Surfistas de los 90
Un viaje hacia la juventud que fue, las carreteras secundarias y aquella libertad improvisada de una generación que creyó que el mundo todavía podía caber en una vieja Volkswagen camino de Portugal
Los protagonistas de la expedición
Fue hace diez o doce años. Éramos cinco en una furgona Volkswagen matrícula de Barcelona de segunda mano: guapos a nuestra manera, algo divertidos en los días impares, y con poca pasta en ningún sitio, menos aún en la talega. Rondábamos la treintena. Algo desaliñados, sin aspavientos, nos distribuimos en los asientos de la Camper alemana como bien pudimos. Saliendo de Córdoba, durante el primer trayecto hasta Huelva, condujeron las chicas. Después, hasta Portugal, también. Pasamos de largo varias gasolineras CAMPSA abandonadas y fue entonces cuando echamos de menos algo antes llamado España.
Fue unos días después de la Semana Santa de aquel año. No veníamos de vuelta de nada; quizás sí de la posmodernidad, pero sin traumas. Aunque aún no lo sabíamos, ni hablábamos de ello. Nuestro destino eran las playas de Nazaré e íbamos a hacer surf. Por la radio sonaba Radio Olé -sería inútil explicar por qué- y a través de las ventanillas veíamos campos y pedanías pasar, unas tras otras. Nunca fuimos más felices aquellos hijos de los estertores de una clase media española que nunca volverá. Viéndolo desde la perspectiva del tiempo, fue algo que no se volverá a repetir. Porque ya no existe. Alguien después decidió que sobrábamos.
Las cinco tablas de surf iban en la baca, sobre el techo del vehículo: eran baratas, apenas lijadas o quizás demasiado, e íbamos más contentos que un San Luis. Manolo iba de copiloto: encantador, rubiasco y surfista nazi. Ríchard, el gaditano rojipardo, era el encargado de la intendencia. Lupe, anarquista expulsada de la CNT y morena como un desmayo cordobés, nunca dejó de hablar como un loro durante todo el camino. Lucía manejaba el volante de la Volkswagen como una valquiria íbera, guapa como un sueño de película de los 50´s. Y por último, yo.
Aquellos cinco de aquel viaje en la furgo Volkswagen camino a Portugal no sabíamos demasiado de nada, pero sí de todo un poco. Cosa difícil, cuando conseguimos ponernos de acuerdo, paramos en el arcén de la carretera Nacional para hacer un descanso. Fue entonces cuando Ríchard comprobó la presión de las ruedas Pirelli y el nivel del aceite del motor de la cascada furgona, Lucía abrió las fiambreras de tortilla de patatas, y Lupe y yo, mientras tanto, nos fuimos a robar huevos en los gallineros de las casas más cercanas. Juraría que nunca nos sentimos más vivos.
Nazaré en el recuerdo: amigos y surf
Manolo tenía la manía, empecinado, mientras viajábamos en aquella maravillosa vieja cafetera alemana con ruedas, de echarse agua oxigenada sobre el pelo para aclarar su melena oscura como una bendición mediterránea, y así poder aparentar ser más surfero cuando llegásemos a aquella punta de Portugal. Nunca lo consiguió. Así, mientras tragábamos un kilómetro tras otro, fuimos llegando a Nazaré. Cuando llegamos hacía frío. Lupe me prestó una chupa de lana y yo a cambio le dí un beso. Aún las estrellas parecían otras.
Aquella tarde -porque atardecía- en que llegamos a Portugal no había vendaval y las olas eran las idóneas para hacer surf en la playa. Entonces fue cuando los cinco de aquella Volkswagen nos miramos de refilón, con unas medias sonrisas. Nos enfundamos los neoprenos y las camisetas Santa Cruz, pedimos unos cafés con leche y unos aguardientes para entrar en calor. De fondo, por algún sitio, sonaba una canción de Los Ramones.
Y, con las tablas de surf bajo nuestros brazos, los cinco santiguándonos, atravesamos la playa y decidimos ir a probar las olas.