Aristóteles y Platón, en la famosa escena de La escuela de Atenas
La familia en una frase
Aristóteles, filósofo: «La amistad entre marido y mujer parece existir por naturaleza»
Miles de años antes de que se hablase de «copaternidad», el gran filósofo griego ya mostraba que el matrimonio es mucho más que un contrato social o un modo útil de convivencia.
Es una obviedad explicar que Aristóteles, tenido junto a Plantón como el gran filósofo de la antigüedad y que vivió en el siglo IV antes de Cristo, no escribió sobre el matrimonio desde una sensibilidad moderna.
Sin embargo, en este tema, como en tantos otros, esta mente preclara de la Historia dejó una intuición sorprendentemente actual cuando afirmó que, en el fundamento de las relaciones humanas, «la amistad entre marido y mujer parece existir por naturaleza».
Una cita que pertenece al libro VIII de la Ética a Nicómaco, cuando el filósofo analiza las distintas formas de amistad. Obra, por cierto, que serviría de base a C. S. Lewis para escribir, casi 13 siglos más tarde, Los cuatro amores.
Porque para Aristóteles, la amistad no era sólo un afecto agradable ni un trato frecuente con un igual. Era, más bien, una relación en la que se desea el bien del otro. Por eso distinguía entre amistades de utilidad, amistades de placer y amistades de virtud. Las primeras, sostenía, dependen de lo que uno obtiene; las segundas, de lo que uno disfruta; y las terceras, de la bondad compartida.
El hogar antes que la ciudad
Aristóteles nació en Estagira en el año 384 a. C. Su padre, Nicómaco, fue médico del rey de Macedonia, y él se formó en Atenas junto a Platón antes de fundar el Liceo. En su vida familiar se conocen dos uniones: con Pitia, madre de una hija, y con Herpilis, madre de Nicómaco, a quien dedicó su famosísima obra.
En la Ética a Nicómaco, Aristóteles sostiene que el hombre está inclinado por naturaleza a formar parejas «más incluso que ciudades», porque la familia es anterior y más necesaria que la ciudad. Una afirmación que no rebaja la vida política, esencial para el filósofo griego; pero que recoge cómo ninguna comunidad existe si antes no hay hogares.
El cristianismo partiría de esta misma idea al sostener, en su Magisterio público que influyó en la mayoría de los ordenamientos jurídicos modernos, que la familia es anterior al Estado porque se trata de una institución de Derecho natural, y que es, por tanto, «la célula básica de la sociedad», como definiría ya en el siglo XX Juan Pablo II.
Así, el matrimonio, para Aristóteles, aparece como una forma de amistad natural, vinculada a la vida común, la procreación, la educación de los hijos y la administración de la casa y la hacienda.
Esposos, no socios
La cita aristotélica resulta singularmente actual en un momento en el que, por una parte, crece la moda de la «copaternidad», una corriente que entiende la paternidad como un proyecto educativo entre dos adultos que desean tener hijos, pero que no comparten ningún vínculo afectivo entre ellos. Y, por otra parte, en un contexto en que el ritmo frenético y la abundancia de rupturas matrimoniales llevan a muchas parejas de casados a vivir como una suerte de «sociedades de gestión logística», pero no como esposos.
Aristóteles ayuda a recuperar el concepto de amistad como la base del amor: Marido y mujer no son sólo amantes, padres o compañeros de piso. Están llamados a ser amigos en el sentido más exigente: personas que quieren el bien del otro y caminan hacia una vida buena compartida.
La amistad conyugal
Esto, naturalmente, exige ser conscientes de la importancia de cuidarse, de buscar la conversación, acrecentar la confianza, esforzarse en la virtud y dedicarse tiempo.
Porque la amistad conyugal de la que hablaba Aristóteles no se mantiene por la atracción, ni por un reparto eficiente de las tareas, sino que necesita de admiración, paciencia y una voluntad de buscar juntos el bien.
Una enseñanza del siglo IV antes de Cristo que parece escrita para la generación de matrimonios que están construyendo las primeras décadas del siglo XXI.