Vacaciones con chanclas y agenda
Hay algo profundamente absurdo en nuestra forma de descansar. Hemos comprado la idea de que un buen verano es un verano lleno de planes, como si no hacer nada fuera desperdiciar la vida
Llevamos once meses esperando esto. Once meses de despertadores, de comidas a toda prisa, de extraescolares, de partidos, de exámenes, de grupos de WhatsApp, de horarios imposibles, de «no llegamos» y de días que terminan con la sensación de no haber parado ni un minuto. Y cuando por fin llegan las vacaciones, ¿qué hacemos? Exactamente lo mismo, pero con chanclas.
Reservamos chiringuitos con tres semanas de antelación. Organizamos excursiones que requieren madrugar más que un día de colegio. Coordinamos agendas entre cuatro familias para cuadrar una comida que, al final, dura menos que el grupo de WhatsApp que creamos para organizarla. Te cruzas con un amigo al que no ves desde hace meses, os hace ilusión quedar y descubres que tampoco en verano es fácil: sus días están completos y los tuyos también. Hasta el verano, que debería ser el tiempo de la improvisación, acaba convertido en un Tetris de agendas. Una tarde tranquila de playa se transforma en una carrera porque hay que recoger deprisa para llegar a tiempo a la cena. Convertimos el descanso en logística y luego volvemos agotados, repitiendo entre risas eso de que «necesitamos unas vacaciones de las vacaciones», sin detenernos a pensar en el sinsentido de la frase.
Hay algo profundamente absurdo en nuestra forma de descansar. Hemos comprado la idea de que un buen verano es un verano lleno de planes. Hasta nos da cierto estatus decir que no paramos. Exhibimos la agenda llena como si fuera una medalla y el tiempo libre como un hueco que hay que rellenar para no sentir que estamos perdiendo algo. Como si parar significara fracasar. Como si no hacer nada fuera desperdiciar la vida.
Nos pasamos el año deseando descansar y, cuando por fin llega el momento, nos inventamos otra agenda. Hemos aprendido a producir, a optimizar y a llenar, pero estamos olvidando cómo detenernos. Chesterton escribió que el mundo nunca sufrirá por falta de maravillas, sino por falta de capacidad de maravillarse. Y hoy vamos a la playa sin mirar el mar, vemos una puesta de sol a través de una pantalla y nos preocupa más registrar el plan que vivirlo.
Los padres no solo organizamos vacaciones: estamos construyendo recuerdos. Estamos creando el lugar al que nuestros hijos volverán una y otra vez cuando sean mayores. No volverán físicamente; la vida les llevará por otros caminos. Pero volverán con la memoria. Y ese viaje será uno de los mayores regalos que les dejemos.
Por eso vuelvo tanto a mis propios veranos. A las tardes que no terminaban nunca y a las siestas con el ventilador de fondo. A las partidas de mus, las pipas, las bicicletas, las rodillas llenas de costras de tantas caídas, el Cola Cao frío a media tarde, la merienda-cena con el bocata en la calle y la voz de mi madre llamándonos desde la ventana para que subiéramos ya. A ese «cinco minutos más» que siempre eran veinte. Recuerdo muchos primos, muchos amigos y muchas risas. Recuerdo horas que parecían infinitas, planes que empezaban sin gracia y acababan siendo los mejores, y una sensación hoy casi desaparecida: la de que no pasaba nada por no tener plan.
Con los años he entendido que eso era exactamente lo que nos hacía felices. No recuerdo grandes planes; recuerdo una forma de vivir. La estampa de mis padres sin esa ansiedad moderna por aprovecharlo todo. El verano no parecía una prueba que hubiera que superar con éxito, sino un lugar para descansar, para convivir y para dejar que la vida sucediera.
Y me doy cuenta de que no echo de menos ser niña, sino aquella manera de vivir. Una vida sin tanta urgencia. Nadie organizaba el verano con semanas de antelación ni sentía que se estaba perdiendo algo por quedarse simplemente donde estaba. Vivíamos el día. Han pasado muchos años y, cuando nos reunimos, seguimos contando las mismas historias una y otra vez. Nos las sabemos de memoria, nos corregimos los detalles, discutimos si aquello pasó un verano o al siguiente. Da igual. Lo importante nunca fue la exactitud del recuerdo, sino las personas que aparecen en él.
Yo, la verdad, este verano quiero volver a intentarlo. Porque no es la primera vez que me hago este propósito. Llevo años diciéndome que este año sí, que voy a bajar el ritmo, que voy a descansar de verdad. Y, sin embargo, luego me cuesta muchísimo cumplirlo. Me cuesta decir que no. Me cuesta no apuntarme a todo y renunciar a planes que en ese momento parecen apetecibles, aunque en el fondo sepa que lo que necesito es justo lo contrario.
Yo este año no quiero una agenda perfecta. No quiero convertir el verano en una competición por aprovechar cada minuto para luego poder contarlo. Quiero leer después de comer con la persiana bajada hasta quedarme dormida. Quiero una sobremesa larga sin estar pensando en la hora, un paseo sin destino, una tarde de playa sin plan después y una cena improvisada en vez de otra reserva imposible. Quiero que el verano vuelva a parecer verano.
Así que este año el propósito no es hacer más, sino exactamente lo contrario: bajar el ritmo, dejar huecos, decir que no a algunos planes y defender un poco de tiempo sin utilidad aparente. Ese tiempo en el que no pasa gran cosa, pero pasa casi todo. Porque al final el mejor verano no es el que más cosas tiene, sino el que más se parece a aquellos veranos en los que fuimos felices sin saberlo. El verano en el que nadie tenía prisa. El verano en el que una familia descansaba de verdad. El verano al que, muchos años después, todavía apetece volver.
Paloma Fernández de Mesa de Elizalde es madre de familia numerosa, influencer con más de 116.000 seguidores en Instagram, experta en comunicación y posicionamiento digital, y maestra de formación.