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La familia en una frase

La mentira que nos coló Jane Austen: «La felicidad en el matrimonio es enteramente cuestión de suerte»

Jane Austen nunca se casó, pero convirtió el matrimonio en el centro de sus novelas. En Orgullo y prejuicio, Charlotte Lucas sostiene una idea que la propia historia terminaría poniendo en cuestión

Charlotte Lucas tiene 27 años, escasa fortuna y pocas posibilidades de elegir. Cuando el pomposo señor Collins le ofrece matrimonio, ella acepta sin amarle. No espera encontrar felicidad en el afecto, sino seguridad económica, una casa propia y una posición social respetable.

Pero mucho antes de aceptar aquella proposición, Charlotte ya había explicado su forma de pensar: «La felicidad en el matrimonio es enteramente cuestión de suerte».

La frase aparece en el capítulo VI del primer volumen de Orgullo y prejuicio, una de las más célebres obras de la extraordinaria escritora victoriana Jane Austen.

Sin embargo, aunque de algún modo la idea ha hecho fortuna en nuestros días y muchos podrían hoy adherirse a ella sin pestañear, no debe interpretarse como una enseñanza personal de Austen, sino todo lo contrario: es la opinión pragmática de un personaje cuya decisión permite a la novelista examinar los dolorosos efectos de un matrimonio construido sin amor.

Una escritora que no llegó al altar

Austen nació en 1775 en Steventon, una pequeña localidad rural del sur de Inglaterra. Fue la séptima de los ocho hijos del reverendo George Austen y de Cassandra Leigh. Su padre dirigía una rectoría anglicana y completaba sus ingresos preparando alumnos en casa. La familia pertenecía a la pequeña burguesía rural culta, aunque no gozaba de una gran fortuna.

Jane creció rodeada de hermanos, libros y representaciones teatrales domésticas. Mantuvo durante toda su vida una relación especialmente estrecha con su hermana Cassandra, que tampoco se casó.

La autora conoció de cerca las limitaciones que pesaban sobre las mujeres solteras. Sin marido ni patrimonio propio suficiente, dependían con frecuencia de sus padres, hermanos o parientes. Jane llegó a aceptar en 1802 la propuesta matrimonial de Harris Bigg-Wither, hermano de unas amigas y heredero de una considerable propiedad. Pero a la mañana siguiente retiró su consentimiento.

No se sabe con certeza qué sintió, pero su decisión revela que no estaba dispuesta a convertir el matrimonio en una mera solución económica. Algo que aparece en múltiples ocasiones en sus novelas, tanto en las más famosas como Sentido y sensibilidad, como en otras menos conocidas, como La abadía de Northanger.

Finalmente, Jane Austen moriría en 1817, con 41 años, sin esposo ni hijos.

Tres formas de entender el matrimonio

Orgullo y prejuicio, publicada en 1813, relata el progresivo conocimiento entre Elizabeth Bennet y Fitzwilliam Darcy. Ambos deben vencer el orgullo, las primeras impresiones y sus propios errores antes de poder amarse de verdad.

La novela presenta distintos matrimonios. Lydia Bennet y Wickham se dejan arrastrar por la imprudencia y la mera atracción. Charlotte y Collins construyen una muy victoriana convivencia basada en la conveniencia y en mantener prudentemente las distancias. Elizabeth y Darcy, en cambio, sólo se casan después de conocerse mejor, corregirse y aprender a respetarse.

Por eso, la frase de Charlotte no resume el pensamiento de Austen. Más bien al contrario: la novela demuestra que la felicidad matrimonial no está asegurada, pero tampoco depende enteramente del azar.

Ni suerte ni sentimentalismo

Más de dos siglos después de su publicación, Orgullo y prejuicio no sólo sigue siendo un best-seller. También refleja la muy extendida consideración de «tener suerte» con el esposo o la esposa, como si el matrimonio fuera una lotería cuyo resultado quedara decidido el día de la boda pero fuese imposible de predecir. Y sin duda, elegir bien importa. Pero después llegan miles de decisiones pequeñas que ninguna fortuna puede sustituir.

La felicidad conyugal, enseña Austen, no nace sólo de encontrar a la persona adecuada, sino de aprender a ser, mutuamente, la persona adecuada para el otro. La ayuda adecuada para que el otro sea lo que está llamado a ser. Y por eso, necesita voluntad, conversación, perdón y capacidad para rectificar.

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