagancho en Almagro, salí por patas, como haría un chico listo. Pero al llegar a casa, algo dentro de mí sintió añoranza por lo vivido un rato antes. Lo bueno, pensé, es que ahora no hay que esperar un año hasta la próxima mani por el día de la mujer: aún nos quedan el Día Internacional de las Juezas, el de las Mujeres Rurales y el de la Eliminación de la violencia contra la mujer. Me queda un año arrollador y haré todo lo posible por asistir a todas. ¿Quién dijo miedo?