Kristina Zamarytė, viceministra de Lituania
Entrevista a Kristina Zamarytė-Sakavičienė, viceministra de Lituania
La viceministra lituana con seis hijos: «La baja natalidad y la inmigración a gran escala son una amenaza para la seguridad»
La viceministra de Justicia de Lituania, Kristina Zamarytė-Sakavičienė, defiende que la natalidad es una cuestión de supervivencia social y alerta del colapso que amenaza a Europa por el intento de unas élites políticas que pretenden sustituir la cultura occidental a través de la inmigración
No es frecuente que un cargo público hable de natalidad y políticas públicas con la solvencia que emplea Kristina Zamarytė-Sakavičienė, viceministra de Justicia lituana. Pero es que, en rigor, tampoco es frecuente que haya cargos públicos que ejemplifiquen tan bien su implicación personal en la materia de la que depende su cartera, y la propia coherencia entre lo que propone para la sociedad y lo que ella misma vive en su hogar.
Activista provida desde hace décadas, ex directora del Instituto de Ética y Derecho Biomédico de Vilnius, profesora de Derecho en la Universidad Mykolas Romeris y madre de 6 hijos, Zamarytė participó recientemente en el Seminario Internacional «Maternidad en crisis: cuando el futuro no nace», organizado en Madrid por CEU-CEFAS, en colaboración con NEOS, la Fundación Familia y Dignidad, y la Federación Europea One of Us, entre otras entidades.
– La visión europea reduce la natalidad a una decisión privada. Sin embargo, usted habla de ella como una cuestión de seguridad nacional...
– Cuando reducimos la fertilidad a una «decisión privada» pura y simple, ignoramos inevitablemente las matemáticas básicas. El último informe de la OCDE lo describe con brutal claridad: casi todos los países europeos llevan décadas por debajo del nivel de reemplazo y algunos se encuentran ahora en niveles extremadamente bajos. En Lituania, en 2024, las muertes casi duplicaron los nacimientos. Nuestra tasa de fertilidad total ha caído a alrededor de un hijo por mujer. A finales de esta década, en muchos países la proporción entre trabajadores y pensionistas se acercará al 2 a 1, mientras que en el pasado era de 3 a 1 o más.
La recesión demográfica es más peligrosa que la recesión económica. Las crisis económicas pueden soportarse y corregirse en pocos años. Los errores demográficos solo se revelan plenamente después de décadas, y entonces suelen ser irreversibles. Ningún país ha logrado aún, en condiciones de prosperidad, recuperarse de forma sostenible de un largo período de fertilidad muy baja.
Si las tasas de natalidad nacionales siguen siendo bajas, aumentará la presión para una inmigración a gran escala. Y esto plantea serias amenazas de integración, identidad, estabilidad política y seguridad. No hay que ser alarmista para verlo. Simplemente, significa que intentar mantener un nivel razonable de fertilidad no es un pasatiempo para un bando político, sino una condición para la paz a largo plazo y para la estabilidad de las democracias.
Mantener un nivel razonable de fertilidad no es un pasatiempo político, sino una condición para la paz a largo plazo y para la estabilidad de las democracias.
El Estado está obligado a recordar que los seres humanos son su «infraestructura» más importante. Podemos construir autopistas, universidades o sistemas digitales, pero si cada generación es un tercio más pequeña que la anterior, todo lo demás pierde su sentido. La demografía no se refiere solo a decisiones íntimas, sino al bien común.
– Lituania ha experimentado fuertes tensiones culturales en las últimas décadas. ¿Se puede defender la familia, la vida, el matrimonio y la dignidad humana en un entorno polarizado, sin fracturar aún más la sociedad?
– La sociedad lituana ha atravesado, efectivamente, intensas tensiones culturales en los últimos años, en torno a cuestiones relacionadas con la familia, la vida, el género y la educación sexual. Precisamente en este contexto, es fundamental recordar que la defensa de la dignidad humana no puede ser una forma de agresión. Y aquí hay al menos cinco principios que me parecen esenciales.
En primer lugar, debemos repetirnos a nosotros mismos, de forma muy consciente, que la dignidad humana es innata e indivisible. Pertenece a todas las personas, independientemente de su visión del mundo, su estilo de vida y sus elecciones morales. Esto significa que, cuando debatimos ideas, debemos rechazar deliberadamente la lógica de «las personas X son el problema». El problema radica en determinadas decisiones, leyes o ideologías, no en los seres humanos como tales.
En segundo lugar, la ley no debe convertirse en un arma de guerra cultural. Cuando se utiliza la legislación para que una parte pueda «castigar» a la otra por sus opiniones, perdemos la ley como marco compartido para el bien común. En mi opinión, la ley debe proteger el espacio para la conciencia: para las convicciones religiosas, para los derechos de los padres, para la libertad de expresión y para el debate académico genuino. Esto es especialmente importante en ámbitos delicados como la política familiar o la educación. Debemos evitar un «monopolio ideológico».
– ¿Y los otros tres principios?
– En tercer lugar, debemos distinguir claramente dónde hay límites no negociables y dónde hay margen para el compromiso. Para mí, proteger la vida humana desde la concepción y reconocer el matrimonio entre un hombre y una mujer como el mejor entorno para un niño son límites fundamentales. Pero dentro de ese marco hay espacio para muchos compromisos prudentes: modelos de apoyo a las mujeres en crisis por embarazo, formas concretas de asistencia social, formas de equilibrar los planes de estudio escolares...
En cuarto lugar, debemos recuperar el lenguaje del testimonio personal, no solo el lenguaje teórico. Cuando hablo de la maternidad, intento no hablar solo como política, sino como madre: digo abiertamente que criar a seis hijos es agotador y exigente, pero también una profunda fuente de alegrías. Comparto cómo la gente suele reaccionar con sorpresa, o incluso con conmoción, y cómo estas conversaciones pueden sembrar una pregunta en sus propios corazones. Este testimonio suele desarmar la actitud defensiva de forma mucho más eficaz que los eslóganes.
Por último, debemos rechazar la lógica de la movilización permanente. Si una sociedad vive constantemente en «modo guerra» («nosotros o ellos»), al final todo el mundo acaba agotado. Defender la dignidad humana también requiere una actitud contemplativa: la capacidad de decir «en esto no estamos de acuerdo», sin dejar de ver a la persona, no al enemigo.
– En España, muchos padres sienten que están perdiendo la prioridad como autoridad educativa frente al Estado, e incluso frente a los contenidos de las grandes tecnológicas que difunden las pantallas. ¿Qué marco jurídico protege mejor a los padres como principales educadores?
– En realidad, esta no es solo una experiencia española. En toda la región de la OCDE observamos un patrón similar: el Estado amplía sus ambiciones educativas, la tecnología penetra cada vez más en la vida de los niños y los padres se sienten cada vez más impotentes en su propio hogar.
Desde el punto de vista jurídico, el punto de partida debería ser el siguiente: los padres son los principales y primeros educadores de sus hijos; el Estado y la escuela están ahí para ayudarles, no para sustituirlos.
El reconocimiento jurídico de los derechos educativos de los padres no debe ser una frase decorativa, sino una norma operativa con consecuencias. Por ejemplo: el derecho de los padres a ser informados con antelación sobre contenidos delicados (sexualidad, temas ideológicos...); la posibilidad, en casos claramente definidos, de optar por no participar en determinadas clases o programas que contradigan gravemente sus convicciones; un pluralismo educativo real: opciones de educación pública, municipal, confesional, privada y en el hogar que el Estado no se limite a tolerar «pro forma», sino que respete genuinamente...
– Sin embargo, en Europa tenemos naciones como Noruega, donde los servicios sociales llegan a secuestrar a los niños de familias perfectamente funcionales, por denuncias anónimas contra sus padres por ser «demasiado religiosos»...
– Los servicios de protección de la infancia deben intervenir cuando existe una amenaza real para la vida o la salud de un niño. Pero no pueden utilizarse como instrumento para arrebatar la autoridad educativa simplemente porque los padres no comparten la ideología predominante. De lo contrario, el Estado comienza a comportarse como si los niños le pertenecieran a él y no a sus padres. El Estado tiene el deber legítimo de garantizar un nivel básico de conocimientos, alfabetización cívica y respeto de los derechos humanos. Pero no tiene derecho a imponer una visión ideológica única de la persona humana, la familia o el género, sin tener en cuenta las creencias de los padres.
El Estado no tiene derecho a imponer una visión ideológica única de la persona humana, la familia o el género, sin tener en cuenta las creencias de los padres.
De hecho, el informe de la OCDE, al abordar la soledad y la salud mental, recuerda la estrecha relación entre los lazos sociales débiles y el aumento del riesgo de depresión y mortalidad prematura. Hoy tenemos empresas que están desarrollando tecnologías adictivas y son responsables del daño que causan. El Estado debe reconocerlo y regularlo en consecuencia. En la práctica, esto debería traducirse en el reconocimiento del derecho de los niños a una infancia «no virtual», en proporcionar a los padres herramientas legales y de apoyo para limitar el impacto de las plataformas, y en proteger los datos y la salud mental de los niños frente al marketing agresivo y los contenidos nocivos.
– Hablaba antes del testimonio personal. ¿Qué le diría a una madre que quiere tener más hijos pero teme el coste social: «la gente te mirará raro», «te penalizarán en el trabajo», «te volverás invisible»...?
– En primer lugar, le diría que sus miedos son reales. Mi propia experiencia, y las investigaciones que tenemos, lo confirman.
Pero diría a la madre que los hijos no sólo tienen un coste, sino que también aportan una recompensa irremplazable. Y no te volverás invisible, te convertirás en una persona con raíces. Nuestra cultura tiende a recompensar a quienes son visibles hoy en día: en los escenarios, en las pantallas, en puestos de poder... Pero la forma más profunda de visibilidad a menudo sólo aparece después de décadas: cuando tus hijos comienzan a formar sus propias vidas y ves, en su carácter, los frutos de tu sacrificio. Como suelo decir, la alegría de una familia numerosa es contagiosa. Quizás nunca sepas cuántas mujeres y hombres jóvenes se preguntarán en silencio, después de conocerte, «¿Podría yo vivir así también?».
– ¿La inmigración es la solución al problema demográfico (y de las pensiones) en Europa?
– La inmigración puede ser una herramienta parcial y temporal, pero no puede ser una solución estratégica.
El informe de la OCDE es muy claro: aunque muchos países intentan compensar la escasez de mano de obra mediante la inmigración, esto crea nuevos problemas. El informe no es moralista, sino muy sincero: la inmigración rápida y a gran escala, procedente de regiones culturalmente distantes, plantea graves retos de integración, confianza social, extremismo y ciertos tipos de delincuencia, y agudiza la polarización política.
También se plantean serias cuestiones éticas. La «fuga de cerebros» masiva de los países en desarrollo significa que esas sociedades pierden a sus personas mejor formadas, y el fruto de su inversión en capital humano. Sus sistemas sanitarios, educativos y económicos se debilitan.
Por estas razones, me parece convincente la posición del informe de la OCDE: primero debemos poner orden en nuestra propia casa, fomentar la natalidad, reducir la infertilidad no planificada y construir una cultura y una economía favorables a las familias. La inmigración puede ser selectiva y limitada, y ayudar a cubrir carencias específicas de mano de obra. Pero no puede sustituir la verdad fundamental de que sin hijos, sin nuestros propios hijos, Europa simplemente no tendrá futuro.
– ¿Cree que existe un intento deliberado de utilizar la demografía y la inmigración para transformar la identidad y la cultura europeas, o se trata solo de especulaciones? Y si es así, ¿quién lo está promoviendo y por qué?
Aquí es importante distinguir dos cosas. En primer lugar, es un hecho objetivo que la demografía y la migración ya están transformando Europa, cultural, religiosa y políticamente. Las diferencias en la fertilidad, en la transmisión de la identidad y en los patrones migratorios tienen consecuencias visibles en muchas ciudades europeas.
En segundo lugar, hay interpretaciones muy diferentes de lo que esto significa y por qué está ocurriendo.
– ¿Existe entonces un «plan dirigido» de forma centralizada para cambiar la identidad europea a través de la demografía y la migración?
– Creo que esta pregunta a menudo expresa una intuición real: que se están tomando decisiones con efectos demográficos a largo plazo, sin amplio consenso social y sin un debate honesto sobre sus consecuencias. Sin embargo, como política, prefiero no invertir energía en especular sobre «planes secretos», sino en pedir transparencia y responsabilidad.
Es obvio que algunas élites políticas y culturales consideran la identidad nacional y la herencia cristiana como una especie de carga histórica y, por lo tanto, ven el rápido cambio cultural como algo evidentemente positivo. Las instituciones internacionales a veces hablan de la migración como si fuera una respuesta limpia y casi sin coste alguno a todos los problemas: la escasez de mano de obra, las pensiones, incluso la «renovación» cultural. Pero sigo pensando que es peligroso caer demasiado rápido en narrativas conspirativas.
Algunas élites políticas y culturales consideran la identidad nacional y la herencia cristiana como una carga histórica y, por tanto, ven el rápido cambio cultural de Europa como algo positivo.
Sin necesidad de teorías de la conspiración, se puede ver muy claramente que ciertas decisiones políticas socavan de forma objetiva los cimientos de la identidad europea. Nuestra tarea consiste en hablar con claridad sobre las consecuencias a largo plazo de esas políticas y ofrecer otra vía: fortalecer la familia natural, permitir la recuperación de la fertilidad desde dentro y reconstruir la cohesión social.
– Por último: ¿qué es lo que yo no le he preguntado que sea importante decir?
Quizás esto: ¿por qué tantos jóvenes adultos de hoy en día son silenciosamente infelices, viviendo con menos hijos de los que realmente querían?
– Pues usted dirá...
– Un número cada vez mayor de investigaciones, entre las que se incluyen los trabajos citados en el informe de la OCDE, muestran que una gran parte de la infertilidad en los países desarrollados no es planificada, sino imprevista. Muchas personas querían tener hijos, pero «simplemente nunca sucedió»: no encontraron la pareja adecuada; lo pospusieron durante demasiado tiempo; vivían en una cultura que fomentaba constantemente el retraso, pero nunca les dijo claramente que la fertilidad tiene límites...
No debemos empezar con acusaciones, sino con una pregunta profundamente humana: ¿Cómo podemos construir una cultura y un marco legal en el que las personas puedan realmente tener el número de hijos que desean?
Esto significa decir la verdad sobre los límites biológicos de la fertilidad; respetar la maternidad y la paternidad como vocaciones nobles, no como proyectos de segunda clase; fortalecer el matrimonio; proteger la libertad religiosa y los derechos de los padres; y, muy simplemente, atreverse a decir a los jóvenes: «No tenéis que elegir entre los hijos y una vida con sentido. El sentido más profundo viene precisamente a través de ellos».
Si este mensaje vuelve se vuelve a escuchar públicamente, las gráficas demográficas comenzarán a cambiar. No de la noche a la mañana, ni en un solo ciclo electoral, sino en una generación. La renovación demográfica comienza, en última instancia, con la renovación cultural.