La experta en fertilidad integrativa Patricia Bartolomé
Experta en fertilidad integrativa
Patricia Bartolomé: «El problema no es querer ser madre, sino que toda tu vida dependa de conseguirlo»
La experta en fertilidad integrativa Patricia Bartolomé explica por qué muchas mujeres viven la búsqueda del hijo con una ansiedad tan grande que incluso les impide concebir, y cuál es el papel del cónyuge en este proceso
Patricia Bartolomé habla de fertilidad desde su experiencia profesional como experta en fertilidad integrativa, pero también desde su propia vivencia personal, no exenta de heridas.
Ingeniera de telecomunicaciones, investigadora del funcionamiento humano y autora de Las leyes de la fertilidad, Bartolomé ha desarrollado un método propio tras atravesar varias pérdidas gestacionales, un embarazo ectópico y años de búsqueda antes de ser madre.
En sus canales digitales se presenta bajo el lema «Creando nuevas vidas. Tú puedes cambiar el resultado» y reúne una comunidad centrada en fertilidad, salud emocional y acompañamiento integrativo, que suma miles de seguidores.
En esta entrevista para El Debate, Bartolomé desmonta algunas de las frases que más daño hacen a las mujeres que buscan un embarazo y reclama mirar la fertilidad como una experiencia de pareja, pero no idéntica para ambos. «No se trata de decidir quién sufre más. Se trata de entender que no sufren de la misma manera», advierte.
– Usted suele decir que hoy se repite con tanta frecuencia que el estrés influye en la fertilidad que muchas mujeres lo viven casi como una acusación, que genera aún más tensión. ¿Cómo se debería abordar la infertilidad temporal, especialmente en la pareja, sin añadir más culpa?
–En primer lugar, yo evitaría la expresión «infertilidad temporal» como si describiera una fase pasajera que terminará con un embarazo. Puede hablarse de dificultad para concebir, tiempo de búsqueda o infertilidad cuando exista una valoración clínica, pero conviene no anticipar el desenlace, porque el desenlace realmente nadie lo conoce, y sólo hablamos de probabilidades. Así que el abordaje debe empezar por una idea: no hay culpables.
–¿A qué se refiere?
–A que la dificultad reproductiva es una situación de la pareja y la evaluación ha de contemplar a ambos miembros de forma paralela. Pero no como se hace actualmente, no hablando de «una carga invisible» en la mujer. Hay una carga visible y corporal en las mujeres en este tema, y por supuesto una carga mental mayor porque todo este proceso ocurre en su cuerpo. Pero el primer paso es dejar de buscar culpables y empezar a comprender experiencias diferentes.
La infertilidad afecta a la pareja, pero no se vive igual desde el cuerpo de un hombre que desde el cuerpo de una mujer
La infertilidad afecta a la pareja, pero no se vive igual desde el cuerpo de un hombre que desde el cuerpo de una mujer. Y reconocer esa diferencia no resta importancia al sufrimiento masculino; al contrario, permite atender mejor las necesidades de cada uno.
–¿Y cuáles son las experiencias más comunes, desde esa diferencia, que atraviesan las mujeres y los hombres?
–La mujer suele cargar con una parte que muchas veces pasa desapercibida. No sólo porque sobre ella recaigan la mayoría de las pruebas y tratamientos, sino porque vive el proceso dentro de su propio cuerpo: cada menstruación, cada ovulación, cada espera, cada tratamiento hormonal, cada aborto o cada beta forman parte de una experiencia física que no puede delegar. A eso se suma la carga mental de organizar citas, controlar el ciclo, buscar información y sostener emocionalmente a la pareja y al entorno.
Por eso, si tratamos a ambos como si vivieran exactamente lo mismo, corremos el riesgo de no comprender lo que realmente necesita cada uno. La igualdad no consiste en decir que la experiencia es idéntica, sino en reconocer las diferencias para poder acompañarlas mejor.
Por eso, para no añadir más culpa, la pareja necesita pasar del «qué estás haciendo mal» al «qué necesitamos y qué podemos hacer juntos». Y eso significa repartir tareas, acudir a las consultas cuando sea posible, tomar las decisiones de forma compartida y reconocer que cada miembro puede procesar el dolor de manera distinta.
–¿Por ejemplo?
–Por ejemplo, uno puede necesitar hablar constantemente y otro necesitar más silencio; y la diferencia no es falta de amor, pero sí exige comunicación. Como digo, la mujer no sólo soporta una mayor carga mental. Soporta una carga corporal. Su cuerpo participa en el proceso cada día, aunque ella quiera descansar de él. Un hombre puede dejar de pensar unas horas en el embarazo. Una mujer muchas veces no puede dejar de sentirlo, porque su propio cuerpo se lo recuerda constantemente.
Patricia Bartolomé
Y no se trata de decidir quién sufre más. Se trata de entender que no sufren de la misma manera. Por eso recomiendo acordar espacios para hablar de fertilidad y espacios «protegidos» en los que la relación no gire alrededor de ella.
–¿Por qué?
–Porque cuando todas las conversaciones terminan en pruebas, calendarios o tratamientos, la pareja deja de ser pareja y se convierte en un equipo médico agotado. Hay que preservar el afecto, la sexualidad que no tiene como único objetivo concebir, el humor y los proyectos comunes.
Y, si aparecen discusiones recurrentes, aislamiento, pérdida completa del deseo, ansiedad intensa o incapacidad para tomar decisiones, pedir apoyo psicológico especializado no significa que la relación esté fallando. Significa que la pareja está afrontando una experiencia muy exigente y decide dotarse de mejores herramientas.
– Usted afirma que el cuerpo puede vivir instalado en «modo supervivencia» y esto afecta a la fertilidad. ¿Cómo se reconoce eso en una mujer que aparentemente sigue trabajando, sonriendo y haciendo vida normal?
–Nuestro organismo alterna entre un «modo supervivencia», diseñado para responder a amenazas y situaciones de alerta, y un «modo recuperación», en el que puede dedicar recursos a funciones fundamentales para mantener el equilibrio del cuerpo, como el descanso, la reparación de los tejidos, la regulación hormonal o la reproducción. Sin embargo, muchas mujeres que afrontan problemas de fertilidad pasan meses, e incluso años, inmersas en un estado continuo de preocupación, vigilancia e incertidumbre.
Una persona puede ser perfectamente funcional por fuera y vivir en alerta por dentro. Puede trabajar, sonreír, cuidar de los demás y cumplir con todo, mientras su mente no deja de anticipar el siguiente negativo.
Y esto es especialmente grave porque no se ve; a veces se disimula bien mientras las secuelas van siendo cada vez más profundas. Se reconoce en patrones como despertarse pensando en el embarazo, revisar continuamente el calendario, interpretar cada sensación corporal, buscar información durante horas, compararse con otras mujeres, sentir ansiedad ante anuncios de embarazo o posponer viajes, compras y proyectos «por si este mes sí».
– ¿Y hay otras señales?
– También puede aparecer irritabilidad, dificultad para concentrarse, cansancio persistente, tensión muscular, sueño poco reparador, menor deseo sexual o una necesidad creciente de control. Para mí, la señal más clara no es un síntoma aislado, sino la sensación de que la vida entera se ha organizado alrededor de la búsqueda y ya no se disfruta de la vida. Cuando ya no hay descanso mental, cuando todo se interpreta en clave reproductiva y cuando la persona siente que no puede disfrutar hasta conseguir el embarazo, es el momento de intervenir, no porque esa sea necesariamente la causa de la infertilidad, sino porque ese nivel de sufrimiento merece atención por sí mismo.
Este es realmente mi trabajo hoy en día. Más que «conseguir embarazos» es vivir vidas plenas y estar en las mejores condiciones para que el embarazo tenga más probabilidades de ocurrir.
–Ha creado un programa llamado «Si te relajas, te quedas», esa típica frase que se dice a las embarazadas. Pero matiza que relajarse no es simplemente irse unos días a la playa...
–Cambiar de lugar no siempre cambia el estado interno. El sistema nervioso no tiene un botón que se apague al llegar a la playa. Una mujer puede cerrar el ordenador, tumbarse al sol y seguir calculando la ovulación, repasando resultados, interpretando síntomas o imaginando cómo afrontará otra menstruación. Ha desaparecido temporalmente el estrés del trabajo, pero la preocupación que más pesa ha viajado con ella. Por eso el programa «Si te relajas, te quedas» dura 21 días y combina distintas herramientas, que trabajan todas ellas en lo que ocurre dentro de la persona, no fuera, porque sus pensamientos y emociones no se toman vacaciones ni se relajan por estar en el mar o la montaña, aunque la naturaleza siempre ayuda y también es importante esa parte. El objetivo, como digo, no es dejar la mente en blanco ni conseguir que la mujer se olvide de que quiere ser madre. Es enseñarle a no dejarse arrastrar por cada pensamiento, a dormir mejor, a detectar la hiperalerta y a recuperar espacios de vida que no dependan de un resultado.
Las vacaciones pueden ser una ayuda estupenda, pero no deben convertirse en otra prueba que la mujer tenga que superar: «me voy a relajar y entonces me quedaré». La verdadera relajación no consiste en huir de la realidad, sino en poder estar dentro de ella con menos miedo, menos control y más recursos.
Patricia Bartolomé, experta en fertilidad integrativa
Lo peor es que hay mujeres que llevan tanto tiempo viviendo así que creen que eso es estar bien, que es normal en el estado en el que están.
– ¿Y qué papel juega el marido en esta situación? Porque el padre no es un ‘atrezzo’…
–La pareja no es un simple espectador: está viviendo también el proceso, aunque la mujer soporte la mayor carga física. Su papel principal no es solucionar lo que ocurre, sino estar disponible de una manera concreta, estable y corresponsable.
Lo primero es escuchar antes de responder. Es mucho más útil preguntar: «Cómo te sientes tú, ¿necesitas que te escuche o que puedo hacer para ayudarte?». También ayuda reconocer la realidad sin dramatizarla: «Entiendo que hoy te duela», «no tienes que estar bien conmigo» o «no sé cómo arreglarlo, pero no vas a vivirlo sola, estoy contigo en esto».
La presencia también se demuestra en lo práctico: acudir a consultas, conocer las pruebas y los tiempos, compartir la gestión de citas y medicación, proteger a la pareja de preguntas familiares invasivas y asumir que el estudio de fertilidad corresponde a ambos. No basta con decir «lo que tú decidas» si toda la responsabilidad de decidir recae finalmente en ella.
–¿Hay algo que pueda hacer el varón que marque la diferencia, de forma positiva?
–Sobre todo, cuando se entiende que ella necesita una ayuda extra, entender y facilitar, no minimizar el sufrimiento. Los mejores resultados los he visto en parejas que dicen «no lo vivo igual que tú, pero quiero que tú estés lo mejor posible, y si para ti es importante hacer X, hazlo».
Cuando las relaciones íntimas quedan reducidas a días fértiles, horarios y rendimiento, pueden aparecer presión, pérdida de deseo o distancia emocional
La pareja necesita seguir teniendo intimidad, proyectos y ternura. Cuando las relaciones sexuales quedan reducidas a días fértiles, horarios y rendimiento, pueden aparecer presión, pérdida de deseo o distancia emocional. Recuperar el contacto sin objetivo reproductivo es una forma de recordar que el vínculo es más grande que el proceso.
Y algo importante: acompañar no significa fingir fortaleza permanente. La pareja también puede sentir miedo, duelo o impotencia. Expresarlo con cuidado no añade una carga; puede evitar que ambos sufran en paralelo y en silencio.
Muchos hombres intentan ser fuertes. Pero esa fortaleza mal entendida hace que la mujer se sienta sola.
–¿Y el entorno? ¿Qué frases habría que dejar de decir a una mujer que no consigue quedarse embarazada?
–Hay frases o palabras que deberíamos dejar de decir como por ejemplo «relájate», «cuando dejes de pensarlo llegará», «eres joven, tienes tiempo», «adoptad, conozco a una que se quedó después de adoptar», «todo ocurre por algo», «seguro que es porque trabajas demasiado», «¿habéis probado este suplemento?», «se está muy bien sin hijos, aprovechad y vivid la vida».
Estas frases suelen nacer de la buena intención, pero hacen tres cosas: simplifican, comparan e invaden. La historia de otra mujer no predice lo que va a ocurrir en esta. Tener menos edad no elimina el dolor, ni garantiza un embarazo. Y atribuirlo todo al trabajo, al carácter o a la obsesión vuelve a colocar peso sobre quien ya está sufriendo.
También conviene evitar la positividad obligatoria: «tienes que confiar», «visualízalo» o «no atraigas cosas negativas». Una mujer puede estar triste, enfadada o asustada y seguir haciendo todo lo que está en su mano. Las emociones no son castigos ni órdenes que el cuerpo obedece de forma literal.
–¿Y qué podemos decir entonces?
–Por ejemplo, «Siento que estés pasando por esto», «si quieres hablar, te escucho», «no tienes que explicarme nada que no quieras», «¿cómo puedo ayudarte?», «¿quieres hablar o prefieres distraerte?» o «estoy aquí, también si hoy no tienes fuerzas». Y, sobre todo, respetar el silencio. Acompañar no consiste en encontrar la frase perfecta, sino en no obligar a la mujer a proteger al entorno de su propio dolor.
–Dice que muchas mujeres hacen «de todo» por quedarse embarazadas: «palo santo», videntes, posturas raras… ¿Qué es lo más común, y lo más dañino, que se encuentra entre las mujeres que acuden a usted?
–Lo más común no es el palo santo, la postura o el ritual concreto. Lo más común es la desesperación. Cuando una persona tiene miedo hace exactamente lo que hacemos cualquiera: recuperar el control sobre la situación.
Lo verdaderamente dañino aparece cuando alguien se aprovecha de esa vulnerabilidad y promete un embarazo si la mujer compra un producto, elimina determinados alimentos o sigue un ritual al pie de la letra. También es peligroso retrasar una valoración médica, abandonar un tratamiento indicado o combinar suplementos y preparados sin supervisión profesional.
El enfoque integrativo que defiendo no consiste en sustituir la medicina por prácticas alternativas. Consiste en integrar el diagnóstico y el tratamiento médico con el descanso, la alimentación, el movimiento, la regulación mental y emocional, la relación de pareja y el acompañamiento integral teniendo en cuenta todo lo que influye en el ser humano.
– Por último, ¿Qué es lo que yo no he preguntado y cree importante decir en esta cuestión?
–Diría dos cosas. La primera es que el bienestar emocional no puede presentarse como un lujo que se ofrece después de varios fracasos. Debería cuidarse desde el principio. La evidencia más consistente de las intervenciones psicológicas no es una promesa de embarazo, sino la reducción de ansiedad, depresión y estrés, una mejor capacidad para tomar decisiones y una menor sensación de aislamiento.
Y la segunda es que la vida no puede quedar completamente en pausa hasta que llegue un embarazo. Yo lo aprendí desde mi propia experiencia, después de cuatro pérdidas gestacionales antes de conseguir ser madre. Querer un hijo puede convivir con seguir viviendo, disfrutando, cuidando la pareja y desarrollando otros proyectos.
La vida no puede quedar completamente en pausa hasta que llegue un embarazo. Yo lo aprendí desde mi propia experiencia, después de cuatro pérdidas gestacionales antes de conseguir ser madre
El problema no es querer ser madre. El problema es que toda tu vida y tu felicidad dependa de conseguirlo.
No tienes que vivir este proceso en un estado permanente de miedo, ni sola. Podemos investigar las causas, elegir las opciones adecuadas y, al mismo tiempo, enseñar al cuerpo y a la mente a salir de un estado de hiperalerta. El embarazo no puede garantizarse. Una forma más acompañada, informada y amable de recorrer el camino, sí.
En ingeniería, cuando un sistema falla, no se cambia una pieza al azar. Se intenta entender cómo interactúan todas. Hoy hago exactamente lo mismo con la fertilidad.