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Marichu Suárez

¿La defensa de los derechos humanos es de izquierdas o de derechas?

Bajo el lenguaje de los derechos humanos, se termina justificando que el Estado decida qué vidas merecen protección y cuáles pueden ser sacrificadas en nombre del progreso, la autonomía o la utilidad social

El otro día escuché a dos influencers de «izquierdas» comentar, con una seguridad que solo concede la burbuja ideológica, algo así como que las personas de «derechas» no protegen los derechos humanos ni sienten empatía. Lo decían, además, entre risas, como si se tratara de una verdad moral evidente.

El problema no es la crítica –siempre legítima–, sino la premisa profundamente errónea sobre la que se construye: la idea de que los derechos humanos son patrimonio exclusivo de una determinada sensibilidad política.

Conviene empezar por el principio. Literalmente.

Los derechos humanos no nacen de un eslogan, ni de una consigna contemporánea, ni de una ideología política moderna. Nacen de una idea radical y profundamente revolucionaria en su momento: la dignidad inherente a todo ser humano por el mero hecho de serlo. Y esta idea no surge del materialismo ilustrado ni del constructivismo político del siglo XX, no: surge del humanismo cristiano.

La afirmación de que cada persona tiene un valor absoluto, no negociable, anterior al Estado y superior a cualquier poder político, es heredera directa de una concepción cristiana del hombre: la idea de que todo ser humano posee una dignidad propia, no concedida por nadie, porque no depende de su utilidad, su capacidad, su salud, su edad o su estatus social.

Sin esa noción de dignidad ontológica –no otorgada, sino reconocida– los derechos humanos simplemente no se sostienen. Y aquí está la clave: si los derechos humanos no se fundamentan en la dignidad inherente a la persona, entonces no son derechos, sino concesiones. Los derechos dejan de ser universales. Pasan a ser revocables. Condicionales. Selectivos.

La historia lo demuestra con crudeza: los regímenes que han negado una base trascendente o moral a la dignidad humana han terminado siempre jerarquizando vidas. Decidiendo cuáles merecen protección y cuáles no. Cuáles cuentan y cuáles sobran. No es casualidad que las mayores violaciones sistemáticas de los derechos humanos hayan sido perpetradas por sistemas que se arrogaban el poder de redefinir qué es el hombre.

No es casualidad que las mayores violaciones sistemáticas de los derechos humanos hayan sido perpetradas por sistemas que se arrogaban el poder de redefinir qué es el hombre.

Mucho antes de que existieran Naciones Unidas, hashtags o influencers, la Escuela de Salamanca, con figuras como Francisco de Vitoria o Francisco Suárez, ya formulaba principios que hoy reconocemos como el germen del derecho internacional y de los derechos humanos: la igualdad esencial de todos los hombres, la limitación moral del poder político y la primacía de la conciencia.

No eran revolucionarios de pancarta. Eran pensadores cristianos que entendían que la dignidad humana no depende del color de la piel, la edad, la cultura, la religión ni la utilidad económica. Ese legado es el que acaba impregnando, siglos después, las grandes declaraciones de derechos. No es casualidad que el propio preámbulo de la Declaración Universal de Derechos Humanos hable de «la dignidad intrínseca» de todos los miembros de la familia humana.

Acusar a la derecha –o a cualquier persona con una visión conservadora o humanista– de falta de empatía revela una confusión profunda entre empatía y emocionalismo.

La empatía auténtica no consiste en repetir consignas ni en exhibir determinada superioridad moral. Consiste en defender principios sólidos incluso cuando no son cómodos. Defender la dignidad humana desde su inicio –en el seno de su madre– hasta su fin, proteger a los más vulnerables aunque no tengan voz, limitar el poder del Estado frente a la persona y recordar que hay bienes que no se negocian no es falta de empatía. Es, precisamente, tomarse al ser humano lo suficientemente en serio como para no reducirlo a una herramienta política.

Defender la dignidad humana desde su inicio –en el seno de su madre– hasta su fin, proteger a los más vulnerables aunque no tengan voz, no es falta de empatía.

Cuando todo es un derecho, nada lo es.

A este vaciamiento del fundamento se suma hoy otro fenómeno inquietante: la inflación del lenguaje de los derechos. Todo se convierte en «derecho humano», desde aspiraciones legítimas hasta deseos individuales o reivindicaciones políticas coyunturales. El resultado no es una mayor protección de la persona, sino una colisión permanente entre supuestos derechos, en la que siempre pierde el más débil. Cuando los derechos dejan de anclarse en la dignidad humana y pasan a depender del reconocimiento del poder político, ya no protegen al vulnerable frente al fuerte, sino que legitiman que unos derechos se impongan sobre otros.

Así, bajo el lenguaje de los derechos humanos, se termina justificando que el Estado decida qué vidas merecen protección y cuáles pueden ser sacrificadas en nombre del progreso, la autonomía o la utilidad social.

Los derechos humanos no son de izquierdas ni de derechas. Son anteriores a ambas. Cuando los derechos humanos se convierten en bandera ideológica, dejan de ser universales. Cuando se usan como arma arrojadiza, se vacían de contenido. Y cuando se desligan de la dignidad humana que les da sentido, se transforman en un catálogo de concesiones cambiantes, dependientes del clima político del momento.

Quizá el verdadero debate no sea quién habla más de derechos humanos, sino quién está dispuesto a defender su fundamento incluso cuando resulta incómodo, porque sin ese fundamento, lo único que queda es poder.

Marichu Suárez es mediadora familiar y divulgadora en internet desde su cuenta de Instagram marichusuarez_.