El sargento Nieto con los generales Muñoz Grandes y Moscardó.

El sargento Nieto con los generales Muñoz Grandes y Moscardó.Libro La División Azul

Crónicas Castizas

El cabrito dormilón

Al día siguiente, tras cumplir con las obligaciones de su cargo, el sargento Nieto recordó al paisano y su extraña historia y telefoneó a la casa cuartel de la Benemérita para saber qué había pasado con el minero dormilón y cornudo

En León eran muchos los que vivían de las minas. Era un trabajo duro y sucio pero bien pagado aunque nada de esquiroles. Los mineros asturianos, los mejores salarios de entonces, fueron los que la liaron en el golpe de estado del PSOE y sus cómplices contra la República en 1934, porque no era una cuestión de salarios.

Fue por Ponferrada cuando un minero regresó a su casa tras hacer su turno y acudió con una extraña solicitud al alcalde y jefe local del Movimiento. No era el edil hombre que se sorprendiera con facilidad. Había sobrevivido a las matanzas de prisioneros en el Cuartel de la Montaña en el verano de 1936 y también había olido intensamente la muerte en Rusia, en la Posición Intermedia, clavados al terreno. Seco de cuerpo y carácter, el sargento Nieto no solía presumir de su experiencia a pesar de que era un héroe con reválida al que muchos escuchaban con arrobo. Había estado en Valladolid con Ramiro Ledesma para recibir a José Antonio «ese señorito de Madrid». Tal era el impávido propietario de los oídos que escucharon la extraña solicitud del cansado minero hace ya la tira de años. El trabajador le dijo a Nieto que al volver a su casa había encontrado a su mujer encamada con otro, pero no quería guerra por ello, aunque en aquél entonces la ley estuviera de su parte. Quería exclusivamente, le dijo al sorprendido alcalde, dormir y descansar antes de reanudar su faena en la mina, ya hablarían de cuernos en otra ocasión. Toda su obsesión en ese momento era dormir. Nieto era hombre de soluciones y no se le ocurrió otra que enviar al obrero, con una nota de su puño y letra, al cuartel de la guardia civil donde había catres y celdas de sobra para descansar. Con el mandado del alcalde el minero partió a la casa cuartel. Su rocambolesca historia no dejó indiferente al comandante de puesto, aunque el veterano caimán no desobedeció las instrucciones del alcalde Nieto y acomodó al minero en una celda sin dejar de cavilar sobre su extraña historia que no encajaba del todo ni en parte en las entendederas del cabo de la guardia civil.

Al día siguiente, tras cumplir con las obligaciones de su cargo, el sargento Nieto recordó al minero y su extraña historia y telefoneó a la casa cuartel para saber qué había pasado con el minero dormilón y cornudo. La contestación fue inmediata y el jefe local no tuvo que imaginarse el taconazo del guardia civil al cogerle el teléfono, ese aparato que entonces era un trozo negro y de baquelita enganchado a la pared. Nieto preguntó por el hombre que había enviado a dormir con su extraña solicitud y sorprendente historia. El cabo de la guardia civil, que no era Plinio precisamente, le contestó en voz alta y clara: «Sí señor alcalde, esta misma noche, convenientemente interrogado, ha confesado que él y su hermano son los que robaban la chatarra y ya están detenidos los dos a la espera de que abran el juzgado. ¿Ordena usted alguna cosa más?»

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