La doctora Cristina López del Burgo
Doctora López del Burgo: «La infertilidad no es fácil, pero se puede llegar a tener una vida plena y fecunda»
La doctora López del Burgo no sólo es investigadora de cuestiones sobre fecundidad y acompañante de parejas que no pueden concebir, sino que ha vivido en primera persona el diagnóstico de infertilidad. Un recorrido clínico y vital que ha plasmado en El camino de la infertilidad (Alienta Editorial)
Según un reciente estudio de la Organización Mundial de la Salud, una de cada seis personas en el mundo sufrirá problemas de infertilidad a lo largo de su vida. Una media que aplica en idénticos términos para España. Con el añadido de que, en nuestro país, la tasa de natalidad sigue estancada en el 1’1 de hijos por mujer en edad fértil (muy lejos del 2’1 que implica la tasa de reposición generacional), y la media de edad para tener hijos no deja de subir: si en 1975, la edad media de las madres primerizas era de 25 años, hoy estamos en los treinta y cinco.
Para acompañar a las parejas que recorren el doloroso viaje de no poder tener hijos, la doctora Cristina López del Burgo, especialista en Medicina Familiar e investigadora en cuestiones de fertilidad y fecundidad, ha publicado El camino de la infertilidad (Alienta Editorial). Una guía en la que muestra –desde su experiencia clínica y su propia vivencia personal– que, lejos de estar abocados a propuestas artificiales y éticamente reprobables, es posible vivir la fecundidad sin tener hijos. ¿Cómo? Lo explica en esta entrevista publicada en La Antorcha, la revista gratuita que edita la ACdP.
–Hoy existe la percepción de que hay más dificultades que hace décadas para concebir, y que más personas recurren a la fecundación artificial. Como investigadora en ámbitos de fertilidad, ¿son ciertas estas premisas?
–Siempre ha habido parejas con dificultades para concebir. Lo que ocurre ahora es que se habla más abiertamente del tema y las parejas consultan con más frecuencia al médico. Es cierto que hoy se pospone la paternidad por múltiples motivos, y el problema es que con la edad va disminuyendo la probabilidad de conseguir un embarazo, tanto de manera natural como incluso por reproducción asistida. En la mujer, la fertilidad empieza a decaer a partir de los treinta años y en el varón algo más tarde, aunque en ellos el descenso no es tan acusado. Y por otra parte, el estilo de vida actual, con estrés crónico, falta de sueño, sedentarismo, consumo de alcohol y otras drogas o dietas poco saludables, también afecta a la fertilidad.
–Cuando llega el diagnóstico de la infertilidad, ¿Cómo afecta a un matrimonio?
–La infertilidad supone una auténtica crisis vital, que te afecta en todos los ámbitos: personal, de pareja, social y laboral. El sentimiento de culpa ante un diagnóstico, las incomprensiones y comentarios del entorno, las decepciones ante el fracaso de los tratamientos, los reproches ante lo que hace o deja de hacer el otro, etc. pueden desgastar mucho, y, si no se habla abiertamente, puede deteriorarse la vida de pareja. También la forma de vivir la sexualidad se ve especialmente afectada.
La infertilidad supone una auténtica crisis vital, que te afecta en todos los ámbitos: personal, de pareja, social y laboral
–¿De qué manera?
–Por ejemplo, esa «obligatoriedad» de tener relaciones sexuales durante el periodo fértil puede hacer que el hombre se sienta como un donante de esperma en lugar de un verdadero amante, o que la mujer las viva como un fracaso si no ocurre el embarazo y se afecte su autoestima. Si a eso le unimos el estrés de las pruebas y los altibajos emocionales de los tratamientos, es habitual que disminuya el deseo sexual y aparezcan dificultades para tener relaciones.
–¿Y afecta del mismo modo a los varones que a las mujeres?
–La vivencia de la infertilidad es muy personal. En general, las mujeres suelen vivir más intensamente todo el proceso, porque son ellas las que experimentan físicamente los tratamientos de fertilidad y sus fallos. Mientras que los varones suelen tener una actitud más pragmática, orientada a resolver el problema. Y, aunque tienden a no manifestar sus emociones, también sufren ante la infertilidad. Por eso es importante que los dos hablen sin miedo sobre cómo se sienten, porque si no, se puede malinterpretar lo que hace o deja de hacer el otro e ir levantando un muro entre los dos.
–¿Cuáles son las principales alternativas que se les ofrecen a las parejas que no pueden tener hijos de forma natural?
–Las opciones son diversas. Aparte de las técnicas de reproducción asistida, está la medicina restaurativa de la fertilidad, entre la que se encuentra la naprotecnología, que trata de buscar todas las posibles causas que están afectando la fertilidad para intentar solucionarlas, y que la pareja consiga el embarazo de manera natural. También está la adopción o la acogida. Y por supuesto, la opción de vivir sin hijos, que es otro de los caminos que eligen las parejas. Es importante recordar que no todos estamos llamados a la adopción, ni tampoco tenemos la obligación de someternos a todos los tratamientos disponibles.
No todos estamos llamados a la adopción, ni tampoco tenemos la obligación de someternos a todos los tratamientos disponibles
–Una distinción que hace en el libro es entre la infertilidad primaria y la infertilidad secundaria. ¿En qué consiste esa diferencia?
–La infertilidad primaria se refiere a los casos en los que nunca se ha conseguido tener hijos. La secundaria es la que aparece después de haber tenido uno o más hijos, y también provoca mucho sufrimiento. Por ejemplo, a estas parejas les suelen decir: «No os quejéis, al menos ya tenéis un hijo», o «¿Para qué queréis otro?». Y esos comentarios lo único que hacen es invalidar su dolor, así que es más complicado que transiten el duelo ante ese hijo que no llega.
–¿Qué repercusiones tiene para los esposos, y para la vida del propio niño concebido, el hecho de que el matrimonio se someta a un tratamiento de fecundación artificial?
Según la evidencia científica, los tratamientos de reproducción asistida tienen efectos secundarios, algunos de ellos graves. También hay mayor riesgo de complicaciones durante el embarazo. Por otra parte, los niños tienen un mayor riesgo de desarrollar ciertas enfermedades a lo largo de su desarrollo.
–Y al revés, el hecho de descubrir y aceptar la infertilidad, ¿supone algo positivo para el matrimonio?
–¡Claro! Las parejas que son capaces de afrontar juntos las dificultades suelen experimentar un reforzamiento de su vínculo. Porque las crisis nos hacen sufrir, pero también nos hacen crecer y madurar. Transitar el camino de la infertilidad no es fácil, pero se puede llegar a tener una vida plena y fecunda.
Cualquier persona, esté o no casada, tenga o no tenga hijos, está llamada al amor, y el amor siempre da fruto
–La gran premisa del libro es que es posible ser fecundo aunque no se tengan hijos. ¿De qué modo se concreta esto?
–Cualquier persona, esté o no casada, tenga o no tenga hijos, está llamada al amor, y el amor siempre da fruto. Las formas de amar son infinitas: desde sonreír a quien tenemos al lado, quedar con esa amiga que tiene un problema, escuchar a ese compañero de trabajo que nos pide consejo, hasta hacer voluntariado en nuestro barrio o montar una ONG para ayudar a los más necesitados. Cualquier cosa que sea salir de nosotros mismos, por muy pequeña que parezca, es una manera de amar y dar fruto.
–En el caso de los matrimonios en que se producen embarazos, pero nunca se llega a término, ¿pueden los esposos vivir esa paternidad de hijos que no llegan a nacer?
–En realidad, todos los niños nacen, vivos o muertos, pero nacen. Son dados a luz. Han existido y seguirán existiendo toda la eternidad. Esos padres siempre van a ser padres de ese hijo. El duelo por los hijos que mueren demasiado pronto es un proceso muy duro, y cada pareja lo transita a su manera. No se trata de olvidar lo que pasó, ni de dejar de nombrar a ese hijo. Al revés, se trata de tenerlo presente, de seguir amándolo. Como dice la psicóloga Eirene García, se trata de «maternar (y paternar) a esos hijos en el corazón».
–Sin embargo, la sociedad trata de convencernos de que los niños que no llegan a terminar su proceso de desarrollo gestacional no son seres humanos plenos. ¿Qué impacto tiene esta mentalidad abortista en los matrimonios que se enfrentan a esta situación?
–Sinceramente, creo que cada vez hay menos personas que realmente estén convencidas de esto. Incluso quienes recurren al aborto, por las circunstancias que sea, saben que son seres humanos. Si no lo fuesen, un aborto, ya sea espontáneo o provocado, no tendría ninguna consecuencia. Esos padres no tendrían que pasar por un proceso de duelo. Pero la experiencia, y los estudios científicos, nos dicen que sí, que ese duelo existe y que esas consecuencias son reales. Da igual las semanas de vida que tuviera ese hijo.
Incluso quienes recurren al aborto, por las circunstancias que sea, saben que son seres humanos
–Por último, ¿Qué es lo que no he preguntado y es importante decir?
–Que todos tenemos que aprender a acompañar mejor a las parejas que no pueden tener hijos, o cuyos hijos han muerto antes de tiempo, porque no se nos suele enseñar cómo acompañar el sufrimiento. Cuánto daño hace que te digan: «¡Qué bien vivís sin hijos!», «¿Y vosotros no os animáis?», ¿Por qué no adoptáis? ¿Por qué no vais a la fecundación in vitro?”, y tantos otros comentarios. Todos ellos se hacen desde el desconocimiento de qué supone la infertilidad. Por eso, el libro que he escrito está dirigido a cualquier persona, casada o soltera, con hijos o sin ellos. Y ¡ojalá ninguna pareja tenga que recorrer el camino de la infertilidad en soledad!