Si quiere un Messi en su casa, entrene usted y deje a su hijo (y al mío) en paz
No comprendo que los padres de los equipos entrenados por esta clase de tuercebotas no protesten, ni reclamen su cese. ¿Es acaso ese el ejemplo que quieren para sus hijos? La indolencia y la falta de arrojo de las familias a la hora de defender las causas morales que afectan a nuestros hijos están provocando enormes daños
Unos días antes de que Mourinho y un mequetrefe argentino, cuyo nombre no he logrado retener, montasen un lamentable espectáculo de irresponsabilidad y racismo en la Champions, me tocó presenciar el comportamiento incívico de un verdadero tarugo que funge de entrenador en un equipo de futbolistas adolescentes.
Desde que soy padre, mis fines de semana son una maratón de competiciones escolares, que nos obligan a mi mujer y a mí a trazar extraordinarios sudokus logísticos para cuadrar horarios, campos y desplazamientos.
Y lo hacemos con gusto, porque a ellos les encanta el deporte, y a nosotros nos encanta ver que se van acostumbrando a virtudes tan nobles como la constancia, la superación, el trabajo en equipo, la tolerancia a la frustración, la diversión al aire libre, o el esfuerzo colectivo más allá del logro individual. Como suelo repetirle a uno de los pequeños, que es un verdadero motivado, «no me importa que quieras salir a ganar, y no sólo a disfrutar, si, cuando pierdes, no te enfadas. Porque, ante todo, el deporte es un juego».
Como «de padres gatos, hijos michines», mi tropa me ha salido futbolera, aunque todos ellos juegan muchísimo mejor que yo a su edad. Cosa, por otra parte, sencillísima, pues siendo portero de fútbol sala, a punto estuve de reclamar un año el pichichi en propia puerta por las goleadas que nos cascaban cada sábado (y, normalmente, a cero, que nuestra solidaridad se expresaba en ser malos del primero al último).
El caso es que en mi haber llevo ya unos cientos de partidos de diferentes competiciones y deportes, en diferentes campos, contra distintos equipos escolares, municipales o federados, y, lógicamente, en diversas categorías, desde el chupetín hasta el cadete.
Y aunque en ocasiones hay algún chaval que monta gresca o que juega con más marrullería, he podido constatar que la inmensa mayoría de los problemas que se producen en las canchas infantiles y juveniles no las generan los jugadores: las generan los adultos.
A veces (muchas) son los padres (¡y las madres!) que animan desde la grada o desde la banda: recriminaciones al árbitro, protestas extemporáneas, o reclamaciones a sus propios hijos por un rendimiento que consideran insuficiente, y que tan sólo logran avergonzar al chaval ante sus compañeros.
En otras ocasiones, como en el caso del tarugo del fin de semana pasado, los responsables irresponsables son los propios entrenadores. Y ahí el plus de cretinismo es aún mayor, pues por más patán que sea, un entrenador tiene el deber de formar rectamente a niños y a adolescentes, que aplicarán fuera del campo lo que vivan dentro, y viceversa.
«Si nos atacan y no llegáis al balón, le dais al jugador», les arengaba el tarugo en el descanso, cuando ya perdía su equipo 4-1. Creo que fue una suerte que yo no lo escuchase en ese momento (me lo contaron otros padres y los propios jugadores, al acabar el partido), porque si no, probablemente le habría dicho algo: ese «jugador» al que había que dar leña –quién sabe si con lesión incluida–, podía ser mi hijo, o cualquiera de sus amigos.
Los aspavientos contra el árbitro –un chaval veinteañero– se mezclaban con insultos a sus propios jugadores (críos de entre 13 y 15 años) y quejas contra el entrenador rival. Un tipo tranquilo, éste segundo, que no dudaba en corregir a sus muchachos para enseñarles a jugar, pero sin faltarles.
Al final, claro, la cosa se fue calentando, porque sus pupilos le siguieron el dictado y protestaban al árbitro cualquier decisión, con venablos incluidos, como luego reflejó el acta. Cayeron patadas a destiempo. E incluso tomaban como muestras de desprecio las risas que, entre sí, se gastaban los jugadores del equipo rival, que ante tan esperpéntico espectáculo decidieron, simplemente, disfrutar jugando al fútbol.
Al acabar el partido, un chaval del equipo contrario, que ya había pedido calma a sus compañeros («chavales, a lo nuestro, que esto es sólo un juego») tuvo un gesto más valioso que el gol que había marcado: animó a los suyos a darle la mano a todos los rivales, y se acercó al banquillo para tendérsela al entrenador vocinglero y templar los ánimos. El tipo, que ya no va a cumplir los 45, se giró sin mirarle siquiera. El chaval era mi hijo.
No comprendo que los padres de los equipos entrenados por esta clase de tuercebotas no protesten, ni reclamen su cese. ¿Es acaso ese el ejemplo que quieren para sus hijos? La indolencia y la falta de arrojo de las familias a la hora de defender las causas morales que afectan a nuestros hijos están provocando enormes daños.
Algunos adultos olvidan que las competiciones escolares o juveniles son el más bajo de los escalafones del fútbol base, no los play offs de la Champions. Y que, por tanto, los jugadores, los árbitros y los entrenadores suelen tener un nivel amateur, deficiente incluso, con errores de bulto tanto en la técnica como en la táctica. ¿Pero qué esperaban? ¿Que rematen Messi y Mbappé a indicaciones de Guardiola, y mientras pita Pierluigi Collina?
Lo que nunca debe faltar en una competición escolar, sea de fútbol, baloncesto, voleibol o pimpón, es la educación y el buen ambiente, precisamente porque se trata de actividades lúdicas en las que los menores se están formando para la vida, mientras se divierten.
Así que, por favor, si usted es de los que quiere un CR7, un Alcaraz, un Jordan o una Serena Williams en su casa o en su equipo, entrene usted hasta convertirse en super estrella. Y deje a su hijo, y al mío, jugar en paz.