Fundado en 1910

Maduro cayó como un verdadero imbécil

Ni Rusia en Ucrania, ni los Estados Unidos en el Yemen, ni Israel en Gaza han sido capaces de resolver con medios exclusivamente militares tareas que hubieran parecido sencillas hace ocho décadas

Act. 05 ene. 2026 - 10:11

Nicolás Maduro posando ante las cámaras a su llegada a Nueva York

Nicolás Maduro posando ante las cámaras a su llegada a Nueva York

Maduro ha caído y, además, lo ha hecho como un verdadero imbécil. En ocasiones, un acto final de heroísmo redime ante la historia a líderes malvados o torpes. No es este el caso. Pocos entre los lectores de El Debate van a echar de menos a un hombre que no ha sabido destacar ni siquiera en la cada vez más competida escala del mal.

Si algún servicio a la humanidad puede haber prestado el chabacano heredero de Chávez es el de permitirnos reflexionar sobre su captura. ¿Es el final de una página de la historia de Venezuela? Eso todavía está por ver. Lo que sí podemos intuir, cuando los motores de las 150 aeronaves que participaron en la operación todavía están calientes, es que su encarcelamiento abre un nuevo capítulo en la historia de la humanidad.

El regreso del poder militar

Para empezar, la captura de Maduro ha sido una brillante demostración de eficacia militar. Sí, es verdad que el enemigo no era gran cosa. La defensa aérea de Venezuela, de origen ruso, era una mala copia de la de Irán, que ya sabemos para lo que sirvió. Sin embargo, para entender mejor la dificultad de la operación, ruego al lector que se ponga en la piel de Trump, el único responsable de lo que estaba a punto de ocurrir.

Recordando lo que le ocurrió a Carter tras el fracaso del rescate de los rehenes estadounidenses retenidos en la embajada en Teherán, el magnate no habría dado luz verde a sus generales si no le hubieran garantizado el éxito. Y esa garantía, que recibió del general Caine —su Jefe de Estado Mayor y el único que parecía capaz de expresarse correctamente en la conferencia de prensa en la que el Secretario de Defensa alabó al presidente y Trump se alabó a sí mismo— implica que su Ejército ha logrado convertir la brillantez en rutina por el único camino posible para hacerlo, el de un modelo de adiestramiento concienzudo y realista que debería inspirar a las Fuerzas Armadas de todo el mundo.

Como militar retirado, celebro el éxito de mis compañeros de profesión. Pero no hay que llevarlo demasiado lejos. Una noche de éxito, en parte propiciada por la soberbia de un Maduro que se creía impune —¿de verdad creía que podía dormir tranquilo en su propia cama?— y por la traición de alguno de sus allegados, no es suficiente para pasar de esa sensación de impotencia que la herramienta militar nos ha dejado en los últimos años a la de omnipotencia que hoy parece generalizarse en muchos sectores de la opinión pública.

No debiera el lector caer en ninguno de los dos extremos. Ni Rusia en Ucrania, ni los Estados Unidos en el Yemen, ni Israel en Gaza han sido capaces de resolver con medios exclusivamente militares tareas que hubieran parecido sencillas hace ocho décadas. La progresiva humanización de la guerra, aunque solo sea relativa —Gaza no le habría durado una semana a la Alemania nazi— ha convertido el martillo militar en algo diferente, más parecido a una navaja suiza. Una herramienta para crear oportunidades, más que algo definitivo por sí mismo. Y es ahí donde un Ejército bien preparado hace la diferencia. Putin quiso hacerle a Zelenski lo mismo que Trump a Maduro —quizá hubiera preferido asesinarlo, que además era mucho más sencillo— y fracasó en su empeño. España, como el resto de Europa, deberían estar tomando nota.

El final de los cuentos de hadas

La lógica alegría por la caída de Maduro no debería llevarnos a ver en Trump a nuestro salvador. Ni Venezuela es Clavijo ni el magnate es el apóstol Santiago que, según la tradición, guio a las tropas de Ramiro I de Asturias hacia la victoria contra los musulmanes en el ya lejano 844.

Para el presidente norteamericano, el narcotráfico solo es el Maine que él necesita para justificar el ataque a su vecino díscolo: un pretexto tan conveniente como impostado. Venezuela no es más que un peón en un negocio criminal en el que México, Colombia, China o los propios EE.UU. tienen papeles más importantes. «¡Pero tiene petróleo!» —dirán los lectores más materialistas. No estoy del todo de acuerdo. El petróleo —y no la democracia en Venezuela, que importa poco a sus bases aislacionistas— es solo el cebo que Trump pone en la boca del movimiento MAGA para que pique. El verdadero objetivo del magnate es el poder. ¿Para los EE.UU. o para sí mismo? Maquiavelo no tendría ninguna duda para contestar a esa pregunta. Yo tampoco.

La ley del más fuerte

La reacción de los líderes mundiales a la captura de Maduro contribuye a despejar las dudas que podríamos albergar sobre la posibilidad de que encontremos un mundo más amable o más humano a la vuelta de la esquina. El cinismo prevalece sobre cualquier otra consideración, incluso sobre el sentido del ridículo de los dirigentes.

Maduro, uno de los pocos gobernantes mundiales que ha reconocido las conquistas de Putin en Ucrania, se ha atrevido a exigir a la comunidad internacional que defienda su soberanía. El propio Putin tiene la desvergüenza de criticar lo que ocurre en Venezuela como si no tuviera las manos manchadas de sangre. A Xi quizá se le pueda perdonar que, tanto en Europa como en América, luche por el petróleo que necesita; pero no a Lula, que vio con buenos ojos la falsa «operación especial» de Putin y ahora condena la de Trump que, en realidad, sí que responde a las características que definen este tipo de operaciones.

Mientras el resto del mundo se va acomodando a la nueva realidad del «corolario Trump», Europa acepta con resignación la ley del más fuerte y prefiere que sea el norteamericano —y no un Putin mucho más malvado y sin los contrapesos institucionales que a veces moderan al magnate— quien nos imponga su voluntad. A nosotros y, ya que estamos, también a Venezuela, cuyo futuro está en el aire después de que el rechazo del magnate a María Corina Machado y, por extensión, a toda la oposición, dé una nueva oportunidad al chavismo.

Por el momento, parece que, si se avienen a ceder su petróleo y se dejan mangonear por Donald Trump, los Delcy y compañía podrán seguir en el poder mucho más tiempo del que merecen. Y, si eso es malo, piense el lector que solo estamos abriendo el nuevo capítulo.

Así pues, y por mucho que la captura de Maduro nos endulce su aplicación, no debiéramos celebrar demasiado esa ley del más fuerte que se nos impone. A nosotros, que no somos ciudadanos de una gran potencia, en nada nos beneficia. Tenemos que abrir los ojos a la realidad y prepararnos para sobrevivir en la selva. ¿Cómo lobos, cómo chacales o cómo simples ovejas? Me encantaría que, ya fuera el Gobierno o la oposición, abrieran ese debate, en el que está en juego nuestro futuro. Pero mucho me temo que no lo harán si no se lo exigimos los españoles. Yo, por mi parte, haré de esta exigencia mi propósito de año nuevo.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas