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Soy magistrada, y a mi juzgado vienen padres que sobreprotegen a hijos traficantes o que conducen borrachos

La magistrada Miriam García explica que la sobreprotección de los padres no es un delito, pero la ausencia de límites en la infancia y en la adolescencia está creando una generación de jóvenes inmaduros que delinquen porque nadie les ha enseñado a respetar las normas

La sobreprotección de los padres genera hijos que no respetan las normas

La sobreprotección de los padres genera hijos que no respetan las normasGetty Images / iStock

«Señoría, le llamamos del cuartel de la Guardia Civil. Hemos procedido a la detención y posterior puesta en libertad de Jaime. Conducía un vehículo careciendo de permiso para ello y además ha dado positivo en alcohol. Está citado para el martes a juicio rápido».

Los días habilitados para los juicios rápidos suelen convertirse en una gran ocasión para celebrar la fiesta de la sobreprotección. Los padres acompañan a sus hijos hasta el edificio del juzgado, entran con ellos e intentan hablar con el juez para intentar dar una explicación convincente que lleve a su señoría a considerar la posibilidad de archivar la causa pese a la conducta delictiva del muchacho.

Supongo que estos padres han esperado en muchas puertas para hablar con el profesor de su hijo y forzarle a subirle un poco la nota, con el argumento de que el chico se ha esforzado mucho, de que se lo merecía o de que no le puede negar a su hijo una carrera prometedora.

Acuden a hablar con el profesor para que suba la nota de su hijo y acuden a hablar con el juez para que le imponga la pena mínima o, incluso, para que prevarique y haga como si no hubiera pasado nada.

En el primer caso, sus pobres hijos se han esforzado mucho para aprobar; en el segundo caso, sus pobres hijos se van a esforzar para que no vuelva a suceder.

–Señora jueza, le prometo que mi hijo es un buen chico. Nunca coge el coche de su padre. Lo que pasa es que quiere sacarse el carné y se puso a conducir para practicar un poco. En cuanto a la tasa de alcohol… Un mal amigo suyo le obligó a beber.

–¿Practica con sus amigos? Iban cinco en el coche. ¿Sus amigos le obligaron a beber?, le repregunto yo.

– Se los encontró por casualidad, me contesta su madre.

Ante esta respuesta, decido no seguir preguntando, porque cuando una madre quiere justificar a su hijo lo hará hasta el punto de quedar en ridículo. Por lo tanto, me limito a pedirle a su madre que se siente en alguno de los bancos de la sala para escuchar la sentencia que se proclamará in voce en unos segundos.

Jaime parece tranquilo. Se encuentra en el centro de la sala, a punto de declarar y reconocer los hechos para que la ley me permita reducir en un tercio la pena establecida en la legislación. Aquí no vale justificación alguna: le han pillado bebido y sin carné. Sus padres, sin embargo, sentados en los banquillos destinados al público de la sala, no paran de moverse. Miran a a su abogado y sobre todo me miran a mí.

Desde luego, yo no soy la madre de ese chico, pero la escena parece decirme que las consecuencias de la comisión de un delito van a ser asumidas, no por el autor, si no por sus padres. La pena, ya reducida en un tercio y pronunciada por mí en la sala, es de 8 meses de multa con cuota diaria de 6 euros por conducir sin carné, y otros 4 meses de multa a con cuota diaria de 6 euros por conducir borracho. Además, tendrá prohibido sacarse el permiso de conducir durante un par de años. Es la pena habitual para los primerizos en esto de la delincuencia de guante blanco.

Rápidamente, la madre de Jaime saca el móvil y adivino que está calculando la pena: 1.440 euros por el primer delito y 720 euros por el segundo. Una vez terminado el juicio, la madre de Jaime pregunta en voz alta:

–Señoría, ¿dónde podemos pagar la multa? Queremos abonarla ahora mismo.

Jaime sale de mi juzgado con sus padres, satisfecho de que la pena impuesta no haya sido para tanto. Se les ve a todos relajados, contentos. Salen del juzgado y se toman un refresco en el bar que hace esquina con el juzgado. Todo ha pasado.

Supongo que Jaime, como otros muchos chicos que pasan por mi sala, continuarán con sus estudios, se enamorarán, tendrán una novia y se casarán o se irán a vivir con ella. Hasta aquí todo normal. El problema podrá venir cuando la persona con quien convive le pida algo que suponga renunciar a una parte de sí mismo o cuando su jefe le ponga entre las cuerdas ante un trabajo mal ejecutado. ¿Qué creen que sucederá entonces? Jaime está acostumbrado al flotador de sus padres: siempre se lo han dispensado, incluso cuando sus actos han sido delictivos.

Pueden pensar ustedes que el problema de la sobreprotección no es tan grave como parece. Total: «¿No es la familia el lugar donde más nos queremos y donde nos perdonamos? Ya aprenderá y se comportará diferente en la vida. Es un niño que se ha dejado llevar, esto le servirá de escarmiento, estoy segura de que cambiará».

Estas son algunas de las frases que oigo repetir a los padres. Aún recuerdo la madre que llegó al juicio antes que su hijo. Él, que iba a resultar condenado por conducir bajo los efectos de la cocaína, llegaba tarde al juzgado porque aún no se había levantado:

–Señoría, en seguida viene. Ha pasado muy mala noche con esto del juicio y le ha costado levantarse, me dijo su madre.

La sobreprotección preocupa a los docentes, los medios hablan de ella y los psicólogos dan pautas para no caer en ella. En mi opinión, la sobreprotección es una máquina de criar hijos inútiles, hijos ajenos a las consecuencias de sus malos actos, pero, sobre todo, a hijos poco resilientes (está de moda esta palabra).

Como han estado bajo el calor de papá y mamá, ante cualquier revés de la vida se vendrán a bajo, no lo podrán soportar y ello les hará tremendamente infelices.

La ausencia de límites en casa da como resultado la ausencia de límites en la vida social. De ahí que los jóvenes que pasan por mi juzgado por tráfico de drogas, conducción sin carné o bajo los efectos del alcohol, obedecen, salvo honrosas excepciones, a un patrón: niños resguardados del frío por papá y mamá, niños sin límites.

Jaime ha aprendido algo en la mañana en la que ha pasado por mi juzgado: sus actos delictivos han sido salvados por papá y mamá. Luego Jaime esperará que otros actos, no delictivos y por tanto menos graves, sean salvados por papá y mamá. ¿Cuándo comenzará Jaime a ser responsable de sus actos? ¡Tiene 19 años! Quizás cuando su jefe lo despida, o ante el primer tropiezo en su vida sentimental.

Creo que podría establecerse una directa relación entre la sobreprotección, la depresión, la desesperanza, la pérdida del sentido de la vida o incluso los fracasos sentimentales. Infancias sin límites que dan el salto a adolescencias sin límites dan como resultado una edad madura donde el nihilismo campa a sus anchas.

Infancias sin límites que dan el salto a adolescencias sin límites dan como resultado una edad madura donde el nihilismo campa a sus anchas.

Es nuestra obligación como padres, en primer lugar, no hacer el ridículo en instancias judiciales o académicas.

Y, en segundo lugar, es nuestra obligación como padres educar a nuestros hijos en la fortaleza, en la superación de los fracasos y sobre todo en asumir las consecuencias de sus actos: si conduces borracho y sin carné, el juez te impondrá una pena pese a los sollozos de tu madre; si traficas con drogas, el juez podrá ordenar tu detención e incluso mandarte a prisión pese a que mamá se ponga delante de la puerta para evitar que seas llevado al calabozo; si has enviado la foto de tu novia desnuda serás detenido pese a que todos lo hagan. Y, así, un sinfín de ejemplos.

En una sociedad donde los límites que exigimos a nuestros hijos son simplemente no sacar menos de un 6 en matemáticas, no debemos descuidar la exigencia ética, y hemos de exigir responsabilidades más allá de los estudios.

Y esto debemos hacerlo si queremos que nuestros hijos sean felices.

  • Miriam García es magistrada, madre de tres hijos y máster en orientación familiar
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