Soy madre de cuatro, y el modo de hablarle a mis hijos y a mi marido puede construir o destruir mi hogar
Sara Martín, esposa y madre de familia numerosa, explica el impacto que tienen en los niños los mensajes que se les transmiten en el hogar, y la dimensión psicológica y espiritual de las palabras que se emplean en la propia familia
«Nuestro lenguaje exterior como padres conforma su lenguaje interior como personas», dice Sara Martín.
«En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios». Todos sabemos que así empieza el Evangelio de san Juan. Es una cita bíblica que conocemos y que, como toda la Escritura, es un prisma de mil caras. En función de quién la lee, se interpreta en un modo diferente. No contradictorio, simplemente diferente. Y es que Dios no se acaba nunca, su Palabra no se agota. Siempre nueva, siempre eterna. ¿Y por qué digo yo esto? Lejos de mí pretender hacer exégesis del Evangelio. No tengo ni los estudios ni la capacidad para hacerlo. Pero desde mi humilde posición, el otro día hice una reflexión personal que me gustaría compartir en estas líneas, esperando que pueda ayudar a alguien más.
«En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios». La Palabra crea, construye y destruye. «Si Dios alza una ceja, crea una nueva galaxia», bromeaba el periodista italiano Carlo Striano. La palabra tiene un poder inmenso, infinito, inconmensurable. Y lo más sorprendente es que es un don que Dios nos ha concedido compartir con él. ¿Lo hemos leído bien? ¡Compartimos con Dios el don de la Palabra! Esto nos convierte a nosotros también en creadores, en constructores… pero también en destructores.
Y aquí llego al punto que nos concierne a todos. A cada uno en su situación de vida específica. Y a mí, personalmente, como esposa y madre. ¿Qué construyo cada día con mis palabras? ¿Y qué destruyo? Como madre –creo que es una experiencia que todos tenemos en común–, nuestras palabras tienen un poder impresionante. Pueden calmar, pueden animar, pueden enseñar, pueden hacer reflexionar. Pero también pueden herir y humillar.
La Psicología ha demostrado que la percepción que los niños tienen de sí mismos en los primeros años de vida se basa precisamente en las palabras que se les han dirigido. Es decir, que cuando yo le digo a mi hijo: «Tienes talento para tal o cual cosa», o «Gracias por haber pensado en mí y haberme ayudado», o «Eres muy servicial, tu presencia es una alegría», o simplemente «Me encanta lo divertido que eres», estoy creando en parte su mundo interior. Le estoy proporcionando los ladrillos con los que construirá la opinión y percepción que tendrá de sí mismo.
Quien no ha sido valorado nunca, difícilmente llegará a tener una autoestima saludable y tampoco sabrá poner límites. Nuestro lenguaje exterior como padres conforma su lenguaje interior como personas
Quien no ha sido valorado nunca, difícilmente llegará a tener una autoestima saludable y tampoco sabrá poner límites. Y es que nuestro lenguaje exterior como padres conforma su lenguaje interior como personas.
¿Y qué decir del amor de pareja? Con nuestras palabras cambiamos cómo vive y siente el matrimonio. Dar la vida por el otro empieza también por nuestra manera de dirigirnos a él. Por nuestro tono de voz, por las palabras que hemos elegido pronunciar o callar. Sabemos bien que ser un refugio, hacer equipo, animar, consolar, charlar sin mirar el reloj, responder sin juzgar… Todo esto hace la diferencia.
Qué inmenso poder. Me sobrecoge que Dios nos lo haya puesto entre las manos –o mejor dicho, en la boca– sabiendo lo desastres que somos. Sabiendo incluso que muchas veces utilizaremos mal este don, como hacemos con todos los demás. Y aun así, una vez más, nos lo ha concedido igualmente. Porque Dios confía siempre en los números pequeños, estoy convencida. Incluso aunque le guste crear planetas, galaxias y universos. Acordémonos de las parábolas de la sal y de la levadura en la masa.
No hace falta mucha gente, simplemente hace falta la suficiente para cambiar las cosas. Gente como tú y como yo, que un día se equivoca y diciendo lo que no querría, destruye, pero que se arrepiente, se levanta, pide perdón y vuelve a empezar. Porque «perdón» es una palabra, no lo olvidemos, y también construye.
- Sara Martín es periodista, madre de familia numerosa, ha trabajado como traductora y editora, y colabora en el blog mujeresteniamosqueser.