Fundado en 1910
Carla Restoy

El diablo se viste de mujer-no-madre

La piedra angular no serán esas mujeres –vendidas, engañadas o trepas– que intentan poner alma a sus trabajos o a sus mascotas, porque su vida es demasiado insustancial como para comprender que son un diamante en bruto

«La piedra que han desechado los arquitectos es ahora la piedra angular». La piedra, el pilar que hoy se desecha, es la maternidad. Y, sin embargo, la maternidad sigue siendo la piedra angular de nuestra vida.

Vi el otro día El diablo se viste de Prada 2. La idea de mujer que ahí se propone –para sorpresa de nadie– es una mujer que encaja con la tecnocracia imperante. Una «mujer-no madre» cuya maternidad es algo supletorio e incompatible con su desarrollo y con su vida autorreferencial y narcisista.

Una profesional que congela «a sus pequeños» a esperas de que en su vida encaje un accesorio más. Eso sí, solo tiene sexo con hombres de su trabajo que no puedan ascenderle, por ética profesional; pero está dispuesta a tener un hijo sin sexo –ni padre– por satisfacer su deseo de tener compañía cuando vea que está sola.

Aparece también una madre divorciada, cuyos hijos son un complemento que incordia por videollamada en sus momentos de paz y self-care en una suite de un hotel de lujo. Y, por supuesto, una directora de moda cuya labor profesional se ha comido a la madre de dos gemelas que es.

La piedra angular no serán esas mujeres engañadas por un canto de sirena que viste de Dior, que viven planificando su próximo viaje a un lugar de lujo silencioso, y que trabajan para poder costearse una vida a la moda que no pase de moda. No serán esas mujeres –vendidas, engañadas o trepas– que intentan poner alma a sus trabajos o a sus mascotas, porque su vida es demasiado insustancial como para comprender que son un diamante en bruto.

La piedra angular son y siguen siendo esas mujeres que han sabido integrar la verdad que su cuerpo y su psique les reclama –antes de la comedura de coco, me refiero–.

Aquellas que han comprendido que su verdad pasa por no amputar su superpoder, que no es otro que, por puro don, engendrar, custodiar y dar a luz a un ser humano único e irrepetible. Un ser humano que –en palabras de María Calvo– es capaz de renovar para siempre la faz de la Tierra, y –me atrevo a decir– a hacer nueva, también, toda la eternidad.

Quizá por eso el mundo rechaza la maternidad. Detestamos nuestras vidas por intentar que encajen en este mundo moderno y no le vemos sentido a ofrecernos en sacrificio en pro de una nueva generación.

Todo ello, porque no nos creemos –por muchas comodidades que tengamos– que merece la pena vivir y dar la vida a un mortal.

El día de la madre que acabamos de celebrar es en realidad el día de la mujer, porque mujer y maternidad no se pueden separar. No por el ejercicio mismo de la maternidad –tener hijos es un don–, sino por aquellas que no han accedido a amputar el deseo de la fecundidad materna.

Así que gracias, mujeres-madres, por ser la piedra angular que desechan los arquitectos malthuisanos de este mundo.

  • Carla Restoy es influencer experta en mujer y maternidad