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Qué es la «Teoría de la ventana» que explica por qué los niños se ponen a hablar justo antes de dormir

Cama, luz apagada... y el niño se suelta a hablar. Lejos de ser puro teatro para alargar el día, la psicología explica este comportamiento infantil casi inconsciente.

En muchas casas la escena es idéntica: todo el día a base de monosílabos y, justo cuando se apagan las luces, llegan las confesiones. «Hoy me han insultado en el patio», «tengo miedo a la muerte», «me ha castigado la profe», «si el perro se ha muerto, ¿te vas a morir tú también?». Lo que desde fuera puede parecer un intento de ganar tiempo antes de dormir, para muchos especialistas es otra cosa: la apertura de una especie de ventana concreta, al final del día, en la que el cerebro del niño por fin baja revoluciones y se atreve a sacar lo que lleva dentro.

Qué es la «teoría de la ventana» del sueño infantil

En la divulgación reciente sobre crianza se ha popularizado el término Bedtime Window Theory o «Teoría de la ventana antes de dormir». Psicólogos infantiles y terapeutas familiares que trabajan con niños –especialmente con TDAH– la resumen así: hay una pequeña franja de tiempo, al anochecer, en la que el sistema nervioso del niño deja de estar en «modo supervivencia» y entra en «modo procesamiento». Es entonces cuando su cerebro se ralentiza lo suficiente como para procesar el día, y por eso aparecen las conversaciones, las preguntas y las emociones acumuladas.

No se trata de una teoría académica con manual propio, sino de una etiqueta –por cierto, cada vez más extendida en redes sociales– que cruza algunos hallazgos de la pediatría del sueño y de la neuropsicología infantil sobre cómo se regula el cerebro al final del día, y por qué muchos niños se muestran más habladores y vulnerables justo antes de dormirse.

Qué pasa en el cerebro antes de dormir

La neurociencia lleva años recordando que el sueño no es algo así como un «apagón», sino un trabajo intenso: el cerebro utiliza la noche para procesar información, consolidar recuerdos y ordenar la experiencia del día.

En los niños, ese cambio de marcha es aún más evidente: cuando se apagan los estímulos, aparece por primera vez en horas un silencio en el que las preocupaciones, alegrías y miedos pueden hacerse conscientes.

Psicólogos que trabajan con ansiedad infantil, como la psicóloga Juliana Negreiros, describen el momento de irse a la cama como «el instante en el que la mente, por fin, tiene espacio para preocuparse», lo que explica por qué tantos niños confiesan sus preocupaciones y los vaivenes de su mundo interior en la oscuridad del dormitorio.

Incluso en los más pequeños se conoce desde hace décadas el fenómeno del crib talk: soliloquios y «charlas» que los niños mantienen solos en la cuna antes de dormirse, como una forma espontánea de practicar el lenguaje, los sonidos que han ido captando y, a la vez, procesar el día.

Por qué hablan tanto

Y, como es lógico, si el cerebro está en modo procesamiento, no es extraño que el niño busque a quien mejor le sostiene: sus padres. Al menos dos investigaciones del MIT y de Harvard han mostrado que las conversaciones de ida y vuelta entre adultos y niños refuerzan las áreas cerebrales del lenguaje y se asocian a mejores habilidades comunicativas y cognitivas, más allá del número de palabras que escuchen.

Además, las rutinas de sueño estables se relacionan con mejor autocontrol del estrés y de las emociones, y menos problemas de conducta. Así que si a esa rutina se le suma un pequeño espacio para «vaciar» el día, el resultado suele ser un descanso más profundo… para todos.

En sus recomendaciones sobre las alteraciones del sueño, la Asociación Española de Pediatras de Atención Primaria recomiendan no demonizar esas charlas, pero sí darles un marco: un rato breve, previsible, dentro de una rutina clara, como por ejemplo baño, cuento y cama.

Escuchar con atención y calma, sin interrogatorios, permite al niño sentirse seguro para contar lo importante. Y si la cosa se excede, poner un límite suave («dos preguntas más y dormimos») evita que la noche se alargue sin fin.

En el fondo, la «teoría de la ventana» recuerda algo muy sencillo: cuando el niño se pone a hablar justo antes de dormir, no siempre está huyendo del sueño. Sobre todo, está poniendo en orden sus pensamientos y buscando la conexión con sus padres que tanta seguridad le ofrece.