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William Shakespeare (The Chandos Portrait,1610)

William Shakespeare (The Chandos Portrait,1610)

La familia en una frase

William Shakespeare, dramaturgo: «No es amor el amor que se altera cuando descubre un cambio»

Shakespeare conoció un matrimonio temprano, largas ausencias y la muerte de un hijo. En uno de sus sonetos dejó una definición exigente del amor: sólo merece ese nombre cuando atraviesa los cambios desde la fidelidad

No hay retinol, ni ácido hialurónico, ni bótox, ni suplementos vitamínicos suficientes para detener el paso del tiempo y sus efectos –no sólo físicos– en las personas.

Por más que nuestra generación se empeñe en maquillar sus efectos, el esposo envejece, la esposa enferma, los hijos llegan a nuevas etapas con sus nuevas preocupaciones asociados, los problemas económicos siempre acechan y no es extraño atravesar una etapa en la que ninguno de los dos reconoce del todo a la persona con la que se casó.

Porque el tiempo transforma los rostros, los cuerpos, las circunstancias, y también el ánimo, el brillo interior, el atractivo del corazón. ¿Significa eso que debe también darse por extinguido el amor?

El amor, «un faro inamovible»

William Shakespeare respondió a esta pregunta hace cinco siglos, con una de las afirmaciones más rotundas de su poesía: «No es amor el amor que cambia cuando encuentra un cambio, o que se inclina a desaparecer cuando el otro se aleja». Otras traducciones menos rocambolescas se inclinan por «No es amor el que se altera cuando descubre un cambio». En todo caso, la frase pertenece al Soneto 116, publicado en 1609, dentro de una colección de 154 composiciones.

El poema, de hecho, comienza invocando «el matrimonio de las almas fieles» y define el amor verdadero mediante aquello que no hace. No se adapta caprichosamente a cada alteración ni desaparece cuando encuentra dificultades. Es, escribe Shakespeare, «un faro inamovible que contempla las tempestades sin estremecerse» y «una estrella que orienta a las embarcaciones perdidas».

Una azarosa vida familiar

Shakespeare nació en Stratford-upon-Avon en 1564. Fue el hijo mayor superviviente de John Shakespeare, fabricante de guantes y comerciante que llegó a ocupar cargos municipales, y de Mary Arden, procedente de una familia rural con propiedades. Como tantas otras familias de su época (y de la nuestra) la posición económica del hogar sufrió altibajos durante la juventud del escritor.

Con 18 años se casó con Anne Hathaway, de 26. La boda se celebró en 1582 y su primera hija, Susanna, nació seis meses después. En 1585 llegaron los gemelos Hamnet y Judith.

La vida familiar del dramaturgo contiene numerosos espacios en blanco. Durante buena parte de su carrera trabajó en Londres, mientras Anne y los niños permanecían en Stratford. No sabemos con qué frecuencia regresaba ni cómo fue la intimidad del matrimonio. Sí consta, eso sí, que continuaron casados hasta la muerte del genial dramaturgo, en 1616.

La familia, sin embargo, sufrió un golpe devastador en 1596: Hamnet murió con sólo 11 años. Aunque se desconoce la causa exacta, la mortalidad infantil era moneda corriente en la época. Y algunos estudiosos han buscado ecos de esa pérdida en Hamlet y en otras obras, aunque resulta imposible demostrar una relación directa.

Un soneto que permanece actual

El Soneto 116 no narra la vida matrimonial de Shakespeare ni permite convertirlo en un esposo ejemplar. Sin embargo, es una meditación poética sobre la constancia. Frente a la belleza física que cae bajo «la hoz del tiempo», el amor verdadero permanece «hasta el borde del juicio».

E incluso lleva el autor su afirmación hasta el extremo: si está equivocado, concluye, «decid que nunca he escrito, y que ningún hombre ha amado jamás». Una seguridad que explica por qué el poema continúa leyéndose en bodas y aniversarios más de cuatro siglos después.

Permanecer en medio del cambio

Lo llamativo es que el recurso de leer el soneto del dramaturgo en aniversarios y enlaces contrasta con una cultura contemporánea que invita, con frecuencia, a interpretar cualquier transformación del otro como una ruptura del acuerdo inicial: «Ya no es la persona con la que me casé», suele argüirse. Y en cierto modo, esa afirmación será casi siempre verdad tan pronto como pasen un par de años de la boda, porque nadie permanece idéntico durante décadas.

La idea expuesta por Shakespeare no pide que se ignoren el daño, el abandono o la dejadez. Su verso habla de otra experiencia: la tentación de retirar el amor porque han desaparecido la juventud o la novedad, cuando la fidelidad, en realidad, no consiste en amar la fotografía del primer día, sino en aprender a reconocer a la misma persona bajo las marcas que dejan los años.

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