Manuel Ángel Pajuelo Catalán

Manuel Ángel Pajuelo Catalán

Cinco años, un meningioma y un daño crónico: el periplo de un autónomo de Peñarroya-Pueblonuevo por la sanidad pública andaluza

Vivir en el norte de la provincia, ser trabajador autónomo y perder movilidad progresivamente: una combinación que multiplica las dificultades en cada trámite

Manuel Ángel Pajuelo Catalán lleva cinco años navegando por un sistema sanitario que, a su juicio, no está pensado para personas como él. Informático autónomo dedicado a la reparación y montaje de equipos, residente en Peñarroya-Pueblonuevo: tres condicionantes que, combinados, convirtieron cada cita, cada prueba y cada reclamación en un trámite más difícil de lo necesario. Su caso no es una excepción. Él mismo lo reconoce. Pero es lo suficientemente gráfico como para ilustrar lo que viven muchos pacientes en las zonas del interior de la provincia de Córdoba.

Todo empezó en el verano de 2021. Tras el covid, comenzó a notar las manos entumecidas, con calambres. El médico suplente que le atendió en agosto le diagnosticó síndrome del túnel carpiano sin contemplar otras posibilidades. «Igual es del cuello», le dijo el paciente, conocedor de sus antecedentes familiares y de los años frente al ordenador. La receta de pregabalina y la indicación de esperar al médico titular fueron la respuesta. Eficiencia estival.

Meses después, su médico de cabecera le pidió una resonancia. Sin hallazgos óseos relevantes. La derivación a traumatología llegó justo cuando el centro hospitalario de referencia externalizaba sus servicios y, al integrarse en el SAS, dejó plazas sin cubrir. Pajuelo no vio a un traumatólogo hasta octubre de 2022: más de un año después de los primeros síntomas.

«Una cosita»

El especialista pidió una nueva resonancia. El día anterior a la cita, le llamaron para repetirla, esta vez con contraste. En traumatología, le dijeron que habían encontrado «una cosita» y que ya le avisarían. La llamada llegó dos semanas después: tenía un meningioma que ocupaba el 70% del cordón medular entre las vértebras C1 y C2. Benigno, sí, pero de un tamaño que hacía inevitable la cirugía. El volante urgente a neurocirugía aterrizó en el único servicio de esa especialidad en la provincia: el Hospital Reina Sofía de Córdoba. La «urgencia», en la práctica, se tradujo en una llamada en enero de 2023.

A pesar de que las pruebas ya mostraban que el tumor comprimía la médula, se optó por posponer la cirugía, iniciando una espera que resultaría fatal. Resonancias cada seis meses. Siguiente cita: octubre de 2024.

A lo largo de 2023 y los primeros meses de 2024, la situación empeoró. Pajuelo empezó a usar bastón. En mayo de 2024 pidió la baja laboral —un proceso que, siendo autónomo con sociedad limitada, requirió consulta previa con el asesor para no incurrir en incompatibilidades—. Quiso avisar a neurocirugía del empeoramiento. El servicio facilita un número de urgencias operativo únicamente entre las diez y las doce de la mañana. Dos días marcando. Nadie cogió el teléfono. Dos horas al día, ventana exclusiva, atención no garantizada.

Para Pozoblanco

La enfermera de enlace, figura prevista en el sistema sanitario andaluz para sortear exactamente este tipo de bloqueos, consiguió lo que el paciente no había podido: una resonancia en junio de 2024 y adelantar la cita con el neurocirujano al 31 de octubre. Las resonancias se hacen en Pozoblanco, porque en Peñarroya-Pueblonuevo no hay equipo. Para ese desplazamiento, la médica de cabecera le gestionó una ambulancia «como favor especial», según relata Pajuelo; de lo contrario, la alternativa era un taxi de ida y vuelta que supera los 200 euros. Detalles logísticos que no aparecen en ningún protocolo.

En octubre, el neurocirujano confirmó lo que el paciente ya sabía: había que operar. Le incluyeron en lista de espera en diciembre de 2024. La garantía de la Junta de Andalucía para intervenciones quirúrgicas es de seis meses. En agosto de 2025, pasados más de 70 días del plazo máximo, Pajuelo acudió a urgencias del hospital de su localidad —que cierra a las tres de la tarde— sin encontrar más orientación que la de reclamar en ventanilla y personarse en la secretaría de neurocirugía del Reina Sofía.

La intervención y las secuelas

Lo hizo. Presentó la reclamación. Insistió. La cita telefónica programada para un martes llegó el domingo anterior, desde un número oculto, de esos que generalmente no se atienden precisamente por ser oculto. Volvió en persona el jueves. La secretaria encontró un hueco al final de la consulta del 16 de septiembre. El neurocirujano, al verle, aceleró los trámites. El 25 de septiembre de 2025, nueve días después, lo operaron. La intervención duró entre ocho y diez horas. Felizmente se resolvió bien.

Aunque el tumor fue extraído, el daño ya estaba hecho. La prolongada compresión medular durante la espera le dejó secuelas irreversibles: falta de movilidad fina, fatiga nerviosa, dificultades para caminar con normalidad. La rehabilitación, que en este tipo de intervenciones conviene iniciar cuanto antes, comenzó con dos meses de retraso. La fisioterapeuta asignada llevaba meses de baja; la plaza, sin cubrir. En cuatro meses de tratamiento, Pajuelo la ha visto dos veces.

Manuel Ángel Pajuelo Catalán

Manuel Ángel Pajuelo Catalán

Cinco años de incertidumbre, dolor continuo y la pérdida progresiva de su medio de vida le han derivado además en un severo cuadro de ansiedad crónica. Fue derivado a salud mental... en Pozoblanco. Acudir allí implica coger una ambulancia a las ocho de la mañana y volver a las ocho de la tarde. Lo intentó compaginar con la rehabilitación. No fue posible.

Hoy arrastra los pies, tiene dificultades de movilidad y no sabe con certeza qué le deparará la evaluación de incapacidad permanente que la junta médica debe resolver en un plazo de 130 días. Nadie le ha dado un pronóstico claro. «Quiero saber cómo voy a poder ganarme la vida y mantener mi negocio si mis manos ya no me responden», dice.

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