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Fresco del poeta romano Virgilio escribiendo La Eneida rodeado de sus musas, en el Museo del Bardo, Túnez

Mosaico del poeta romano Virgilio escribiendo La Eneida rodeado de sus musas, en el Museo del Bardo, TúnezMuseo del Bardo

La familia en una frase

Virgilio, poeta: «Aprende de mí, hijo, la virtud y el verdadero trabajo; la fortuna, de otros»

Junto a La Odisea, La Eneida, es el otro gran poema épico de la Antigüedad, en el que Eneas no promete a su hijo éxitos materiales, sino virtud, esfuerzo y una manera noble de afrontar el destino.

No sólo de La Odisea vivieron los clásicos. Junto al viaje de Ulises narrado por Homero, y levado ahora al cine por Christopher Nolan, la literatura clásica contó con otro de los grandes poemas épicos, escrito siglos más tarde por el romano Virgilio.

Se trata de La Eneida, un texto magnífico que narra el viaje de Eneas tras la caída de Troya para llegar a Italia y sentar allí las bases del origen de Roma.

Aunque su trama y argumento parten de un contexto similar a las aventuras de Ulises, en La Eneida, tanto las peripecias como la propia personalidad del protagonista son muy diferentes. Algo que se ve muy bien cuando el Eneas de Virgilio no promete a su hijo éxito ni comodidad, sino que le transmite algo mucho más valioso: virtud, esfuerzo y una manera noble de afrontar el destino.

Virgilio lo sintetiza poniendo en labios de Eneas, casi al final de la Eneida, una frase lapidaria: Disce, puer, virtutem ex me verumque laborem; fortunam ex aliis. «Aprende de mí, hijo, la virtud y el verdadero trabajo; la fortuna, de otros».

El destinatario es Ascanio, también llamado Julo, hijo de Eneas, a quien su padre no ofrece una lección sentimental, sino una máxima moral para conducirse por la vida. Como cualquier otro padre, ni siquiera el héroe puede asegurarle suerte, victoria ni descanso. Pero sí puede mostrarle cómo intentar vivir una vida virtuosa.

El poeta de la Roma imperial

Publio Virgilio Marón nació en el año 70 a. C., cerca de Mantua. Vivió el final convulso de la República romana y el nacimiento del principado de Augusto. Su Eneida, escrita a petición del propio Augusto para ofrecer a Roma un nuevo poema fundacional que exaltase el sentimiento nacional, la misión y el destino como argamasa para el pueblo, narra el viaje de Eneas desde Troya hasta Italia.

Por eso Eneas no es sólo un héroe guerrero. Es un hijo que carga con su padre Anquises al huir de Troya, y un padre que guía a su hijo Ascanio hacia una tierra prometida. En él se unen pasado y futuro: el anciano llevado sobre los hombros y el niño conducido de la mano.

Lo que un padre puede transmitir

En la cita del libro XII, Eneas parece decir a su hijo: de mí aprende lo que depende de un hombre; de otros, o de la fortuna, vendrá lo que no puedo darte.

Un modo en el que Virgilio, a inicios del silgo I, ya recogía cómo muchos padres desean para sus hijos éxito, fama, abundancia, seguridad, prestigio o una vida sin heridas. Y es comprensible. Pero ninguna familia puede garantizar la fortuna y el bienestar de sus hijos.

Sí puede, en cambio, transmitirles las virtudes que les permitan sortear los avatares de la vida: fortaleza, templanza, fidelidad, sacrificio, trabajo, prudencia y capacidad para levantarse con reciedumbre cuando los embates parezcan tumbar su nave o nublar sus puertos.

Virgilio recuerda, entre combates y navíos, que el padre no es algo así como un gestor de oportunidades, sino un testigo de vida. Y que el hijo aprende a vivir, no tanto por lo que escucha, sino por ver cómo trabaja, cómo sufre, cómo trata a su esposa, cómo cumple su palabra, cómo encara los fracasos y cómo gestiona los éxitos.

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