Marga Sardà, psicóloga escolar en el British School de Barcelona
Marga Sardà, psicóloga escolar: «Hay adultos que confunden crianza respetuosa con ausencia de límites»
«En un mundo cada vez más marcado por la IA, las competencias humanas como reconocer las emociones abrirán oportunidades a largo plazo», apunta la psicóloga del British School de Barcelona, creadora del método '7 Steps' de Inteligencia Emocional
La idea de que la educación emocional es importante va calando cada vez más tanto en las familias como en los colegios. Las alarmas de los expertos en torno al incremento de la ansiedad en los niños, o incluso las alarmantes cifras de conductas autolesivas en adolescentes, evidencian que reconocer y gestionar correctamente las emociones no van a ser, ni en el corto ni en el medio plazo, realidades que los menores puedan soslayar.
Sin embargo, en muchas ocasiones, ideas como la crianza respetuosa o la educación emocional no van más allá de algunas consideraciones generales y abstractas, o peor, en reclamos más próximos al márketing escolar que a la verdadera educación.
Para salvar esta brecha aterriza en España el método '7 Steps', que ya ha empezado a implantar el British School de Barcelona. Un método que, como explica la psicóloga del centro, Marga Sardà, busca enseñar, no sólo a reconocer las emociones, sino, sobre todo, cómo manejarlas en cualquier contexto de la vida.
–¿Realmente es tan importante la educación emocional de los niños, tanto en los colegios como en la familia?
–La vida está llena de momentos positivos y experiencias enriquecedoras, pero también de situaciones difíciles, frustraciones y conflictos que no siempre podemos controlar o resolver como nos gustaría. Esta realidad no se puede ni se debe ocultar a los menores; lo que sí podemos hacer es dotarlos de herramientas para comprender lo que sienten y que aprendan a afrontar esas situaciones de forma sana y constructiva. Ahí radica la importancia de la educación emocional, tanto en el ámbito escolar como en el familiar. Y se ha avanzado bastante en los últimos años.
A nivel educativo, la importancia de la educación emocional ha sido reconocida de forma más clara con la Lomloe, que incorpora estos contenidos de manera oficial a través de una asignatura específica. Aun así, para que tenga impacto significativo sigue siendo necesario reforzar su aplicación en el día a día y no de forma esporádica o con una asignatura.
En el ámbito personal y familiar, a diferencia de generaciones anteriores, hoy los menores empiezan a trabajar la inteligencia emocional desde edades tempranas gracias a recursos muy conocidos como El monstruo de colores de Anna Llenas, juegos de mesa como Emötiö de Marta Miguel o películas como Del revés (Inside Out). Estos materiales han sido clave para aprender a identificar y poner nombre a las emociones.
Pero, aun así, queda mucho camino por recorrer, tanto en la escuela como en casa. Y cuidar la educación emocional desde ambos ámbitos resulta esencial para acompañar a los niños en su desarrollo integral y prepararlos no sólo para el éxito académico, sino también para la vida. Y sería necesario también un cambio a nivel empresarial, con sus campañas y decisiones estratégicas, así como en el día a día de los ciudadanos, pero esto ya es otro debate.
–A veces se percibe que la educación de las emociones es sinónimo de ausencia de límites, o que se traduce en una laxitud que deviene en ansiedad ante los momentos duros de la vida. ¿Es esto cierto?
–Educación emocional no debería ser sinónimo de ausencia de límites. Desde mi experiencia trabajando con familias y escuelas, creo que educar emocionalmente implica combinar empatía y límites claros. Del mismo modo que es fundamental reforzar y valorar las conductas positivas, el esfuerzo y la intención de hacerlo bien, aunque no siempre se consiga a la primera; igual de importante es que cuando un menor se comporta inapropiadamente y su conducta tiene repercusiones, exista una consecuencia coherente y proporcionada. Al fin y al cabo, es lo que encontrarán en la vida adulta: si no pagan en el metro, si faltan el respeto a un cliente o agreden a alguien, habrá consecuencias acordes y han de estar preparados para responsabilizarse y afrontar las consecuencias.
Podemos y debemos escuchar su punto de vista y validar cómo se sienten, pero validar una emoción no significa justificar una conducta inapropiada o perjudicial. Estar triste, enfadado o estresado no da permiso para faltar al respeto. La clave está en aprender a respetarse a uno mismo, pero también a los demás. Ese equilibrio es la base de la asertividad y de una convivencia sana: no vivimos solos y nuestras acciones tienen impacto en el entorno. La llamada crianza respetuosa, bien entendida, debería apuntar precisamente a eso: a un respeto bidireccional, no a la permisividad unidireccional.
Validar una emoción no significa justificar una conducta inapropiada o perjudicial. Estar triste, enfadado o estresado no da permiso para faltar al respeto
Para muchos adultos, es una confusión bastante habitual. Pero vivimos un momento en el que conviven muchas corrientes educativas, todas muy accesibles en redes, lo que puede resultar abrumador para las familias. Por eso, mi recomendación sería escuchar diferentes puntos de vista y contrastarlos, igual que hacemos antes de tomar una decisión laboral, por ejemplo. Cuando solo seguimos una única voz, corremos el riesgo de adoptar una visión parcial; en cambio, al escuchar distintas perspectivas, podemos construir un criterio propio y crítico.
–¿Influye trabajar las emociones desde el colegio en las futuras relaciones de los niños?
–Entender qué nos ocurre por dentro es clave para relacionarnos bien con los demás. Cuando una emoción o una situación que nos preocupa no está gestionada, ocupa espacio mental y dificulta la atención, la convivencia y la comunicación. Aprender a escucharse, expresarse con respeto y tener en cuenta al otro fomenta la asertividad, que es la base de relaciones sanas en cualquier ámbito: personal, académico o profesional. En un mundo cada vez más tecnológico y marcado por la Inteligencia Artificial, las competencias humanas –como la empatía, la comunicación y el trabajo en equipo– no sólo favorecen el bienestar, sino que también abren puertas y oportunidades a largo plazo.
Además, en edades tempranas el cerebro es más plástico y receptivo, por lo que el aprendizaje emocional resulta más fácil y duradero. Es decir, no sólo es importante hacerlo cuanto antes mejor por razones educativas y personales, sino también biológicas.
–¿En qué consiste exactamente el programa 7 Pasos que han empezado a implementar?
–El programa 7 Pasos de Inteligencia emocional para la vida ('7 Steps') nació porque detectamos que existen muchos recursos para ayudar a los menores a identificar emociones, pero muy pocos que les enseñen a gestionarlas. Es decir, saben identificar que están enfadados con alguien, por ejemplo, pero no cómo arreglar ese conflicto. A partir de esa necesidad, diseñé una metodología estructurada y práctica basada en siete preguntas de pensamiento crítico y estrategias derivadas, que ayudan a los menores a fomentar la autonomía emocional, para que no dependan siempre del adulto a la hora de afrontar los retos de la vida. El programa, se puede implementar en todos los ámbitos, personal académico, e incluso en su futuro laboral.
–¿Por ejemplo?
–En el caso del colegio, por ejemplo, puede implementarse en diferentes niveles y contextos. En el patio, los siete pasos se traducen en un espacio donde el alumnado puede acudir ante una preocupación o conflicto. En el British School of Barcelona, bajo el nombre de Rainbow Corner, hemos diseñado un rincón con ayudas fáciles y accesibles, empezando por las siete preguntas muy visibles y una cesta con estrategias para gestionar las emociones o buscar alternativas y soluciones. Además, contamos con profesores, monitores y alumnado de Bachillerato formados en los 7 pasos, que acompañan al alumno que necesita o pide ayuda. Su función es guiar la conversación sin imponer soluciones: escuchar todas las versiones, identificar el origen del conflicto y orientar hacia una respuesta asertiva. En el colegio, el programa empieza en Primaria, se refuerza en Secundaria con tutorías y actividades concretas, y culmina con escenarios reales donde el alumno analiza diferentes opciones y consecuencias para los demás y para uno mismo.
–¿Y en qué caracteriza cada uno de esos 7 pasos?
–El programa se compone de siete preguntas de pensamiento crítico y estrategias derivadas, que sirven de guía para resolver preocupaciones o conflictos de manera pacífica, mientras se desarrolla la inteligencia emocional desde distintas competencias. En una primera etapa es un programa reactivo y guiado, en el que un adulto acompaña al alumno tras un conflicto. Progresivamente, a medida que maduran, se convierte en un enfoque preventivo y autónomo, en el que alumnado utiliza para evitar que un conflicto se gestione mal de nuevo.
Las 7 preguntas guían a los menores a entender qué ha pasado y qué tipo de conflicto ha generado, para identificar cómo se siente y si es necesario gestionar esa emoción antes de seguir avanzando. Una vez calmados para pensar de forma más clara, se evalúa qué repercusiones ha tenido esa conducta a largo y a corto plazo, para uno y para los demás. A continuación, uno de los pasos más importantes, es evaluar las posibles soluciones en caso de volver a encontrarse en la misma situación en el futuro y cómo se puede reparar el daño si es necesario.
No siempre se aplican los siete; a veces basta con menos, según el momento, la situación y los involucrados. Lo importante es que sepan identificar de qué tipo de situación o conflicto se trata, cómo se sienten y cómo pueden resolver esa situación.
–¿Cuál es el que pueden trabajar más las familias desde casa, o al menos el que más incide en la vida familiar?
–En el día a día familiar no siempre es necesario aplicar los siete pasos de forma estructurada. A veces basta con preguntas sencillas como: «¿Qué ha pasado?», «¿Cómo te sientes?» y «¿Qué puedes hacer ahora?». Estas preguntas ayudan a frenar y calmar el ambiente, a tomar conciencia y parar a pensar.
Pero sin duda, lo más importante es el pensamiento crítico y dar ejemplo, es decir que los propios adultos muestren inteligencia emocional. Los niños y niñas aprenden mucho más de lo que ven que de lo que se les dice. Ver cómo los adultos gestionamos la frustración sin reaccionar de forma impulsiva, cómo dudamos, reflexionamos y buscamos soluciones, les ofrece un modelo muy potente.
Lo más importante es transmitir que los retos y dificultades pueden afrontarse, ofrecer herramientas para calmarse y mostrar que una misma situación puede gestionarse de distintas maneras. De este modo, ayudamos y enseñamos de forma real a los menores a encontrar su propia forma de afrontar las dificultades, sintiéndose acompañados y capaces.