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La familia en una frase

Fiódor Dostoievski, novelista: «De la casa de mi infancia no he traído más que recuerdos preciosos»

Al final de Los hermanos Karamázov, Aliosha habla a unos niños de la fuerza salvadora de los buenos recuerdos, porque el propio Dostoievski sabía cuánto pesa la infancia en la vida adulta.

Aviso: si sigue usted leyendo se expone a un spoiler de libro, literalmente. En concreto, de una de las escenas finales y más conmovedoras de una de las grandes novelas de la historia de la literatura: Los hermanos Karamazov, de Fiódor Dostoievski.

Hecha esta aclaración, le desvelamos (o le recordamos, si ha tenido usted el acierto de sumergirse en esta obra magna de la novela rusa) que Dostoievski cerró Los hermanos Karamázov con una escena inesperada: no con los grandes adultos desgarrados de la novela, ni con uno de esos conflictos morales que retuercen al lector en su asiento a lo largo de la lectura. No: con un grupo de niños reunidos tras el funeral de Iliusha.

Allí, junto a una piedra, Aliosha Karamázov les dirige un discurso entre trágico y enternecedor sobre la importancia de la memoria, la bondad y la infancia que puede parecer fuera de lugar pero que en realidad estaba encapsulando el alma de la novela , y hasta la del propio autor.

En ese contexto aparece la idea central: no hay nada «más alto, fuerte, sano y útil para la vida futura» que un buen recuerdo, especialmente un recuerdo de infancia, de la casa paterna. En otro pasaje de la obra, la idea aparece aún con más precisión, el starets Zósima dice: «De la casa de mi infancia no he traído más que recuerdos preciosos».

Una novela sobre padres e hijos

Publicada entre 1879 y 1880,Los hermanos Karamázov es la última gran novela de Dostoievski. En ella aparecen un catálogo de personajes que forman parte ya del olimpo de los personajes literarios: un padre degradado, Fiódor Pávlovich, y sus hijos Dmitri, Iván, Aliosha y Smerdiakov. Los hermanos Karamazov.

La novela es una obra magna sobre la libertad, la culpa, la relación con Dios, la herencia moral de nuestros mayores y las heridas familiares.

Aliosha, joven novicio y discípulo de Zósima, es presentado por Dostoievski como el héroe de la novela. Y no por imponerse con violencia o fuerza, sino porque logra conservar una mirada compasiva en medio de una familia rota por el resentimiento, la sensualidad y la violencia.

La vida familiar de Dostoievski

Fiódor Dostoievski nació en Moscú en 1821. Su padre era médico y su madre murió cuando él tenía 15 años. Años después, el escritor sufrió cárcel, una condena a muerte conmutada en el último instante, trabajos forzados y una vida marcada por las deudas, la epilepsia y pérdidas de muy distinto signo.

Su segundo matrimonio con Anna Grigórievna fue decisivo para conformar, no sólo la vida de su hogar, sino la propia mirada del autor, que luego arrojaría sobre sus obras.

Ambos tuvieron varios hijos y, como tantas otras familias de la época, también conocieron el dolor de la muerte infantil. En 1878 murió su pequeño Alexéi, un hecho que golpeó profundamente al escritor, creando en su corazón, ya de por sí atormentado, el desasosegante clima espiritual que se respira en Los hermanos Karamázov.

Un buen recuerdo puede salvar

El discurso de Aliosha a los niños (del que no desvelaremos demasiados detalles) no idealiza la infancia. Una persona ha muerto; los niños han conocido la crueldad, la burla, la enfermedad y la pobreza. Pero Aliosha les pide que recuerden ese momento de unión, de amistad y de un dolor compartido hasta las lágrimas.

La idea que deja flotando, como todo Dostoievski, no se capta al primer vistazo de párrafo, sino rumiándola después: un buen recuerdo de la infancia puede convertirse en una reserva moral salvífica, en un puerto seguro y luminoso al que agarrarse incluso cuando un hombre adulto esté fuertemente tentado por el mal.

Su lectura, cuando uno se ha convertido ya en padre, permite extraer una consecuencia concreta: las familias no controlan toda la vida futura de sus hijos, ni pueden impedir que sufran el mal y la injusticia; incluso pueden ser causa de dolor, aun de forma inconsciente.

Sin embargo, los padres sí pueden sembrar memorias felices que actúen a modo de escudo, brújula, armadura y mapa de ruta cuando la vida adulta se ponga exigente.

Y basta, para ello, frecuentar espacios tan cotidianos como una sobremesa, una oración nocturna, un perdón a tiempo, una tarde de juegos, una palabra de consuelo, un guiño de confianza...

Dostoievski no ofrece, desde luego, una pedagogía optimista ni una literatura ligera. Sabe demasiado del mal enraizado en el corazón del hombre, y sus obras –Crimen y castigo, El jugador, El idiota...– dejan un cierto regusto amargo, e incluso aciago.

Pero precisamente por eso cobra tanto valor el peso que le da a una infancia con buenos recuerdos. Porque a veces, parece decir Dostoievski, una sola memoria, custodiada como una piedra preciosa, puede sostener en pie a un hijo incluso muchos, muchos años después.

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