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Soy magistrada y veo en el juzgado cómo el porno le está arruinando la vida a los adolescentes y a las mujeres

«La pornografía tiene mucho que ver en cómo tratan los chicos a las chicas, y está haciendo que las vean como un trozo de carne, como un objeto sin dignidad y al que se le puede pedir cualquier cosa por inmoral que sea», alerta la magistrada Miriam García.

Una adolescente, con su móvilGetty Images / iStock

«Señoría, quiero que saque todas las fotos que este hombre tiene de mi hija en su teléfono móvil. Vete a saber lo que habrá hecho con ellas».

Aitor ha sido detenido. El detonante ha sido la denuncia interpuesta por Sara, madre de Ainara. Sara ha abierto la puerta de la habitación de Ainara y la ha sorprendido con un teléfono móvil en sus manos. Ainara tiene 13 años y sus padres nunca le han comprado un móvil.

Sara, sorprendida porque su hija tenga un móvil que ella no le ha comprado, lo coge y abre el WhatsApp. Ve una conversación abierta con Aitor y cuando desliza el dedo hacia arriba encuentra fotos y vídeos de contenido pornográfico. Ainara, al ver que su madre tiene el móvil, rompe a llorar, lo coge y con furia lo estampa contra el suelo.

Ya en el juzgado, Sara quiere que se llegue al fondo de este asunto. No sabe quién es Aitor ni cómo ha podido regalar un teléfono a su hija. Aitor tiene 28 años y ocupa un puesto de responsabilidad en un banco. En su declaración judicial como investigado manifiesta que «se ve» con Ainara y nada más. Al ser preguntado por las fotos que Sara ha visto en el teléfono de Ainara, Aitor contesta que:

–No sé de qué habla, yo nunca le he pedido ninguna foto ni ningún video desnuda. Soy inocente.

Ainara, por su parte, guarda silencio.

Escuchadas todas las partes, decido ordenar el volcado y clonado de teléfono de Aitor. Después de un tiempo llega el informe de los agentes de policía judicial encargados de revisar y analizar el contenido. El informe confirma la versión de Sara. En el teléfono hay fotos y vídeos sexuales de Ainara enviados a terceros pero también mucho contenido pornográfico compartido en grupos de amigos. Aitor vuelve a pasar por el juzgado tras los hallazgos de la Guardia Civil.

–No he hecho nada malo. Ainara me mandaba esos videos porque quería; yo no le obligaba.

– ¿Y todo el contenido pornográfico que hemos encontrado?, le pregunto.

–Eso no es un delito. Veo porno como cualquier chico de mi edad. ¿Y qué? Eso no es nada malo.

Efectivamente, ver porno de adultos no es un delito. Parece que lo hacen todos los chicos de su edad y, bajo la premisa de «tan solo hago lo que hace el rebaño», no pasa nada. Según un estudio publicado por uno de los mayores portales pornográficos del mundo (Porn Hub), el acceso a la pornografía se ha adelantado a los 8 años y el 30% de los adolescentes lo consumen a diario. No existen estadísticas fiables sobre el consumo de pornografía: si el ser humano tiende a mentir en las encuestas, imaginen ustedes cómo será cuando sean preguntados sobre el porno.

Aitor continúa hablando y, quizás para reafirmar su inocencia –moral–, añade:

–Mi padre también ve porno en su ordenador personal, lo he sabido desde pequeño.

Este tipo de experiencias jurídico-humanas me sitúan ante una realidad dolorosa como mujer. Actualmente, la pornografía es consumida por hombres de toda condición, clase social y edad: casados, solteros y (lo que es peor) por niños de tan sólo 8 años.

Sé que en muchos hogares lo que voy a exponer parecerá casi increíble, pero les aseguro que es cierto: la sociedad no entiende que ver porno sea algo dañino. Más bien se concibe como señal de liberación, hombría y señal de haber dejado atrás a un régimen represivo y malvado que impedía a los niños tocarse. Bajo este paraguas, existen colegios donde los niños son animados a tocarse desde los 6 años o donde se les exhibe contenido pornográfico bajo el argumento de una buena educación sexual.

Sin embargo, esto parece chocar con la protección que la sociedad dice estar dispensando a las mujeres. Leía hace poco que el porno violento es machista y que debemos acabar con él. Desconozco si existen dos tipos de porno –el violento y el no violento–, pero me atrevería a decir que ambos son perjudiciales para las mujeres y, por lo tanto, también para el propio hombre.

No sé si quienes afirman que es bueno que los niños se toquen cuanto antes para descubrir su sexualidad han reparado en que el hombre se excita por la vista y que, en consecuencia, para tocarse y tener placer debe ver algo. Empezará con fotos y seguirá con vídeos. Después los vídeos serán cada vez más violentos y, por último, quién sabe si el aburrimiento y/o la paulatina disminución de la excitación causada por la falta de novedad le lleve a mancharse las manos con la pornografía infantil. Nos sorprenderíamos de los datos que arrojaría esta realidad. Pero, por supuesto, por ahora no los tendremos.

Para muchos, la opinión que estas líneas traslucen está alineada con la educación impartida durante años por la Iglesia católica: que los chicos no se toquen, que es malo. Es probable que la Iglesia católica se equivocara en la forma, pero no en el fondo. Durante muchos años a los chicos se les educó con la premisa de que tocarse es un pecado. Y ahí terminaba toda explicación.

En los tiempos actuales y desde hace ya al menos dos décadas la educación sexual ha cambiado de que «tocarse es un pecado» al «tócate que es bueno para descubrir tu sexualidad»; pero, ¡cuidado!, no veas porno violento que luego maltratas a las mujeres.

Creo que no hace falta ser experto para decir que el porno reduce a la mujer a un trozo de carne andante, a alguien sin dignidad. Bajo esta premisa indiscutible, nuestros adolescentes consumen porno como quien queda para jugar al pádel y al salir del partido (o de ver el porno) se reencuentran con su mujer o su pareja.

En una ocasión una mujer vino a verme al juzgado para decirme desesperada:

–Señoría, haga algo con mi marido: yo lo quiero, pero está enganchado al porno.

La pobre Virginia sabía que la pornografía estaba destrozando su matrimonio, como otras muchas mujeres que así me lo hacen saber. Es muy curioso, muchos hombres no ven el porno como algo malo, pero no quieren que sus hijas tengan como novio a un hombre con esta adicción. ¿Por qué será?

Aitor sabe que ver porno no es un delito, motivo que por sí solo –cree él– le justifica, pero además sabe que es algo que hacen muchos hombres, incluso su propio padre, también motivo que por sí solo –cree él– le justifica.

Es decir, Aitor tiene dos argumentos que le legitiman: no es delito (argumento legal), y, además, su padre lo ve (argumento moral). A estos dos argumentos podemos añadir otros: las series, los reality como La isla de las tentaciones, las canciones de moda o los múltiples mensajes publicitarios que recibimos cuando caminamos por el centro de cualquier ciudad. Todo esto respirado por Aitor desde la infancia configura un mensaje claro en su conciencia: ver porno no es malo, no es delito y no pasa nada porque lo veas.

Sin embargo, podemos preguntarnos: ¿influirá en cómo Aitor se relacione con otras chicas las imágenes pornográficas que abarrotan su teléfono? ¿Tendrá el porno alguna influencia en su futura vida familiar? ¿El hecho de que Aitor vea porno es lo que le ha llevado a pedirle a Ainara tantas fotos y videos desnuda?

Dejando a un lado el mundo adulto y centrándome en el universo adolescente, he comprobado que el porno tiene mucho que ver en cómo tratan los chicos a las chicas. La pornografía está haciendo que los chicos vean a las chicas como un trozo de carne, como un objeto sin dignidad y al que se le puede pedir cualquier cosa por inmoral que sea.

Es realmente difícil que hoy día un chico no se inicie en este mundo oscuro. Aplicaciones como Only Fans les permite devorar los desnudos de la chica de al lado o de la que está al otro lado del mundo, y cualquier página web te muestra mujeres desnudas sin filtro alguno. Como padres, la solución no es prohibir. ¿Cómo podemos prohibir que vean algo que está en el mundo real y virtual?

La solución es educar en la virtud, en decirles que el porno podrá arruinarles la vida, que les podrá convertir en adictos y someterlos a un vicio perverso; y, sobre todo, que es muy triste y desolador que su primer contacto con el sexo sea la pornografía.

No se puede negar: el porno hace que los adolescentes normalicen conductas sexuales que son irreales, devalúen a su novia y la vean como algo reducido a un objeto, a un trozo de carne.

Con todo lo que he expuesto, entenderán ustedes por qué existe un alto número de agresiones sexuales o por qué una de las aplicaciones más descargadas es OnlyFans, plataforma que convierte a nuestros chicos en clientes y a nuestras chicas en producto; o por qué la edad media en que los adolescentes comienzan a mantener relaciones sexuales completas está situada en los 14 años.

Sin embargo, parece que la sociedad vive al margen de todo esto. No veo noticias que llenen los telediarios o los periódicos hablando de esta creciente realidad. Este problema comienza a preocuparnos en dos circunstancias: cuando nuestro hijo se ha convertido en adicto al porno y aprovecha cualquier momento para consumir llegando incluso a volverse ermitaño de su habitación, o cuando nuestra hija comienza a salir con un chico que es adicto al porno y que no se dirige a ella de la manera que nos gustaría. No sé qué pensará el lector, pero prefiero educar a mis hijos al margen de este submundo, en la virtud del control de sus impulsos sexuales, en el motivo por el que un acto sexual es algo sagrado que debe estar envuelto de amor; y, desde luego, deseo que mi hija no ponga sus ojos en un consumidor de porno.

Ver porno es un vicio silencioso pero el problema aflora cuando quieren convertir la ficción del porno en experiencia rea y piden a su novia fotos y vídeos desnudas.

Ver porno es un vicio silencioso pero el problema aflora cuando quieren convertir la ficción del porno en experiencia real. En ese momento, piden a su novia fotos y vídeos desnudas y teniendo en cuenta que las consideran dos patas andantes, no dudarán en enviar la foto o el video a quién sea. Ellas por su parte, criadas bajo una educación sexualizada de su cuerpo, no dudarán en enviarlas tras la petición de su novio alimentando así la adición y el vicio de su novio. ¿Por qué alguien que quiere a una chica podría pedirle que hiciera algo así? ¿es eso amor?

Es nuestro deber como padres alzar la voz ante esta realidad. Primero, replanteándonos nuestras propias adicciones y en segundo lugar impidiendo que desde pequeños tengan acceso a la pornografía y explicando esta prohibición.

¿De verdad que queremos que nuestros hijos se inicien en la educación sexual tocándose sus genitales? ¿O preferimos que se inicien desde la comprensión del amor?

Muchos padres me cuentan que han visto series como La que se avecina delante de sus hijos preadolescentes, o que han visto junto a sus hijos pequeños películas con escenas de sexo. No es que esos padres quieran el mal para sus hijos, es simplemente que esos padres no se han llegado a plantear las consecuencias que tendrá para sus hijos el banalizar el sexo. Esto influirá en su vida personal más de lo que imaginan, porque cosificarán a su novia o después a su mujer e incluso la infravalorarán porque la realidad es que las mujeres que aparecen en dichas escenas suelen no envejecer como sí lo hacemos el resto de mortales.

Seamos cuidadosos con lo que vemos en casa, expliquemos a nuestros hijos preadolescentes y adolescentes lo que supondrá para sus cabezas consumir contenido pornográfico, y estemos atentos a los libros que leen, canciones que escuchan y películas que ven. Asimismo, estemos atentos a la educación afectivo sexual que reciben en los colegios. En pocos años hemos pasado del «no te toques que es malo» al «tócate que es bueno». Y en ambas explicaciones han dejado olvidada la nota fundamental de todo acto sexual: el amor. No podemos educar sexualmente a nuestros hijos como si de una especie de animal salvaje se tratara. Y no debemos consentirlo porque, querido lector, de ello dependerá en gran medida el éxito familiar y personal de nuestros hijos.

  • Miriam García es magistrada, madre de tres hijos y máster en orientación familiar