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Marichu Suárez

Del Holocausto a la cultura del descarte

Se recuerda Auschwitz mientras se aprueban leyes que niegan el derecho a vivir a los más indefensos. La contradicción no es ideológica, sino antropológica: se ha perdido la noción misma de lo humano y el horror se disfraza de derecho.

El siglo XX fue testigo de una de las mayores abdicaciones morales de la humanidad: el Holocausto. No fue solo una atrocidad histórica; fue una revolución moral invertida. En él se consumó la idea de que la dignidad humana podía ser graduada, evaluada y, en última instancia, negada. Se mataba no por odio irracional, sino por coherencia ideológica: porque algunos hombres se creyeron con autoridad para decidir quién debía existir.

Ocho décadas después, Occidente se estremece con razón ante aquella barbarie, pero tolera sin rubor sus equivalentes contemporáneos. El Papa Francisco describió este fenómeno como la «cultura del descarte»: un modo de pensar que mide la dignidad humana en términos de utilidad, productividad o conveniencia.

En esta lógica perversa, los no nacidos, los ancianos dependientes, los enfermos incurables o los discapacitados dejan de ser personas y pasan a ser problemas en un mundo que adora la eficiencia y desprecia la fragilidad.

De nuevo, el poder sustituye al amor.

Las cifras hablan con frialdad, pero su eco es estremecedor. Según la OMS, en torno a más de 1.000 millones de abortos se han practicado en el mundo desde 1980. Ninguna tragedia humana del siglo XX –ni siquiera las guerras mundiales– nos ha dejado semejante saldo.

La cultura del descarte no necesita un dictador: le basta la comodidad, el consenso y el eufemismo. Donde antes se hablaba de «vidas indignas», hoy se habla de «interrupciones voluntarias». No hay campos de concentración, pero sí laboratorios asépticos y discursos cuidadosamente elaborados para justificar lo injustificable.

La diferencia no está en los números sino en la conciencia; cambian las palabras, no la raíz: una sociedad que ha dejado de reconocer el carácter sagrado de toda vida humana.

Resulta inquietante comprobar cómo quienes más apelan a la memoria histórica suelen ser los primeros en promover las políticas del olvido moral. Se condena con solemnidad el pasado, pero se legisla contra los inocentes del presente. Se recuerda Auschwitz mientras se aprueban leyes que niegan el derecho a vivir a los más indefensos. La contradicción no es ideológica, sino antropológica: se ha perdido la noción misma de lo humano y el horror se disfraza de derecho.

Quizá la mayor enseñanza del Holocausto no sea solo recordar lo que ocurrió, sino reconocer las semillas del mismo mal cuando brotan con ropajes nuevos. No basta con decir «nunca más» mirando al pasado; hay que decirlo mirando al presente. Porque la Historia demuestra que cada vez que el hombre olvida que no es Dios, termina repitiendo sus peores errores en nombre de las mejores causas.

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