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La Familia en una Frase

Enrique Rojas, psiquiatra: «El amor inteligente tiene corazón, cabeza y espiritualidad»

El célebre psiquiatra, padre de Isabel y Marian Rojas Estapé, defiende que el matrimonio no puede asentarse sólo en la emoción: necesita afecto, razón y una dimensión que dé sentido a lo cotidiano

Enrique Rojas ha dedicado buena parte de su vida profesional a estudiar la afectividad, la voluntad, la madurez y las heridas psicológicas y emocionales que atraviesan muchas parejas.

Psiquiatra, creador del Instituto Español de Investigaciones Psiquiátricas, autor de una extensa obra divulgativa y gran impulsor de toda una saga dedicada a ayudar a los demás a través de las dolencias del alma y de la mente, Rojas es padre de la psicóloga y escritora Isabel Rojas Estapé y de la también psiquiatra y divulgadora, Marian Rojas Estapé.

Y, desde hace años, ha insistido en una idea que contradice buena parte del sentimentalismo contemporáneo: amar no es sólo sentir.

En uno de sus más famosos best-sellers, El amor inteligente, el doctor Rojas resume su propuesta con una fórmula directa y eficaz: «El amor inteligente tiene tres notas básicas en su sinfonía: corazón, cabeza y espiritualidad».

Cabeza, corazón y espiritualidad

Hombre de gran cultura humanista, el psiquiatra no emplea de forma casual esa imagen musical: para que una relación funcione, sostiene, no basta con que «suene una sola nota».

Así, el corazón sintetiza cuanto aporta emoción, ternura, atracción y entusiasmo a la vida de pareja. La cabeza apunta al juicio, al realismo, al conocimiento del otro y a la capacidad para decidir entre lo bueno y lo malo. Y, por último (y más contracultural), la espiritualidad ofrece una hondura, un sentido y una mirada que va más allá del puro bienestar inmediato.

Más que enamoramiento

Ahora bien, que Rojas trascienda el sentimiento no implica que desprecie el enamoramiento o minimice la importancia de cultivar todo aquello que hace crecer el amor.

Tras décadas escuchando en su consulta miles de historias de personas rotas por a causa de sus relaciones afectivas, el psiquiatra sabe que el amor comienza muchas veces con admiración, con deseo, con ilusión y una fuerte conmoción afectiva, a modo de pequeño terremoto emocional.

Pero también advierte de que quedarse ahí es insuficiente para que el amor prospere. Podría decirse que el sentimiento abre la puerta, pero no siempre sabe construir la casa.

Así, Rojas recuerda que el matrimonio exige de los cónyuges conocerse a sí mismos y al otro, perdonar, entregarse, aceptar límites, tener «mala memoria» para las ofensas –suya es también la frase de que «la felicidad consiste en tener buena salud y mala memoria»– y, sobre todo, cuidar los detalles del día a día.

Por eso, el amor inteligente que describe el autor no es frío ni calculador, sino que es capaz de integrar las emociones sin dejarse gobernar por ellas a lo largo de los años.

La importancia de poner «cabeza»

En esta tríada, el psiquiatra explica que la cabeza (es decir, la parte intelectual de la persona y su capacidad de razonar sosegadamente) ayuda a distinguir entre una crisis pasajera y una relación destructiva; entre el cansancio normal de la vida familiar y la pérdida real del vínculo conyugal; o entre una discusión concreta y el hábito de menospreciar al otro.

También permite entender que amar no significa tener siempre la razón, ni exigir que el otro responda, siempre y exactamente, a las propias expectativas.

El corazón está en lo cotidiano

Pero, además, en El amor inteligente, Enrique Rojas añade una idea especialmente enfocada para los matrimonios con hijos: «Lo cotidiano –alerta– nunca es banal ni insignificante». Porque es en ese día a día donde se juega gran parte de la vida conyugal. En poner corazón a la vida del matrimonio y, por tanto, de toda la familia.

De hecho, el psiquiatra advierte de que muchos matrimonios no se enfrían hasta romperse a causa de grandes traiciones o malos gestos, sino por la acumulación cotidiana de pequeñas desatenciones. Y de ahí que cuando desaparecen la delicadeza, la conversación y la admiración mutuas, el hogar sigue funcionando en su aspecto externo, pero la pareja (o al menos, uno de los dos) muere poco a poco como proyecto de vida en común.

Una visión trascendente de la vida

La tercera nota que apunta Enrique Rojas, la espiritualidad, resulta tan esencial como provocadora.

Porque el psiquiatra no reduce esta dimensión a unas prácticas religiosas religiosas compartidas, aunque en una visión cristiana del matrimonio encuentre una expresión especialmente profunda.

El autor de El amor inteligente va más allá y apunta a la necesidad de tener un sentido más elevado de la vida que la propia rutina diaria, a cultivar la dimensión trascendente de la persona, a sublimar el proyecto compartido, y a mostrar y compartir de forma conjunta una apertura a algo mayor que el propio capricho o la mera búsqueda del bienestar.

Porque, como alerta Rojas, un amor sin espiritualidad corre el riesgo de encerrarse en una suerte de «cálculo de satisfacciones»: qué me das, qué me debes, qué recibo, qué pierdo...

Sin embargo, un amor con hondura entiende que el matrimonio no es sólo una fuente de bienestar personal, sino una vocación compartida, que necesita de sacrificio, entrega y la confianza suficiente en el otro como para superar cada uno de los obstáculos que vayan surgiendo a lo largo de los años.

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