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Verano y FamiliaEva Corujo

¿Hay que esperar para tener hijos cuando estás recién casado? Esto dice una experta en fertilidad y sexualidad

La experta en sexualidad y reconocimiento de la fertilidad Eva Corujo profundiza en el consejo cada vez más repetido, también dentro de la propia Iglesia, de que las parejas que se acaban de casar deben esperar un tiempo para asentarse antes de tener hijos.

La experta en fertilidad Eva Corujo responde al consejo sobre si es mejor esperar a tener hijos después de casarse

La experta en fertilidad Eva Corujo responde al consejo sobre si es mejor esperar a tener hijos después de casarseGetty Images / iStockphoto

De un tiempo a esta parte, encuentro en la sociedad, incluso en nuestra querida Iglesia católica, una recomendación que se da habitualmente a los jóvenes casados y a los que se van a casar: «Disfrutad un poco y ubicaos el uno con el otro antes de plantearos tener hijos».

Normalmente la he escuchado en formaciones prematrimoniales en las que he participado, o me la han comentado directamente parejas de novios con las que trabajo desde mi consulta de reconocimiento de la fertilidad. Y siempre me ha llamado la atención. ¿De verdad eso es lo recomendable? ¿De verdad eso es lo que enseña la Iglesia? No lo creo. Tampoco recuerdo que a nosotros nos dijeran eso en su día (acabamos de hacer quince años de casados), o quizá sí, aunque no podría asegurarlo.

Sinceramente, quiero creer que ese consejo –porque no es más que eso, un consejo– parte de una buena intención. Y, sin embargo, creo que necesita una reflexión mucho más profunda. Porque la pregunta importante no es si está bien esperar, sino qué visión del matrimonio hay detrás de esa decisión.

El matrimonio, más que un proyecto de vida compartido

El matrimonio católico no es solo una forma de convivencia, ni una fórmula para ganar estabilidad, ni un proyecto de vida compartido como otro cualquiera. No nos casamos porque «toca», ni porque ya no encontramos a nadie más y vemos que a nuestro alrededor todos se casan y nosotros no, ni porque la vida se hace más llevadera compartiendo gastos y responsabilidades entre dos. Esas pueden ser circunstancias que acompañan, pero no son el fundamento.

El matrimonio es una vocación de entrega muy específica: casarte es descubrir que esa persona con la que te comprometes para siempre es tu camino concreto hacia Dios. Como escuché decir hace tiempo a Tomás Melendo, la vocación al matrimonio tiene un nombre propio. En mi caso es Pablo. En el caso de Pablo es Eva.

Es una vocación, con todo lo que la palabra vocación implica: una llamada que no elegimos fabricar a nuestra medida, sino que discernimos y acogemos. Es entrega total, lo cual supone eliminar toda versión recortada, cómoda o a la carta.

Incluye también la apertura a la vida, la posibilidad de que puedan venir los hijos. Ya lo recordaba san Pablo VI en la encíclica Humanae Vitae (n. 9): el amor conyugal «no se agota en la comunión entre los esposos, sino que está destinado a prolongarse suscitando nuevas vidas», pues «el matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole». Años después, el Papa Francisco insistía en Amoris Laetitia (n. 73) en esa misma clave: los esposos «se prometen entrega total, fidelidad y apertura a la vida».

¿Por qué entonces se da esa recomendación a los más jóvenes? ¿Acaso no lleva a la conclusión de que tener hijos es algo negativo? Por si a alguien le sirve, tras siete criaturas que Dios ha puesto a nuestro cuidado, diría que ninguna nos sobra.

Cuando el miedo se disfraza de responsabilidad

Muchas veces esa recomendación de «esperar» nace del cansancio, del miedo o de experiencias difíciles que alguien ha vivido de cerca. Y eso merece muchísimo respeto: nadie da un consejo así por capricho. Pero una experiencia personal, por dura que haya sido, no siempre puede convertirse en norma universal para todos los matrimonios.

Sí, los hijos cambian la vida. Quienes ya somos madres o padres lo hemos vivido, y lo seguimos viviendo: descolocan horarios, remueven heridas que no sabíamos que teníamos, cansan, exigen muchísimo.

Yo misma me he encontrado en momentos de puro agotamiento inmersa en pañales y noches sin dormir. También he reconducido una prometedora carrera laboral por trabajar flexiblemente para poder atender mejor a mis hijos. Hemos dejado de viajar o gastar en cosas que nos gustan para poder sobrevivir en una familia numerosa.

Curiosamente –y muchos matrimonios estarán de acuerdo conmigo– hemos descubierto que es precisamente ahí, en medio de ese cansancio y aparentes negaciones personales, donde aprendemos a amar mejor y a darnos cuenta de que los hijos no te quitan nada, al revés, te dan mucho más de lo que hubieras imaginado.

Hasta el día de hoy, no me he encontrado a nadie que se haya arrepentido de haber tenido a sus hijos, pero sí me he encontrado a quien le hubiera gustado tener más pero su economía, espacio, tiempo, trabajo o X, no se lo «permitió».

A veces damos por hecho que primero hay que construir una intimidad perfecta entre los esposos y tachar todos los puntos de la lista de deseos, y solo después abrirse a la vida, cuando ya esté todo «resuelto y encajado».

Ese mensaje forma parte de la cultura actual que nos vende comodidad, pero es bastante poco real. Porque la intimidad matrimonial, y cualquier camino vocacional, no se construye únicamente en etapas cómodas y tranquilas. También crece en el cansancio, en el sacrificio, en la entrega, en aprender –muchas veces a golpes– a vivir para el otro.

Quizá conviene recordar algo importante: el noviazgo ya existe precisamente para conocerse, discernir y aprender a caminar y crecer juntos en las virtudes necesarias para construir una vida juntos.

Incluso en el mejor de los noviazgos, la realidad es que nunca terminamos de «tenerlo todo controlado» antes de entregarnos. Siempre habrá algo: dinero, trabajo, inseguridades, cansancio, miedos, cambios, dificultades.

Un hijo es una suma de todos esos algos. Por eso merece la pena preguntarse: ¿hemos empezado a llamar «responsabilidad» a lo que en realidad es un miedo profundo a perder el control?

Métodos naturales: no es sólo cuestión del método

Un tema que me preocupa cada vez más es la mala interpretación que se le da al uso de los métodos naturales y que no puedo dejar pasar. Tiene bastante que ver con todo lo dicho anteriormente.

Los métodos de reconocimiento de la fertilidad no son una especie de «anticoncepción católica». Alguna vez he llegado a escuchar frases como esta: «Claro, es la opción que tenemos porque no se nos permite el uso de condones o píldora». Pero reducirlo a eso significaría que ha calado tristemente el mensaje anticonceptivo en nuestra vida, y que, por muy católicos que nos consideremos, no hemos entendido nada.

Aclaremos este asunto para dar luz a la sexualidad que tan bellamente Dios nos dio.

Una vez casados, la Iglesia sí permite recurrir a los periodos infértiles para espaciar o posponer embarazos mediante el uso de los métodos naturales. Pero no de cualquier manera ni por cualquier motivo.

Como enseña la ya citada Humanae Vitae, la paternidad responsable se ejerce tanto en la decisión generosa de tener una familia numerosa como en la decisión de espaciar los nacimientos «por graves motivos» (n. 10) –motivos que, precisa el mismo texto, pueden derivarse de «las condiciones físicas o psicológicas de los cónyuges, o de circunstancias exteriores» (n. 16)–.

No es, por tanto, una opción abierta sin más: supone discernimiento real, ante Dios, sobre si esos motivos existen de verdad, y una apertura sincera a su voluntad. De esa manera, el recurso a los periodos infértiles sí permite respetar íntegramente el acto conyugal, la sexualidad y la apertura a la vida tal y como fueron pensados por Dios. Es un discernimiento que se reactualiza continuamente ya que las circunstancias en el matrimonio van cambiando.

Dicho de otro modo: los métodos naturales, por sí solos, no garantizan vivir abiertos a la vida. Pueden vivirse desde un discernimiento sincero... o desde la misma lógica de control que cualquier mentalidad anticonceptiva. La cuestión no es solo el método utilizado: importa, y mucho, la disposición del corazón con la que se vive.

La fertilidad es un don, no una posesión

La fertilidad no es algo que poseemos y administramos como dueños absolutos de nuestra propia vida. Somos custodios, no propietarios. La vida sigue siendo un don, y quizá por eso el matrimonio no puede vivirse solo desde cálculos y previsiones humanas, por muy razonables que parezcan.

No se trata de negar la prudencia, ni de imponer los mismos tiempos a todos los matrimonios. Pero el problema no es discernir: el problema es vivir el matrimonio queriendo reservarnos siempre algo, esperando el momento perfecto, la estabilidad perfecta, la tranquilidad perfecta. Y verlo así es bastante ilusorio, porque ese momento perfecto nunca llega.

Los hijos no son un obstáculo para el amor conyugal. Muchas veces son, precisamente, el camino por el que Dios enseña a los esposos a amar de verdad: con más generosidad, más entrega, más confianza.

Tener hijos es, realmente, un salto al vacío, porque incluso queriendo hijos, ¿acaso podemos controlar o adivinar cómo van a ser, su carácter, su salud, sus problemas? Desde luego tener hijos supone un vertiginoso y total abandono.

Hace poco participé en el libro María y yo, con el capítulo de «Hijos: apertura a la vida», en el que, entre otras cosas, cuento cómo Dios tiene sus planes también para cada uno de nuestros hijos. No son nuestros, y hay tantísimas cosas que se nos escapan, que lo más sensato es dejarlas en manos del Padre. Por otro lado, simplemente por mencionar, quizá el plan reservado para nuestro matrimonio sea el de la infertilidad. Lo explica muy bien Cristina López del Burgo en el mismo libro que acabo de comentar en el capítulo «Cuando los hijos no llegan».

Al final, la cuestión no es solo cuándo tener hijos. La cuestión más profunda es desde qué lógica vivimos el matrimonio: ¿la del control, o la del don, la entrega y la confianza en Dios?

Y quizá ahí está la clave: no preguntarnos únicamente qué queremos nosotros, sino si estamos verdaderamente dispuestos a escuchar, acoger y aceptar lo que Dios quiera para nuestro matrimonio, incluso cuando eso rompe nuestros propios planes (no es por desanimar, pero así va a ser la mayoría de las veces. Y eso está bien, no tengamos miedo al abandono en los brazos de quien más nos ama).

No hay fórmulas universales para todos los matrimonios. La clave no está en copiar recomendaciones generales ni experiencias ajenas, por bienintencionadas que sean, como si fueran fórmulas mágicas.

Está en que cada matrimonio aprenda a escuchar, a discernir y a encontrar su propio camino: con confianza, con rectitud de intención, con una apertura real a la voluntad de Dios. No andamos solos el camino, y habrá cantidad de cosas –si no todas– que entenderemos en la vida eterna.

Eva Corujo es experta en sexualidad y fertilidad, madre de siete hijos y creadora de contenido en la cuenta @evacorujo_letyourselves

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