Hotel Royal de Évian
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El hotel palacio termal donde Francia vuelve a blindar al G7
El Hôtel Royal de Évian, en la Alta Saboya, consolida su pedigrí diplomático al acoger de nuevo la cumbre de los más poderosos y devuelve al escaparate el viejo glamour de la Belle Époque junto al lago Lemán
El legendario Hôtel Royal de Évian tiene estos días algo de postal alpina y algo de bunker inexpugnable. A orillas del lago Lemán, al pie de los Alpes franceses, rodeado por un parque de 19 hectáreas y con esa belleza serena de las antiguas ciudades de aguas, el viejo palace termal acoge de nuevo a los líderes del G7. La imagen no parece casual. Francia recibe a los poderosos en un escenario de película, con lago, montaña, arquitectura Belle Époque, un perímetro mucho más fácil de proteger que una gran capital y es matiz patriótico que les gusta a los franceses.
En la elección del Royal hay también una lectura 'nacional'. En un momento en que buena parte del gran lujo hotelero del país ha pasado a manos de fondos soberanos, capitales del Golfo, fortunas extranjeras o complejas estructuras financieras, Francia ejerce de anfitriona en un escenario que todavía puede presentar como propio. El Royal no pertenece a Catar, ni a Arabia Saudí, ni a Brunéi, ni es uno de esos trofeos hoteleros que han ido cambiando de manos en el tablero internacional del lujo. Pertenece a una empresa francesa. Y esta no es otra que Danone. Sí, la multinacional de los yogures, los postres lácteos y las aguas minerales tiene en su cartera, además de productos bastante más domésticos, la célebre evian y todo un complejo turístico junto al lago Lemán, con hoteles, spa, casino, campo de golf y centro de congresos.
El calendario, además, no podía ser más redondo para el establecimiento. El Royal acaba de renovar su condición de Palace, la distinción creada por el Estado francés para señalar a los hoteles de cinco estrellas considerados excepcionales, y casi al mismo tiempo vuelve a recibir una cumbre internacional. Un mes difícil de olvidar para François Dussart, actual director general del Evian Resort, cuya larga carrera en Hyatt incluyó también su paso por España, en La Manga, antes de continuar una trayectoria internacional en la gran hotelería.
La condición de fortaleza tampoco es accidental. El gran punto de inflexión en la organización de estas cumbres fue Génova, en 2001, cuando el G8 quedó marcado por la violencia en la calle, las protestas antiglobalización y la muerte de un manifestante. Desde entonces, las reuniones de los países más ricos han tendido a alejarse de las grandes ciudades y a buscar lugares bellos, pero también aislables, controlables, casi cerrados sobre sí mismos. Francia ya ensayó una versión de esa fórmula en Biarritz, en 2019, con un destino atlántico de fuerte carga simbólica y gran hotelería histórica, aunque allí el dispositivo de seguridad convirtió durante unos días la ciudad en un espacio incómodo, con restricciones, protestas y calles cortadas. Évian ofrece ahora una versión más recogida y manejable de esa misma lógica y continúa la tradición de poner en valor sus antiguos destinos de aguas.
El Hotel Royal de Évian, escenario de la cumbre del G-7
El Royal encaja perfectamente en ese nuevo mapa de las cumbres. No es un hotel perdido en mitad de una trama urbana difícil de controlar, sino la pieza central de un resort privado, con 150 habitaciones y suites, spa, restaurantes, casino, campo de golf y un centro de conferencias con trece salas de seminarios. Desde el G8 de 2003, además, el viejo palace ha aprendido a hablar el idioma del lujo contemporáneo. La gran renovación de 2015 pulió su herencia Belle Époque, Les Fresques obtuvo una estrella Michelin en 2018 y el spa se ha reforzado como santuario del agua. El conjunto suma opciones para familias acomodadas, golfistas, congresistas y viajeros que buscan naturaleza, salud y comodidad sin renunciar a los códigos del gran hotel.
Porque Évian no fue primero una botella, sino una ciudad de aguas. El Hôtel Royal nació en 1909, en plena Belle Époque tardía, cuando el termalismo era mucho más que una práctica médica. Las ciudades balnearias eran uno de los grandes puntos de encuentro de la Europa mundana. Se acudía a ellas por salud, pero también para mirar, dejarse ver, conversar, jugar, cenar, pasear y confundirse durante unas semanas con los grandes del mundo. En aquellos nuevos hoteles palacio de París o de las estaciones termales, la burguesía quería ser tratada como aristocracia y la aristocracia empezaba a divertirse con la energía, el dinero y la libertad de la nueva burguesía.
El Royal fue concebido precisamente para esa clientela cosmopolita. Se levantó en honor de Eduardo VII de Inglaterra, que debía figurar entre sus primeros huéspedes, aunque murió en 1910 sin llegar a alojarse allí. El nombre quedó. Royal. En la Europa termal de comienzos del siglo XX, la palabra no era inocente. El hotel aspiraba a ser un palacio para príncipes, aristócratas y viajeros deseosos de vivir, aunque fuera durante unas semanas, dentro de aquella coreografía social de aguas minerales, lujo, servicio y prestigio. La inauguración, según la tradición del establecimiento, contó incluso con el prestigio de Auguste Escoffier, el gran nombre de la cocina de los palaces.
De esa mundanidad termal nació también un cierto pedigrí diplomático. Donde se reúnen los poderosos para descansar, tarde o temprano se habla de política. Évian carga, además, con una memoria internacional compleja. En 1938, el Hôtel Royal acogió la Conferencia de Évian, convocada para tratar la situación de los refugiados judíos alemanes y austriacos que huían del nazismo, una cita que la historia recuerda menos por sus soluciones que por sus límites. En 1962, los Acuerdos de Évian, que pusieron fin a la guerra de Argelia, se firmaron en otro hotel de la ciudad, el Hôtel du Parc. Más recientemente, en 2003, el Royal acogió el G8 presidido por Jacques Chirac. Ahora vuelve a hacerlo con el G7.
Aquel G8 de 2003 dejó una imagen casi perfecta de la nueva geografía del poder. El Hôtel Royal reunió entonces a todas las delegaciones bajo un mismo techo, un modelo pensado para evitar desplazamientos arriesgados. Hoy, por razones obvias, no se sabe quién duerme en qué suite ni en qué planta. Pero de aquella cumbre sí quedó una distribución con algo de tablero geopolítico. En la quinta planta, donde se encontraban las suites más amplias, George W. Bush dormía al oeste, Vladimir Putin al este y Jacques Chirac en medio, según ha recordado Roger Mercier, entonces director general del Evian Resort. Las negociaciones se celebraron en una sala de 300 metros cuadrados inaugurada para la ocasión, con grandes ventanales abiertos al lago.
Para Évian-les-Bains, la cumbre es una incomodidad y una oportunidad al mismo tiempo. Situada en Alta Saboya, en la orilla francesa del lago Lemán, frente a Suiza y a unos 45 kilómetros de Ginebra, la localidad tiene poco más de 9.000 habitantes y una reputación internacional muy superior a su tamaño. París queda a unos 580 kilómetros, pero Lausana está a poco más de media hora en barco al otro lado del lago. Esa geografía explica parte de su atractivo: suficientemente apartada para parecer un refugio alpino, suficientemente conectada con Suiza y Ginebra para moverse en un eje diplomático natural. La localidad conserva todavía ese pedigrí de ciudad de aguas, con un empaque elegante en sus palacios, fachadas Belle Époque, jardines, y edificios nacidos de la gran edad del termalismo. Pero cien años después ha encontrado otro filón. A diferencia de Biarritz, que supo cambiar los baños de mar por las tablas de surf y una mitología atlántica más joven, Évian se ha actualizado por una vía más tranquila: bienestar, lago, montaña, senderismo, ciclismo, naturaleza y esa famosa desconexión que tanto se invoca en un mundo hiperconectado. En definitiva, sentarse frente al lago, mirar los Alpes y no hacer demasiadas cosas empieza a parecer, también aquí, una forma contemporánea de estatus casi más elevada que formar parte de una delegación del G7.