Una imagen de revista de León Tólstoi
La familia en una frase
León Tolstói, escritor: «Feliz, feliz, irreparable tiempo el de la infancia»
En Infancia, León Tolstói mira los primeros años como un tiempo sagrado cuyas enseñanzas morales acompañan toda la vida.
León Tolstói: «Todas las familias felices se parecen unas a otras; cada familia infeliz lo es a su manera»
Tolstói publicó Infancia en 1852, cuando aún era un joven escritor. No se trata, desde luego, de la más famosa ni la mejor de sus obras. Y, sin embargo, con ella inauguró una trilogía autobiográfica, continuada por Adolescencia y Juventud, que resulta imprescindible para comprender su figura.
Aunque, en rigor, no debe leerse como autobiografía literal, recoge muchas resonancias de su propia niñez aristocrática, marcada por la pérdida y los recuerdos.
«Feliz, feliz, irreparable tiempo el de la infancia», escribe Tolstói en el capítulo XV. Y añade una pregunta que revela el tono entero del pasaje: «¿Volverán alguna vez la frescura, la despreocupación, la necesidad de amor y la fuerza de la fe que se poseen en la infancia?».
Un niño huérfano entre recuerdos
Si para Machado la infancia era «recuerdos de un patio de Sevilla, / y un huerto claro donde madura el limonero», para León Tolstói (1828) lo era el salón familiar de su hogar de la nobleza rusa en Yásnaia Poliana.
Sin embargo, aquel paraíso de comodidades se truncaría pronto. Su madre murió cuando él era muy pequeño y su padre, cuando tenía nueve años.
León fue criado por familiares y, como cabía esperar, conservó siempre una relación compleja con la memoria del hogar perdido.
Años después se casó con Sofía Andréievna Behrs. Tuvieron trece hijos, aunque varios murieron. Su vida familiar fue intensa, fecunda y también conflictiva, como muestran sus diarios, sus cartas y, sobre todo, el final dramático de su matrimonio. Después de casi medio siglo de convivencia, el escritor abandonó en secreto el hogar conyugal a los 82 años, en plena noche, y murió pocos días después en una estación de ferrocarril, mientras su esposa intentaba llegar hasta él.
Un telón de fondo que ayuda a entender por qué la infancia aparece en Tolstói como un territorio de belleza y dolor.
Una «necesidad ilimitada de amor»
Infancia narra la vida de Nikólenka Irtenev, un niño sensible que observa a su familia, sus criados, sus juegos, sus primeras emociones, la figura materna y el descubrimiento de la pérdida. Tolstói se detiene en detalles mínimos: una habitación, una mirada, una oración, un gesto de ternura...
En el capítulo citado, la infancia aparece unida a «la alegría inocente» y a una «necesidad ilimitada de amor». También habla de la imaginación no corrompida del niño y de esa fe primera que mira el mundo sin cinismo.
Tardes largas, años cortos
La infancia, a ojos del escritor, es feliz, sí, pero irreparable. Porque no permite volver a ella, y porque lo que acontece en los primeros años perdura durante toda la vida adulta. Hace solo unas semanas, un estudio de Harvard venía a confirmar con papers científicos lo que Tolstói ya había constatado hace siglo y medio.
Y precisamente por eso, lo que acontece en el breve tiempo de la niñez debe cuidarse mientras ocurre. Una lección que muchos padres sólo comprenden demasiado tarde, cuando la infancia de sus hijos es ya un recuerdo.
Ahora que concluye el verano y comienza un nuevo curso, con sus ajetreos, sus prisas, sus trajines y sus extraescolares ocupando todo el horario disponible, la lección de Tolstói bien merece ser recordada. Que ya se sabe que, con los hijos cuando son pequeños, ocurre una paradoja: las tardes se hacen largas, pero los años se hacen cortos.