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Publio Ovidio Nasón

Publio Ovidio Nasónwww.bdmundo.com (CC BY-SA)

La Familia en una Frase:

Ovidio, poeta: «El amor nace de acostumbrarse al otro»

El gran poeta romano escribió un manual pagano de seducción muy poco decoroso, en el que dejó, sin embargo, intuiciones muy útiles para el matrimonio.

Ovidio no pensaba precisamente en el matrimonio cristiano, en una casta unión conyugal victoriana, ni siquiera en un noviazgo que guardase hoy las formas políticamente correctas cuando escribió su Ars amatoria.

Aquella obra, publicada en torno al cambio de era (entre el 2 a. C. y el 2 d. C.), es un poema didáctico sobre el arte de conquistar, retener y moverse con soltura en los códigos de seducción de la Roma de Augusto.

Y aunque no llega a ser de la sordidez y mal gusto de las obras de otros autores como Catulo o Marcial (dos de los dramaturgos más obscenos de la antigüedad), conviene leerlo con distancia. Porque, desde luego, no todo lo que aconseja Ovidio es aprovechable para una vida familiar capaz de construir relaciones sanas... aunque tal vez más de un influencer que vende «novedosos cursos de seducción» podría comprobar cómo sus técnicas torticeras tienen, al menos, 2.000 años de antigüedad.

Con todo, algunas de las citas del Ars amatoria sí que contienen verdades que ilustran muy bien los dinamismos del corazón humano.

Una de ellas vendría a resumirse así: «El amor nace de acostumbrarse al otro». La formulación exacta procede de un verso del Libro II: Fac tibi consuescat: nil adsuetudine maius. Es decir: «Haz que se acostumbre a ti: nada hay más poderoso que la costumbre [para el amor]».

Tres bodas, una hija y un exilio

Publio Ovidio Nasón nació en Sulmona en el año 43 a. C. Fue uno de los grandes poetas latinos, autor de Amores, Heroidas, Metamorfosis, Ars amatoria y Tristia. Su vida terminó marcada por el destierro a Tomis, decretado por Augusto por razones nunca del todo aclaradas.

Por lo que sabemos, tampoco fue un modelo de virtudes en su vida personal. Estuvo casado tres veces. Su primer matrimonio fue muy breve y terminó en divorcio. También fracasó el segundo, del que no se conocen detalles.

Su tercera esposa fue Fabia, miembro de una familia acomodada y relacionada con círculos próximos a la aristocracia de Roma. Con ella permaneció unido hasta la muerte y mantuvo una relación de afecto y gratitud, especialmente durante los años del destierro.

El poeta tuvo una hija reconocida, probablemente nacida de uno de sus primeros matrimonios. Las fuentes antiguas no permiten establecer cuál de ellos fue, pero sí sabemos que Ovidio fue padre y que su hija le dio dos nietos. Ella aparece indirectamente en sus escritos del exilio, donde el poeta recuerda a su familia y agradece la fidelidad de quienes permanecieron unidos a él a pesar de la distancia.

¿Entrega fiel o Big-bang de emociones?

En el Ars amatoria, el amor aparece muchas veces como juego, estrategia, habilidad social, e incluso con lo que hoy llamaríamos manipulación psicológica.

Sin embargo, su noción de la costumbre apunta algo que casi cualquier familia reconoce y que el propio Ovidio pudo constatar en los años más duros de su vida: que las relaciones humanas, sobre todo en el caso del matrimonio, no viven sólo de grandes emociones, sino de una entrega fiel, repetida, constante y consciente.

Porque el amor conyugal no nace cada mañana desde cero como en una suerte de «Big-Bang» de sentimientos y pasión. Más bien al contrario: se alimenta de rutinas vividas con cariño, de renuncias discretas, de entregas sencillas, y de la decisión de permanecer fiel al compromiso de cuidar al otro.

Para Ovidio, tal vez actos cotidianos (tanto en el siglo I a. C. como hoy) como desayunar o acostarse juntos, esperar al otro con ilusión, escucharle sus cuitas diarias, cuidar los momentos de intimidad, volver a casa pronto, perdonar pequeñas asperezas, compartir cansancios, rezar juntos, reír tanto como se pueda, o educar a los hijos, lucieran menos para convertirlos en un manual de buena vida.

Que ya entonces, la costumbre y la rutina tenían muy mala prensa. Y, sin embargo, ese tipo de acciones y decisiones diarias resultan ser mucho más decisivas para la felicidad auténtica.

Pequeños amores cotidianos

De hecho, la propia vida familiar de Ovidio muestra que el amor no se reduce al entusiasmo inicial. Su tercer matrimonio fue el más duradero, y la fidelidad de Fabia durante el destierro se convirtió para él en una de las pocas seguridades que conservó lejos de Roma.

Tanto que en sus poemas del exilio la familia aparece como un asidero de lealtad, capaz de mantener erguida a la persona cuando la fortuna le ha quitado casi todo.

Porque, aunque el matrimonio no debe confundirse con una repetición de hábitos vacíos, tampoco puede sobrevivir despreciando esas pequeñas ocasiones cotidianas y repetitivas sobre las que se cimenta el amor. Una verdad que tiene, al menos, dos mil años de validez.

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