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Almudena de Agustín y su marido Guillermo, cuando aún eran novios

Almudena de Agustín y su marido Guillermo, cuando aún eran noviosDiócesis de Alcalá de Henares

Almudena se casó a los 22 y es madre de 2: «Nada te pone más los pies en la tierra que tener hijos pequeños»

A sus 26 años, esta joven traductora alcalaína explica cómo vivió el noviazgo con quien hoy es su marido, por qué no se fue a vivir antes con él o cómo vive, en el día a día, su matrimonio, su maternidad y su fe.

Dicen las cifras oficiales que, en promedio, los jóvenes cada vez se casan menos y tienen hijos más tarde. Y es verdad. Pero toda regla tiene su excepción. Y cuando se habla de matrimonios y paternidad, las excepciones tienen nombres y apellidos, historias concretas y rostros luminosos que muestran por qué también hay quien habla de un cambio de tendencia, con parejas jóvenes que no anteponen el éxito y la comodidad a formar un hogar.

Una de esas excepciones luminosas es Almudena de Agustín, una joven alcalaína de 26 años, casada desde los 22 con Guillermo, y que tiene ya dos hijos pequeños.

Graduada en Lenguas Modernas y Traducción, Almudena compagina su trabajo como traductora con el de guía turístico-evangelizadora en la ciudad cervantina, con la Asociación Nártex.

Y con una naturalidad tan contracultural como su propia vida, ha explicado a la delegación de medios de la diócesis de Alcalá de Henares, entre otros temas, cómo vive su maternidad, cómo reaccionó su entorno al decir que se casaba con 22 años, o la importancia de vivir un noviazgo según la propuesta de la Iglesia.

– Ver una mujer que se casa con 22 años, y más por la Iglesia, no es lo más frecuente. Y tener dos hijos tan joven tampoco es «lo normal». ¿Cómo los vives tú?

– Yo recuerdo que, hace bastantes años, en unos campamentos, un seminarista nos dijo que la fe era un don y que lo podíamos pedir, y que después de comulgar pidiéramos al Señor que nos aumentara la fe. Y yo lo empecé a hacer, y un día, sin darme mucha cuenta, de repente dije: «Llevo todo este tiempo pidiendo al Señor que aumentara mi fe, y lo ha hecho». Desde ese momento siempre he tenido muy claro que la oración era una parte muy importante para el discernimiento en mi vida, y para ir escuchando cómo el Señor nos va hablando. Con el que era mi novio, Guillermo, tenía muy claro que iba a ser lo que Dios quisiera. O sea, nosotros estábamos en un noviazgo, que al final es al matrimonio lo que el seminario sería al sacerdocio: el tiempo de discernimiento, el tiempo de formarnos en los temas que van relacionados con esto, y cada vez que íbamos encontrándonos con distintos problemas, o según nos íbamos conociendo, el Señor iba confirmando que sí, que efectivamente era la persona que me había regalado para entregarle mi vida y para entregarme al Señor a través de él y formar con él una familia.

Llevábamos saliendo desde que yo tenía 16 años, así que llegó un punto en nuestro noviazgo en el que ya llevábamos mucho tiempo, y le dije: «A ver, Guillermo, ¿qué estamos haciendo? ¿Nos vamos a casar o no nos vamos a casar?».

– ¿Y qué respondió?

– Él me dijo que no se sentía preparado para una cosa así, y yo dije: «Pero si no estamos preparados para nada». Uno se pasa todo Bachillerato para acceder a la Universidad y luego llega el primer año de carrera y se estampa y suspende todo. O se saca el carnet de conducir, se prepara muchísimo para aprender a conducir, llega a la primera rotonda con el carnet sacado y no sabes cómo salir a la rotonda. O sea, realmente lo que te pone en tu sitio es hacer las cosas. Así que lo único que nos hacía falta para casarnos era tenerlo claro. Una vez teniéndolo claro y sabiendo, a través de ese discernimiento, de esa oración, que era lo que el Señor nos pedía, pues no nos hacía falta ni tener más edad, ni tener más recursos, ni tener nada de nada. Sólo tenernos el uno al otro con el Señor.

Almudena de Agustín, en Alcalá de Henares

Almudena de Agustín, en Alcalá de HenaresDiócesis de Alcalá de Henares

– ¿Tuvisteis alguna gran crisis dentro del noviazgo?

– No diría que una gran crisis. Al final, la espera se te hace larga y estás ahí esperando la confirmación del Señor. Tuve un momento de decir: «Pues es que no tengo claro…así que a lo mejor entonces lo que tengo que hacer es dejarlo». Porque al fin y al cabo el noviazgo está para dejarlo: porque te casas o porque lo dejas. Y me acuerdo que se lo conté a una amiga mía, que es la que ha vivido todo nuestro noviazgo muy de cerca e incluso estuvo presente el día que nos comprometimos. Se lo dije, yo toda triste, y me dijo: «¡Cómo me alegro de que me estés diciendo esto! Porque esto significa que es que os vais a casar seguro». Claro, yo me quedé totalmente descolocada.

– Normal...

– Ella fue capaz de ver algo que yo no estaba viendo en ese momento. El Señor te confirma las cosas también a través de la gente que tienes a tu alrededor, la gente que te quiere. Y ella se dio cuenta de que realmente mi duda era porque ya el noviazgo estaba llegando a su fin, ya teníamos claro que lo que teníamos que hacer era dar otro paso. Y nos queríamos mucho y sabíamos que queríamos pasar nuestra vida juntos, compartir nuestra vida juntos y ser ayuda mutua para el otro, para llegar a la santidad. Y no lo íbamos a dejar, evidentemente.

– ¿Cómo es ir a contracorriente en este mundo?

– A nosotros nos ha resultado relativamente fácil porque no lo hemos hecho solos. Tuvimos acompañamiento durante el noviazgo, en unos grupos diocesanos que ahora han llamado El taller del orfebre, cuando todavía no tenía nombre, con Marta y Borja. Todos poníamos en común nuestras dificultades, cómo lo vivíamos, lo difícil que lo pone el mundo… Porque yo lo hablaba con otras amigas mías y ninguna lo entendía. Todas me preguntaban que por qué no me iba a vivir con Guille antes de casarme. Y yo les decía: «Mira, es que a mí no me hace falta el mes gratis de prueba de Spotify para saber que quiero la suscripción Premium». Con ese grupo ya entablamos amistad, nos prometimos todos casi a la vez, nos casamos todos casi a la vez, somos padrinos unos de los hijos de los otros…

Todas mis amigas me preguntaban que por qué no me iba a vivir con Guille antes de casarme. Y yo les decía: «A mí no me hace falta el mes gratis de prueba de Spotify para saber que quiero la suscripción Premium».

– ¿Y en qué le ayudó tener ese grupo de formación y apoyo durante el noviazgo?

– Lo que no sabes tú del amor, te lo inventas. Y te lo inventas en base a lo que te viene del exterior: las películas, las series… Y normalmente no es un amor ordenado el que te muestran ahí. El tener a alguien que te pueda ir acompañando, que te pueda ir mostrando la verdad del amor humano, del amor como Dios lo ha pensado para el hombre, es súper necesario. Hacerlo acompañado es lo mejor que se puede hacer. Yo animaría a todos los novios a que se apunten al Taller del Orfebre, y a que vivan su noviazgo también acompañados. Lógicamente, las decisiones finales las van a tomar ellos con el Señor, pero no es una cosa de «yo me lo guiso, yo me lo como». Hay más gente en la misma situación, hay más gente pasando por las mismas dificultades y apoyarse unos en otros es lo mejor que se puede hacer.

Almudena y Guillermo el día de su boda

Almudena y Guillermo el día de su bodaDiócesis de Alcalá de Henares

– Obviamente, la fe es algo muy importante. ¿Cómo lo vivís y lo transmitís en el día a día?

Tampoco considero que haga grandes cosas, ya simplemente creo que el hecho de vivir la vida que vivo, estando casada tan joven, teniendo los hijos tan joven… ya impacta bastante a la gente de mi alrededor que no cree y tienden a plantearse el por qué lo hago. Nuestro hijo, cuando nació, se puso muy malito y he tenido amigas que no creían y que me han dicho: «Que sepas que he estado rezándole a Dios por tu hijo, que yo no sé si me escucha, pero como sé que para ti es importante, he rezado yo también». En el turismo sí que encuentro un momento de encuentro con mucha gente, que no necesariamente tiene por qué conocer al Señor, y que Dios me regala para enseñarles lo que hay, porque es lo que aprendí en Nártex. Todos mis visitantes «se comen» una catequesis interesante. En los últimos meses, he estado diseñando un guion de visita guiada que es explícitamente una catequesis: «Alcalá y el Cielo». Es Alcalá de Henares desde el punto de vista de la fe.

– Eso merece una explicación.

– Yo no voy a las Bernardas y hablo del estilo barroco y ya está, sino que hablo de por qué la belleza necesariamente nos lleva a Dios, de cómo el hombre, como artista, está hecho a imagen y semejanza de Dios. Hablo de la carta de san Juan Pablo II a los artistas, de los testimonios de los santos, y no me quedo solo en la historia. Explico el sentido de que el matrimonio de Antezana quisiera, aun no habiendo tenido hijos, que su matrimonio fuera fecundo y dejar una huella en Alcalá y que sirviera también para abrirse a los demás y para darse a los demás. O sea, explico las cosas que se explican en todas las visitas, pero dándoles un sentido desde el punto de vista de la fe. Yo hago lo que lo que hacen la Asociación Nártex: intento hacer hablar a las piedras.

– ¿Piensas que, como se dice, la juventud está más receptiva a la propuesta de la Iglesia, especialmente dentro del ámbito de las Humanidades?

– Yo diría que están receptivos a algo y simplemente no saben cómo llamarlo. Porque al final, la gente que se dedica a las humanidades, al arte, a la cultura… es consciente de que el mundo no es solamente matemático. El hombre es mucho más grande de lo que parece y el hombre puede hacer muchas cosas. Yo creo que son conscientes, en el fondo, de que existe una grandeza detrás del hombre y detrás de lo que puede hacer, pero no saben darle nombre. Pero yo estoy segura de que si estuvieran dispuestos a abrir las miras y explorar otros caminos, lo que ellos hacen podría llevarles hasta esa conclusión. Como ha llevado a tantos otros, como a San Agustín. Él lo cuenta perfectamente en el «Tarde te amé», que a través de los sentidos acabó llegando al Señor.

– ¿Cómo hablas de tu fe con tus amigos no creyentes?

– Intento no forzarlo. Ya solo con el ejemplo de mi vida, ellos son perfectamente conscientes de lo que hay y saben que cuando quieren preguntar yo les voy a contestar. De hecho, como al final lo que ven más en mi vida es la parte de mi matrimonio, mi maternidad… me hacen muchas preguntas que tienen que ver con el tema, porque ahora mismo el amor humano se trata como se trata, y hay mucha equivocación y no entienden el cómo lo vivo yo.

– ¿Por ejemplo?

– Por ejemplo, me hacen muchísimas preguntas que tienen que ver con la Teología del cuerpo, y yo les explico lo que quieran, pero siempre me suelo encontrar con que el tope de la conversación llega donde empieza o termina la fe. Yo les puedo dar los argumentos más humanos y más comprensibles, y hasta cierto punto lo entienden, pero llega un punto en el que sin Dios no se entiende que yo viva las cosas como las vivo. Gracias a Dios tengo unas amigas muy abiertas al diálogo y que no juzgan mi manera de vivir, ni yo la suya. Y sí que podemos compartir muchas cosas. No creo que mis amigas me hayan oído en ningún momento juzgar ninguna de sus vivencias, ni dejarlas de lado porque vivan de una manera diferente a la mía.

El momento de dificultad más gordo fue cuando nuestro segundo hijo se puso malito a los 15 días de nacer y casi se nos queda por el camino. Pero eso nos unió mucho como matrimonio.

– ¿Ha tenido momentos de dificultad en el matrimonio?

– Sí. Quizá el más gordo fue cuando nació nuestro segundo hijo. Estuvo muy malito, casi se nos queda por el camino y luego tuvo ciertas complicaciones que se han ido solventando y el niño ahora está estupendo. Se puso malito a los 15 días de vida. Lo tuvimos que dejar en el hospital solito, porque por las noches nos «echaban» de la unidad de neonatos, nos decían que nos fuéramos a casa a descansar, y a pesar de ser la situación la que era, y siendo yo como soy, que me suelo agobiar mucho, cuando la gente de nuestro alrededor o la psicóloga del hospital nos preguntaban cómo estábamos, a todo el mundo le sorprendía, porque nos veían muy enteros. Y es verdad que estábamos muy enteros y lo vivimos con muchísima paz, porque fue llegar a Urgencias, que nos dijeran lo que podía ser, y los mensajes que mandamos para informar fueron a la familia y a nuestros grupos de la parroquia, al grupo de matrimonios y demás, para poner en marcha «la máquina». Y llegó a nuestros oídos que acabaron rezando por el niño incluso monjas de clausura en Ciudad Real. Pero realmente fue un momento muy duro, en el que nos sentimos totalmente sostenidos por la Iglesia y por el Señor.

– ¿Y cómo lo vivisteis como matrimonio?

– Nos apoyamos mucho el uno en el otro, y nos unimos mucho como matrimonio. A mí se me echaban a llorar otras madres en la unidad de neonatos cuando les contaba lo que le pasaba al niño. Me decían: «¿Y tú por qué no lloras?». Y yo decía: «Pues porque tengo bastante esperanza en que todo va a ir bien y que va a ser lo que Dios quiera, que Dios sabe más que nosotros y va a ser Dios el que cuide a nuestro niño y el que nos cuide a nosotros». Guillermo y yo fuimos muy conscientes, en todo momento, de que fue la oración de otros, el vivirlo en comunidad y el vivir en la familia de la Iglesia, lo que nos mantuvo a flote en todo momento para afrontarlo.

– ¿Cómo se concreta todo eso en el día a día?

– Pues nuestro día a día se rige mucho por lo que toca en cada momento. Nada te pone los pies más en la tierra que tener niños pequeños. Durante el día es verdad que no tenemos la posibilidad, ahora mismo, ni de dar catequesis como siempre habíamos hecho, ni de participar de otros grupos, ni de ir a las oraciones de matrimonios, porque son horas en las que ya estamos en la «hora de la santidad»: estamos dando baños, cenas, acostando niños… Al principio nos supuso un poco de frustración el no poder llevar la vida que llevábamos antes. Pero es una cosa muy lógica: el Señor no quiere que vivamos la vida que vivíamos antes, quiere que estemos viviendo nuestra entrega en el momento, en lo que necesitan nuestros hijos en cada momento. Entonces nosotros ¿rezamos? Sí, rezamos mucho con los niños. Todas las noches rezamos con ellos y a la mayor le van surgiendo preguntas.

– ¿Cómo cuáles?

– Nuestra hija es espectacular porque de vez en cuando hace unas cosas… De repente, está tan tranquila jugando y es de las que te viene y te dice: «Mamá ¿podemos parar a rezar por las almas del purgatorio?» Y te hace parar todo lo que está haciendo para dedicar un ratito a rezar por las almas del purgatorio o por lo que quiera pedir cada vez. El pequeño, cuando tiene hambre, como no sabe hablar, o pide galletas, que es lo único que dice, o se santigua. Va santiguándose para bendecir la mesa porque te está diciendo que tiene hambre y sabe que lo primero que hacemos es bendecir la mesa. Al final son ellos los que nos ponen en nuestro sitio. Tienen perfectamente claro que los domingos el centro del día es la Misa y luego santificar las fiestas. No perdonan el aperitivo con los amigos de la parroquia. Son ellos los que nos permiten realmente centrar nuestra entrega en lo que tenemos que hacer y no perdernos en cosas que no son las que tocan en ese momento.

– Así que logran sacar tiempo...

– Es verdad que es difícil a veces, con el cansancio, sacar un rato de oración personal cada uno, pero al final tenemos claro que también estamos muy cerca del Señor, que nos va regalando muchas gracias para ir haciendo lo que tenemos que hacer en cada momento, que es lo esencial ahora, sobre todo en la etapa en la que estamos, que son tan pequeños. Pensábamos que les íbamos a enseñar nosotros muchas cosas y no, nos están enseñando muchas ellos a nosotros.

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