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Las pataletas después del colegio son normales, sobre todo a inicio de curso

Las pataletas después del colegio son normales, sobre todo a inicio de cursoGetty Images / iStockphoto

La mejor manera de calmar las rabietas de después del cole, en sólo cinco pasos

Después de estos primeros días de colegio, todas las familias saben que hay niños que salen de clase sonrientes, tiran la mochila en el coche y empiezan a contar el día antes de abrocharse el cinturón... Y otros que cruzan la puerta de casa como una tormenta del verano que aún no se acaba: contestan mal, lloran por cualquier cosa o se enfadan por una merienda que no era la que esperaban.

En realidad, ambas reacciones son perfectamente normales. Y aunque los padres suelen recibir el segundo escenario con reprimendas o con preocupación, en la inmensa mayoría de las ocasiones no se trata, ni de mala educación, ni de problemas escolares camuflados. Es, simple y llanamente, cansancio acumulado.

Así lo explica la experta en familia Lisa Rowell en el portal norteamericano especializado en maternidad iMom. Y emplea una expresión que muchos psicólogos utilizan en inglés: after-school collapse. O sea, el colapso que aparece después del horario escolar, cuando un niño ha pasado el día siguiendo normas, gestionando situaciones sociales estresantes y conteniendo emociones hasta llegar a casa (o a los brazos de sus padres), que es su lugar seguro.

Como esta situación es especialmente frecuente en los primeros días –o incluso semanas– de colegio, Rowell da cinco claves para que los padres puedan manejar estas rabietas sin incrementar aún más el conflicto.

1. Detecta señales antes de que estalle

Las rabietas no suelen aparecer de la nada. El niño quizá no dice «he tenido un mal día», pero su cuerpo, explica Rowell, lo va revelando: va más callado en el coche, responde con irritación, mira mal o hacia el suelo según sale, se muestra hambriento, parece hiperactivo o especialmente susceptible...

Detectar esas señales, explica la autora, permite cambiar la mirada. No es lo mismo pensar «otra vez viene insoportable» que entender: «Viene sobrepasado».

2. No empieces con deberes ni interrogatorios

Al llegar a casa, muchos niños (como ocurre también con los adultos) necesitan primero aterrizar. Rowell recuerda que una investigación publicada en Psychoneuroendocrinology encontró aumentos significativos de cortisol, la hormona principal del estrés, en muchos niños pequeños durante las primeras semanas de colegio, e incluso niveles elevados durante meses.

Por eso recomienda 15 o 20 minutos de descanso, una merienda con proteína y una actividad de baja estimulación, como Lego, colorear o jugar fuera.

3. Ser faro, no socorrista

Cuando el niño estalla, no necesita un adulto que se meta en la ola de su emoción. Rowell emplea una imagen de lo más gráfica: los padres deben ser «el faro, no el socorrista».

Frases breves como «estoy aquí», «respira» o «parece que hoy ha sido difícil» ayudan más que un discurso, y desde luego, mucho más que un grito. A veces basta sentarse cerca, con la mirada a su altura, acariciar la espalda o permanecer en la habitación sin hablar demasiado.

4. Evitar las trampas de la rabieta

Como recuerda Lisa Rowell, el peor momento para educar suele ser cuando todos están más cansados. Por eso, conviene evitar sermones, castigos duros, sarcasmos, burlas o frases que avergüencen al niño.

En plena tormenta emocional, un niño no es capaz de escuchar con atención. La regla es sencilla: Primero se calma. Después se enseña.

5. Reconectar cuando pase

Cuando la rabieta termina, llega el momento de los padres. Sin dramatizar, se puede enseñar la moraleja mirando hacia futuras ocasiones: «Estabas muy enfadado. La próxima vez puedes respirar y decir: necesito calmarme».

Y también conviene señalar lo que sí hizo bien: si se calmó antes, si pidió espacio o si logró usar palabras normales en lugar de expresiones hirientes... Y después, volver a la normalidad. Porque ninguna rabieta dura eternamente, y es importante que el niño sepa que, ni siquiera cuando hace cosas malas, se desvanece el amor de sus padres ni la seguridad de su hogar.

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