Estatua del palacio del Sha en Irán tras la revolución de 1979
Crónicas castizas
Bombas, ligues y videocámaras en Teherán
Le advertí a un periodista, amigo de mi adolescencia agitada, de las intenciones de su bella traductora de la que se quedó colgado: «Venirse a España, esquilmarte y dejarte tirado»
Hace muchos años, allá por los ochenta, las bombas que caían sobre Irán no eran israelíes ni estadounidenses, sino iraquíes, del entonces presidente Saddam Hussein, durante ocho años de guerra impuesta que le financiaron sus hermanos árabes del golfo Pérsico para contener la revolución islámica del ayatolá Jomeini.
En aquel entonces estaba yo alojado en el antiguo hotel Intercontinental de Teherán, llamado Laleh tras el cambio de régimen, con magníficas vistas a las montañas nevadas de la cordillera Elbuz.
Como la moqueta que cubría el suelo de los pasillos del alojamiento no había sido tratada de forma adecuada en años, cuando cogías el pomo de la puerta pisándola te daba una descarga de electricidad estática que no era mortal ni agradable. El truco que aprendí fue golpear el tirador con la llave provocando una chispa que evitaba ese latigazo eléctrico. Tuve el privilegio de poder invitar a algunos amigos con diversos motivos. Por allí pasaron algunas chicas, como una guapa canaria que revolucionó los abarrotados campos de prisioneros iraquíes a donde la llevaron durante su visita a pesar de ir cubierta con un poncho y un sombrero.
También vinieron mozos que se prendaron de sus guías, unas señoritas traductoras que tenían la doble misión de acompañarlos para enseñar lo que querían que vieran y de paso espiarlos para que no anduvieran en malas compañías. Le advertí al periodista Manuel, amigo de la adolescencia agitada de la enseñanza media rebelde, de las intenciones de su bella traductora de la que se quedó colgado: «venirse a España, traerse a los suyos, esquilmarle y dejarle tirado cuando tuviera a toda su familia aquí». No eran mis dotes adivinatorias excepcionales ni la primera vez ni tampoco el primer caso en que una atractiva muchacha persa usara el sistema antedicho para salir del país e instalarse en Occidente. Me replicó iracundo despidiéndome de su presencia con cajas destempladas realmente enojado por mi profecía de Casandra y meses después, no muchos, apareció en mi casa para disculparse. No hice sangre porque bastante tenía con la jugarreta de la hermosa desalmada.
Un día en Teherán apareció en mi habitación quien había sido corresponsal de la agencia iraní de noticias IRNA y me dijo todo ofuscado que uno de mis amigos estaba flirteando con una mujer local soltera y musulmana a la que suponían intentaba seducir y que incluso había estado en el hotel. No lo creí y así se lo expresé de forma rotunda pensando en Emilio Javier, el de la navaja y la jueza corsa que conté en otra crónica, «no puede ser, si no le he perdido de vista apenas desde que llegó». Mi sorpresa fue mayúscula cuando picado por mi rotunda negativa el funcionario iraní me puso sobre la mesa las fotos de una muchacha entrando en la habitación de otro invitado al que también conocía pero que no era quien yo sospechaba ni de lejos, me había equivocado de extremo a extremo y además había averiguado, sin mérito alguno por mi parte, que había cámaras en el hotel donde alojaban a los periodistas y otros invitados y que la vigilancia era exhaustiva.
La cosa cambió de tercio y se volvió más risible cuando una noche de febrero le preguntamos al veterano enviado especial Vicente Talón cuál era su pensamiento político y empezó a deshacerse en explicaciones: «Todo el mundo cree que esa ideología gobernó en España durante cuarenta años pero no fue así... » Siguió por esas lindes hasta que le cortamos en seco: «Tranquilo, Vicente, nosotros también somos azules». Y todo fueron risas.
El taxista que nos llevaba a la cena se preguntó si habíamos bebido y pretendió averiguar de dónde habíamos sacado el alcohol.
No era el caso, aunque en un restaurante de aire español, pero comida mexicana, nos habían ofrecido traernos un presunto té en unas teteras opacas que contenían realmente whisky, lo que rechazamos de forma airada al estar acompañados los tres de esos guías de doble función para ahorrar un disgusto penal al dueño disoluto.
Tiempo después Jorge Verstrynge, a quien daban tratamiento de VIP en Teherán, me comentaría que Israel e Irán eran las dos potencias que podían controlar todo Oriente Medio. Pero esa es ya otra historia.