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Familia y EscuelaMaría Torrego

Doy talleres de educación afectivo-sexual a menores desde hace ocho años y esto es lo que he comprobado

«Una educación integrada y coherente de la sexualidad y de los afectos necesita más familia y más belleza», explica María Torrego, profesora asociada del Departamento de Educación de la Universidad CEU-San Pablo

Una educadora en un aula

Una educadora en un aulaGetty Images / iStock

Como docente en la etapa de Educación Primaria, tengo el privilegio de acompañar a muchos alumnos en uno de los momentos más decisivos –y a la vez más delicados– de su desarrollo: el despertar de la pubertad. Desde hace ocho años imparto talleres de educación afectivo-sexual con el claro propósito de ayudarles a reconocer, comprender y, sobre todo, enseñarles a admirar la belleza de este proceso.

La pubertad no es solo un conjunto de cambios físicos. Es una auténtica sinfonía biológica, precisa y asombrosa, en la que cada proceso bioquímico se activa en el momento justo para impulsar a la persona hacia la madurez.

Cuando logramos transmitir esta mirada, los alumnos dejan de ver estos cambios con desconcierto o vergüenza, y comienzan a percibirlos como parte de algo mucho más grande: su propia historia de crecimiento, que me parece vital para su identidad personal.

Sin embargo, este camino no puede recorrerse en solitario. En cada taller compruebo que el papel de las familias, y especialmente de los padres, es insustituible. Son ellos quienes están llamados a ofrecer un acompañamiento cercano, seguro y lleno de sentido.

Por eso, una parte esencial de nuestra labor como docentes es reforzar ese vínculo, ayudar a que se fortalezca la comunicación y recordar que, en medio de tantos cambios, lo que más necesita un preadolescente es saberse mirado con respeto, comprendido y querido en casa.

Lo que más necesita un preadolescente es saberse mirado con respeto, comprendido y querido en casa

Esta responsabilidad nos interpela también como educadores. No basta con transmitir conocimiento y necesitamos estar muy bien formados, pero sobre todo tener una mirada profunda y respetuosa hacia cada alumno y su contexto familiar. Por eso, como profesora de futuros docentes en el Grado de Educación, veo con claridad la importancia de despertar en ellos esta sensibilidad: la capacidad de acoger a cada familia allí donde se encuentra, acompañarla sin juicio y caminar a su lado hasta que pueda avanzar con autonomía y formación.

Hay algo especialmente revelador en los talleres, cuando descubren que su cuerpo es capaz de desplegar, casi en silencio, una sucesión de procesos admirables, verdaderos «milagros» de la naturaleza convertidos en logros cotidianos. Y es ahí donde nace en mí una gran gratitud por ser testigo de cómo su asombro transforma la forma de mirarse a sí mismos y, con ello, aprenden a valorar sus propias vidas con profundidad, respeto y cuidado hacia sí mismos y hacia los demás.

En una sociedad donde con frecuencia la sexualidad se presenta de forma superficial o banalizada, resulta más necesario que nunca recuperar su verdadero significado. Por eso, merece la pena poner en valor a los centros educativos que apuestan por una educación afectivo-sexual integrada, respetuosa y coherente. No como un añadido, sino como dimensión esencial de la grandeza humana.

Educar en la belleza es, en el fondo, educar para la vida. Y hacerlo juntos –familia y escuela– es el mayor regalo que podemos ofrecer a las nuevas generaciones.

  • María Torrego es Profesora asociada del Departamento de Educación de la Universidad San Pablo-CEU y presidenta de la Fundación RedMadre
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