Víctor Salinas, en el centro, junto a parte de su equipo de trabajo
Víctor Salinas: «Las familias tienen que dejar de buscar una carrera que asegure el futuro, porque no existe»
Este experto en capacitación tecnológica explica por qué la IA ha roto la promesa de una carrera segura y desgrana qué deben enseñar hoy los padres a partir de los 15 o 16 años.
La Inteligencia Artificial no sólo está revolucionando el mercado laboral: también la realidad de las familias con hijos adolescentes o en edad universitaria se ha visto puesta patas arriba, por la preocupación (más que razonable) sobre qué estudios superiores van a garantizar la empleabilidad de sus hijos cuando la IA esté aún más desarrollada.
Una preocupación tan legítima como razonable, porque, como explica el experto en capacitación tecnológica Víctor Salinas, «la carrera sigue importando, pero ha dejado de ser una garantía». Y el problema es que muchos padres aún tratan de ayudar a sus hijos «mirando por el espejo retrovisor», con criterios que han servido durante décadas pero que ya no pueden garantizar los empleos del futuro.
Tras entrar en contacto con los ecosistemas tecnológicos de grandes compañías españolas, Salinas, que es fundador de su propia empresa de formación –Evolve–, explica cuáles son las preguntas que deberían hacerse hoy las familias que quieran orientar a sus hijos hacia su futuro profesional.
–Durante años, los padres hemos pensado que elegir una buena carrera era la clave para garantizar el futuro profesional de nuestros hijos. ¿Sigue siendo suficiente, o la IA ha cambiado este escenario?
–La carrera sigue importando, pero ha dejado de ser una garantía, y cuanto antes lo asumamos los padres, mejor preparados estarán nuestros hijos.
Durante décadas funcionó una promesa implícita, y esa promesa se ha roto. No por culpa de la inteligencia artificial, aunque la IA la ha rematado. El Foro Económico Mundial calcula que el 39% de las competencias que hoy se piden en un puesto habrán cambiado en 2030. Casi cuatro de cada diez. Una persona que empieza la carrera este año se graduará en un mercado donde una parte de lo que aprendió el primer curso ya se hará de otra manera.
Lo que ha cambiado no es qué carrera elegir, es que la elección ya no es un punto final, es un punto de partida.
–¿A qué se refiere?
–A que antes te formabas y luego trabajabas. Ahora vas a formarte toda la vida, quieras o no. Y esa es la competencia que de verdad hay que desarrollar: no una carrera concreta, sino la capacidad de seguir aprendiendo cuando la carrera se quede corta, que se quedará.
Así que mi respuesta sería: dejemos de buscar la carrera que «asegura» el futuro, porque no existe. Busquemos aprender a aprender y tener criterio. Eso sí lo asegura.
–Se habla mucho de los empleos que desaparecerán, pero ¿qué habilidades cree que ningún joven debería dejar de aprender, estudie la carrera que estudie?
–Cuando uno mira qué competencias piden hoy las empresas y cuáles van a pedir más, lo primero de la lista no es programar. El Foro Económico Mundial sitúa el pensamiento analítico como la competencia más demandada, esencial para siete de cada diez empresas, seguido de la resiliencia, la flexibilidad y el liderazgo. Las que más rápido crecen sí son técnicas, la IA y el análisis de datos a la cabeza, pero las que sostienen todo lo demás son profundamente humanas.
Yo lo resumiría en tres. La primera, pensamiento crítico, la capacidad de mirar una respuesta, venga de quien venga, y preguntarse si tiene sentido. Con la IA esto pasa de deseable a imprescindible, porque estas herramientas producen respuestas convincentes que a veces son sencillamente falsas, y quien no sabe dudar se las traga. La segunda, saber comunicar: escribir claro y defender una idea, porque el que sabe explicar lo que hace, vale el doble del que sólo sabe hacerlo. Y la tercera, la alfabetización en IA, que no es programar, sino entender qué hacen estas herramientas, para qué sirven y, sobre todo, dónde fallan.
Y fíjate que ninguna de las tres depende de la carrera. Un historiador y un ingeniero las necesitan por igual. Por eso, cuando un padre me pregunta angustiado si su hijo ha elegido bien, yo le doy la vuelta: lo importante no es la asignatura, es que salga sabiendo pensar, comunicar y usar la tecnología con criterio.
–¿Qué profesiones están viendo ya cómo la IA transforma la forma de trabajar, aunque desde fuera todavía no se perciba?
–Prácticamente todas las de oficina, y mucho más deprisa de lo que se cuenta. El caso más evidente es el desarrollo de software: un programador hoy escribe buena parte de su código asistido por IA. No ha desaparecido su trabajo, se ha desplazado, dedica menos tiempo a teclear y más a decidir qué construir y a revisar lo que la máquina propone. Pero pasa igual en un despacho de abogados que resume jurisprudencia, en marketing que genera campañas en horas o en un departamento financiero. En nuestro trabajo de capacitación de equipos lo vemos en todos los sectores: no hay uno que se esté quedando fuera.
Si la máquina hace ya el trabajo de aprendiz, el recién llegado tiene que aportar algo más desde el primer día. Ese es el cambio de fondo.
Lo interesante es lo que pasa por dentro y desde fuera no se ve: la IA no está eliminando profesiones enteras de golpe, está vaciando las tareas repetitivas de casi todas. Y eso tiene una consecuencia incómoda para los que empiezan: muchas de esas tareas eran precisamente las que hacía un junior en sus dos primeros años, las que le servían para aprender el oficio. Si la máquina hace ya el trabajo de aprendiz, el recién llegado tiene que aportar algo más desde el primer día. Ese es el cambio de fondo.
–Es normal que los padres sientan inquietud cuando lean estas cosas. ¿Deberían animar a sus hijos a utilizar la IA desde la adolescencia o en la Universidad, o existe el riesgo de generar una dependencia excesiva?
–Cuando llegó la calculadora hubo el mismo miedo: los niños no aprenderán a hacer cuentas. Y la solución no fue prohibirla, ni dársela a un niño de seis años para que no aprendiera a sumar. Fue enseñar primero a sumar y después a usar la herramienta para lo que sirve. Con la IA es igual, pero con un matiz: aquí el riesgo no es que no aprendan a sumar, es que deleguen el pensamiento.
Si un niño le pide a la IA que le haga la redacción, no ha aprendido nada y además ha entregado algo que no sabe si está bien. Eso es dependencia, y es mala. Pero si le pide que le explique un concepto que no entiende, que le proponga un guion para organizarse o que critique un texto que ha escrito él, ahí la herramienta le está haciendo más capaz, no más inútil.
La diferencia entre las dos cosas es el criterio, y el criterio se enseña. Un hijo al que prohíbes la IA hasta los 18 no llega virgen y protegido, llega tarde y desprotegido, porque sus compañeros llevan años aprendiendo a usarla y él no.
– Cuando una empresa incorpora a un recién graduado, ¿qué competencias relacionadas con la IA valora más?
–Programar es valioso y para ciertos perfiles es imprescindible, pero la mayoría de los recién graduados que entran en una empresa no van a desarrollar modelos de Inteligencia Artificial, van a usarlos. Y ahí lo que valoramos no es que sepan el funcionamiento interno del algoritmo, sino que sepan sacarle partido sin creérselo todo: que sepan pedirle bien las cosas, que reconozcan cuándo la respuesta es sólida y cuándo la herramienta se está inventando algo, y que sepan dónde no deben usarla.
De hecho, nosotros trabajamos con empresas capacitando a sus equipos en esto exactamente, y la demanda no para de crecer por un motivo: desde 2025 la normativa europea obliga a las empresas a garantizar que sus empleados tienen formación en IA. Es decir, ya no es solo una ventaja para el que la tiene, empieza a ser un requisito. Para un joven, llegar con esa competencia aprendida es una ventaja de salida enorme.
–¿Qué errores están cometiendo hoy las familias a la hora de preparar a sus hijos para el mercado laboral del futuro?
–Veo tres, y los tres nacen de la mejor de las intenciones, que es lo que los hace difíciles de corregir.
El primero es elegir la carrera mirando por el retrovisor, orientando al hijo hacia lo que daba seguridad hace veinte años. El mundo ha cambiado y a veces el consejo llega caducado. No digo que se metan a adivinos, digo que acompañen en lugar de dirigir.
El segundo, el más extendido, es tratar la tecnología como una amenaza de la que proteger al hijo en vez de como un entorno en el que tiene que aprender a moverse. El padre que restringe cree que protege, y en realidad retrasa. El mundo laboral al que va su hijo está lleno de estas herramientas: llegar sin saber usarlas no es pureza, es desventaja.
Hay familias que se vuelcan en las notas y descuidan lo que de verdad diferenciará a su hijo: que sepa hablar en público, que tolere la frustración, que sea curioso, que sepa trabajar con gente distinta...
Y el tercero, poner toda la ficha en el título y ninguna en lo demás. Familias que se vuelcan en las notas y descuidan lo que de verdad diferenciará a su hijo: que sepa hablar en público, que tolere la frustración, que sea curioso, que sepa trabajar con gente distinta... Eso no sale en el expediente y es lo que más pesa a los diez años de acabar la carrera. La buena noticia es que se cultiva desde casa, sin pagar una matrícula.
–Si tuviera delante a un padre con un hijo de 15 o 16 años que le preguntara qué puede hacer desde hoy para mejorar su empleabilidad en diez años, ¿qué tres consejos le daría?
Empezaría por la que más se malinterpreta: que su hijo aprenda a usar la IA ya, pero bien. No que le haga los deberes, sino que la use para entender lo que no entiende y para revisar lo que produce él. Que se acostumbre a preguntarse siempre «¿esto que me ha dicho la máquina es verdad?». Ese reflejo, cultivado a los 15, será oro a los 25.
Lo siguiente, que cultive una afición que le exija constancia y le enseñe a fallar. Un deporte, un instrumento, un club de debate, un proyecto propio... Ahí es donde se aprende la resiliencia, la disciplina y el trabajo en equipo, que son justo las competencias que las empresas dicen no encontrar. La vida laboral premia al que sabe levantarse, y eso se entrena antes en un campo o en un escenario que en un aula.
Y por último, algo que parece de otra época y es lo más moderno que te puedo decir: que lea y que escriba. Escribir entrena el criterio. Nada de esto exige una app ni una academia. Exige tiempo y compañía.
–Por último: usted entrevista y trabaja con perfiles tecnológicos constantemente. Si hoy tuviera que contratar a dos recién graduados con la misma carrera y las mismas notas, ¿qué haría que se decantara por uno y no por otro?
–Precisamente, parte de lo que hacemos en Evolve es seleccionar y colocar perfiles tecnológicos en otras compañías, así que esta decisión la tomamos constantemente. Con el mismo papel encima de la mesa, nos fijamos en tres cosas, y las tres se ven en una conversación.
La primera, cómo piensan cuando no saben la respuesta. No interesa que acierten, interesa cómo lo abordan: si preguntan, si ordenan, si reconocen lo que no saben o si improvisan para salir del paso. El que dice «esto no lo sé, pero lo averiguaría así» va por el buen camino. En un mundo con IA, saber lo que no sabes es una competencia crítica, porque es lo que te salva de creerte lo que la máquina se inventa.
La segunda es la curiosidad real. Se nota enseguida quién ha hecho cosas por su cuenta, más allá de aprobar, y quién solo ha ido cumpliendo.
Y la tercera es cómo se relacionan y comunican. Cómo escuchan, cómo explican algo complejo de forma sencilla, cómo encajan una objeción. El talento aislado rinde poco: el trabajo real es con otros, y quien sabe entenderse con los demás, multiplica lo que sabe.