Soy jueza y este es el típico caso de violencia sexual contra las adolescentes que ocultan las feministas
La magistrada Miriam García narra un reciente caso de maltrato a una chica de 15 años parte de su novio de 20, y alerta sobre la creciente desprotección moral y afectiva de los adolescentes
Casi el 41% de las adolescentes mantienen relaciones sin su consentimiento por miedo a ser abandonadas
«Buenas noches, Señoría. Le llamamos del cuartel de Guardia Civil para comunicarle que hemos detenido a Alexander, un ciudadano español de 20 años que ha golpeado a su novia, Silvia, de 15 años. Ahora mismo ella está en el hospital».
Cuando un juez de guardia recibe una llamada como ésta sabe que al día siguiente va a tener que enfrentarse no sólo a un caso jurídico –debe decidir si deja al detenido en libertad o no, y se le impone una orden de alejamiento–, sino también a un caso humano donde todo tiene su origen, su nudo y desenlace. Cuando los medios nos informan de asuntos relacionados con la violencia contra la mujer, o con cualquier otro tipo de violencia, las informaciones que nos descubren son tan asépticas que parecen irreales. Tan irreales que nos impiden saber cómo está la sociedad, qué está pasando o por qué pese a existir más leyes que nunca para proteger a la mujer, está más desprotegida que nunca.
A las 9:00 comienzo tomando en declaración a Silvia. Ella es menor de edad y por ese motivo declara delante de sus padres. Tiene la cara y la nariz hinchadas y el cuerpo magullado.
–Llevo saliendo con Alexander un año más o menos. Bueno, en este año hemos roto y hemos vuelto y ahora mismo no estábamos juntos.
–Silvia, cuéntame qué te ha pasado en la cara –le pregunto.
–Ayer Alexander me recogió en casa con su coche. Fuimos al súper a comprar algo para merendar y después, como hacemos casi siempre, nos fuimos en coche a un camino. Estábamos hablando sentados en los asientos y entonces Alexander me pidió mi teléfono. Yo se lo dejé, abrí la puerta del coche y salí corriendo porque sabía que se iba a enfadar. Me siguió con el coche, me alcanzó enseguida, se bajó y me pegó. Afortunadamente, pasó una mujer que me recogió y me llevó a casa.
Cuarenta minutos más tarde declara Alexander. Leídos sus derechos como detenido, comienza diciéndome:
–Estoy muy arrepentido de lo sucedido. No sé qué me pasó. Silvia y yo llevamos un año juntos y mis amigos me dicen que mientras está conmigo se está viendo con otro. Ayer, como todos los días, la recogí con mi coche. Siempre nos vamos a tener relaciones sexuales a un camino apartado. Cuando mis padres no están, tenemos sexo en mi casa; y cuando están nos vamos al camino. Ayer, antes de empezar, quise saber si era verdad que se estaba viendo con otro y ella me dijo que no tenía que darme explicaciones. Entonces le pedí su móvil y vi que también estaba teniendo sexo con otro. Me volví loco, le pegué y… Me arrepiento de todo.
Alexander sale de la sala y yo me quedo en la soledad de mi despacho a tomar la decisión que legalmente corresponde tomar. No cabe duda que Silvia saldrá de mi juzgado con una orden de alejamiento a su favor. Es lo menos que puedo hacer para proteger su integridad física. Por desgracia, mi autoridad no puede llegar más allá. Mientras reflexiono y escribo, oigo un gran alboroto en los pasillos del juzgado. Como el ruido no cesaba, me asomo y veo al padre de Silvia, Alberto, sujetado por el agente de seguridad del juzgado –el señor Porto– para evitar que golpee a Alexander. Lo que no puede evitar es que lo insulte y maldiga con todo tipo de improperios.
Una vez se tranquiliza, le hago pasar a a mi despacho. Le acompaña Susana, su mujer. Dejo que ellos hablen:
–Estamos muy indignados. Le ha pegado una paliza a nuestra hija y la podía haber matado.
–Ustedes, ¿sabían de la existencia de esta relación?
–Sí, claro. Lo que no sabíamos era que Alexander era un maltratador.
–¿También sabían que tenían relaciones sexuales?
No cabe duda de que la pregunta es incómoda, pero me veo obligada a hacerla para intentar entender a los padres de hoy y saber si el episodio que he relatado es algo puntual, propio de la rebeldía adolescente, o es más bien un problema estructural del sistema educativo y cultural que nos envuelve.
Desde la llamada revolución sexual (1968) se ha instalado en la conciencia de muchas mujeres el lema de con mi cuerpo hago lo que quiero. Es una idea que evoca libertad e igualdad. Sin embargo, este programa tan progresista contrasta con el siguiente dato: el 40,9 % de las chicas de 14 a 16 años experimentó sexo no deseado, accediendo a él por temor a que sus novios las dejasen (Archives of Pediatric and Adolescent Medine, 160,2006, pp.591-595). No sé si estos datos muestran que hemos avanzado en derechos.
Sin embargo, lo que más me sorprende aún es que muchos padres hayan dejado de educar a sus hijas en este aspecto y hayan normalizado que su hija, con 15 años, mantenga relaciones sexuales con su novio o medio novio de 20 años, y al mismo tiempo con un tercero que también puede tener el calificativo de medio novio.
Me sorprende que muchos padres hayan normalizado que su hija de 15 años mantenga relaciones sexuales con su medio novio de 20 años, y al mismo tiempo con un tercero
Me sorprende que los padres no reparen en que, si no educan en este campo sus hijas, se juegan no sólo un embarazo no deseado, o en caso de Silvia algo peor, sino que además inculcan una concepción equivocada de las relaciones afectivo-sexuales y por lo tanto, sientan las bases para un pésimo matrimonio y una vida difícil de soportar.
Silvia ha recibido una paliza, una paliza que cicatrizará en un tiempo. Probablemente en un mes sus lesiones físicas hayan desaparecido. No obstante, tiene otra paliza peor. Esta no se puede ver a simple vista y, sin embargo, le acompañará toda su vida. Silvia, como la mayoría de las chicas de su edad, han crecido viendo en la televisión y en internet programas y series con un fuerte contenido sexual. Donde lo habitual, en el 100 % de los casos, es que las chicas de su edad mantengan relaciones sexuales.
Han crecido en una sociedad donde observan a las cantantes o estrellas mostrándose apetecibles; han crecido con canciones cuyas letras les invitan a tener relaciones sexuales (véase la canción de Soltera de Shakira: «Me puse poca ropa pa mostrar la piel. La Abeja reina está botando miel»). Con todos estos ingredientes entrando por sus sentidos, se lanzan a experimentar qué será eso del sexo. Silvia sin duda salió mal parada y, como víctima de una agresión física, pasó por el juzgado. Existen, no obstante, millones de chicas, con secuelas afectivas como las de Silvia, que no pasan por el juzgado. Porque eso no es delito.
Los padres no pueden confiar en que alguien ponga freno a todo esto, ni siquiera los colegios. No lo esperen porque no va a suceder, pues la educación sexual, desde hace décadas, se limita a decirle a nuestras hijas que no tengan sexo sin preservativos.
Sin embargo, no todo está perdido. Podemos empezar a liderar una auténtica revolución cultural donde se boicotee este tipo de mensajes y donde volvamos a decirles a nuestras hijas que su cuerpo es sagrado y valioso, y que como sagrado y valioso no se puede ofrecer al primer postor que se lo robe sin acreditar amor y entrega por ellas. Porque en este caso el juez no le puede devolver eso tan sagrado y valioso que ha perdido para siempre.
Ahora les voy a dar una buena noticia. Esa revolución cultural de la que hablo no necesita de grandes medios, no necesita de grandes inversiones ni grandes escenarios. Sólo necesita de una cosa: que nosotros, los padres, les digamos en casa lo que está bien y lo que está mal.
Si queremos que nuestras hijas no tengan relaciones sexuales demasiado pronto, necesitamos sentarnos con ellas y explicarles por qué no deben tenerlo. Es nuestra obligación como padres. Debemos luchar por la inocencia de nuestras hijas, por marcarles el sendero para que descubran que no necesitan tener sexo para que un chico luche por ellas.
Como magistrada que casi a diario recibe en su despacho chicas como Silvia, no entiendo cómo las feministas que nos rodean y ocupan puestos de gobierno en nuestro país, no descienden a la realidad, no visitan cualquier juzgado de España para empaparse de lo que realmente está sucediendo. Mi abuela, hace 70 años, estaba más protegida que Silvia contra las conductas machistas. Mi abuela sabía perfectamente que dar lo más valioso de ella a un hombre sin mérito no sólo la iba a desprestigiar (algo que hoy día ni se menciona), sino que supondría perder algo imposible de recuperar: su inocencia, en definitiva, su feminidad.
Alberto y Susana han llegado tarde, igual que muchos de los padres que pasan por mi juzgado. Me pregunto si entre todos los millones de euros que nuestro país dedica al año a la lucha contra el machismo (179,8 millones de euros en el año 2025 según el Ministerio de Igualdad), existe en el presupuesto alguna partida donde se enseñe a nuestras hijas algo tan simple, tan arcaico pero tan protector hacia nuestras hijas como «hazte respetar y te respetarán».
¡Señoras que abrazan pancartas feministas! Entren en nuestros juzgados, vean en lo que nos estamos convirtiendo las mujeres
Me declaro feminista pero de esas que creen que su cuerpo es sagrado, de las que creen que para penetrar en él hace falta mucho más que un chico cualquiera se cuele dentro; y feminista de las que con pena recibe en su despacho a muchas chicas a las que intenta ayudar haciendo hincapié en su dignidad, pero sabiendo que, cuando salgan por la puerta, volverán a consumir toda la basura televisiva e instagrámica que las educa para ser apetecibles para cualquier varón.
¡Señoras que abrazan pancartas feministas! Entren en nuestros juzgados, vean en lo que nos estamos convirtiendo las mujeres y, además de vetar los anuncios donde salen chicas exuberantes enseñando parte de su cuerpo, entren a censurar la mayoría de los programas que consumen nuestros jóvenes, programas donde ser parte de una relación tóxica le hace especial a la chica.
Miriam García es magistrada, madre de tres hijos y máster en orientación familiar.