Alexander Dumas, hijo, en una ilustración de su época
La Familia en una Frase
Alejandro Dumas, escritor: «El amor verdadero siempre nos vuelve mejor»
Dumas hijo (el de La dama de las camelias) miró el amor desde sus heridas, sus contradicciones y sus consecuencias, para mostrar que si es verdadero, no degrada a la persona, sino que la lleva a plenitud.
Su nombre está ligado a títulos tan famosos como Los tres mosqueteros o El Conde de Montecristo. Pero hay trampa: ese era Alejandro Dumas... padre.
Sin embargo, también Alejandro Dumas hijo gozó de gran popularidad en su época, llegó a ser admitido en la Academia Francesa y ha logrado hacerse un hueco propio en la historia de la literatura, como un autor de gran sensibilidad capaz de sintetizar los enormes claroscuros del amor humano.
Unos claroscuros que él mismo vivió, y sufrió, en primera persona, y desde niño. Porque Dumas hijo conoció desde muy pronto una dura realidad: que los lazos familiares podían ser también una herida para el alma.
Nacido fuera del matrimonio
Nacido en París en 1824, fue hijo natural del célebre escritor Alejandro Dumas y de su amante, la costurera Catherine Laure Labay. Fue reconocido legalmente por su padre cuando aún no había cumplido los 10 años (y Dumas padre, aunque mujeriego, siempre le financió la mejor educación posible), pero aquella condición de hijo fuera del matrimonio marcó su vida y su mirada sobre la sociedad, el honor, la hipocresía y el destino de las mujeres.
Esa sensibilidad aparece con fuerza en La dama de las camelias, publicada en 1848. La novela más famosa del segundo Dumas cuenta la historia de Marguerite Gautier, una cortesana parisina enferma de tuberculosis, y de Armand Duval, un joven burgués que se enamora de ella.
Desde luego, no es una historia limpia ni ejemplar en sentido estricto, pero sí resulta ser una historia profundamente humana, atravesada por el deseo, el dinero, la fragilidad, el sacrificio, la enfermedad y el juicio social.
Amor, pasión y virtud
En la historia, Marguerite vive rodeada de lujo, admiradores y apariencias, pero también de una honda soledad. Armand, sin embargo, cree descubrir en ella algo que los demás no son capaces de ver: una mujer capaz de amar de verdad.
Su padre, Monsieur Duval, teme que esa relación arruine el futuro de su hijo y manche el honor familiar. Y ahí se sitúa la tensión moral que atraviesa toda la obra.
En el capítulo XX, el joven Armand defiende su amor con una frase lapidaria, que encierra una verdad que va más allá de la ficción literaria: «El amor verdadero siempre nos vuelve mejor, cualquiera que sea la mujer que lo inspire».
Una idea con la que Dumas no justifica cualquier pasión. Al contrario, con ella intenta distinguir entre el amor que eleva el alma del amado y del amante, y el mero deseo carnal, posesivo y desordenado, que consume a ambos.
Más allá de los deseos
Como recuerda y demuestra el resto de la obra (que no desvelaremos por aquello de no destripar la trama a quien se lance a su lectura), Dumas hijo recalca que el amor verdadero no se limita a excitar las pasiones del cuerpo.
Tampoco es el que ansía poseer al otro para encadenarlo a los propios caprichos y deseos, por sinceros que parezcan.
Al contrario: el amor, cuando es auténtico, logra despertar en la persona una versión más noble, más elevada y hasta más sacrificada de sí misma.
El amor hace capaz el sacrificio
Con un estilo en ocasiones un poco almibarado, pero certero, Dumas muestra que el amor auténtico hace más generoso, más limpio y más capaz de esforzarse por el otro.
Así, Marguerite, precisamente porque ama, acaba renunciando a sus deseos. Y Armand, precisamente porque se deja llevar de un sentimentalismo herido e inmaduro, muestra cuánto le falta por aprender.
Casi 180 años después de su publicación, La dama de las camelias recuerda que no bastan la intensidad de la emoción y la excitación de las pasiones para amar de verdad, y menos aún para formar un proyecto de vida que perdure: es necesario un amor maduro y no egoísta, que vuelve más fiel, más sincero y más libre para entregarse a aquellos que lo experimentan.