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Marta, conocida en redes como @mommyseeker, junto a Álvaro y sus cinco hijos, cuyos rostros nos piden no compartir

Marta, 37 años y madre de cinco: «El momento perfecto para tener un hijo no existe; toca tirarse a la piscina»

Álvaro y Marta se casaron en 2014. Doce años después tienen cinco hijos de entre 11 y 3 años, y explican su secreto: «Si quieres ser feliz en tu matrimonio, preocúpate tú de hacer muy feliz al otro».

Dicen los datos, y es incuestionable, que en España cada vez nacen menos niños y se casan menos parejas. Y las razones que dan los expertos para explicar nuestro invierno demográfico y nuestra quiebra de nupcialidad son múltiples: los salarios, la vivienda, la cultura, los problemas para conciliar...

Sin embargo, cuando uno escucha a Marta Benedicto, de 37 años, contar cómo vive ella su matrimonio con Álvaro, de 41, y cómo es su día a día con cinco hijos –de 11, 9, 7, 6 y 3 años– es inevitable pensar que buena parte de esa crisis generacional tiene mucho más que ver con el modo de encarar la vida (y, por tanto, la vida en pareja) que con cualquier otra circunstancia.

Una impresión que comparten también los casi 62.000 seguidores que Marta tiene en su cuenta de Instagram, @mommyseeker, donde también comparte reflexiones sobre maternidad, matrimonio y familia.

–Cuando alguien te pregunta cómo puedes con cinco hijos, ¿Qué parte tiene que ver con la organización y qué parte con asumir que no vas a poder controlarlo todo?

–Es una combinación de ambas. Por supuesto la organización es importante, pero para poder disfrutar del proceso tienes que asumir que no vas a tener todo controlado, pero ni con un hijo. Es algo que la maternidad te obliga a aceptar y a asumir de manera drástica. Y cuando dejas de luchar contra eso y lo aceptas, empiezas a disfrutar mucho más del proceso. Para mí, la organización ayuda a que la familia funcione, pero aceptar el caos ayuda a disfrutarla.

–En redes hablas mucho de matrimonio. ¿Qué habéis descubierto después de cinco hijos que nadie os había dicho antes de casaros?

–Que aun viniendo de familias con valores muy parecidos, eso no implica que vayamos a estar de acuerdo en todo lo relacionado con los hijos. Antes de tenerlos, puedes pensar: «los educaremos así», pero luego aparecen situaciones reales, personalidades distintas, cansancio, circunstancias imprevistas… y cada uno tiene su manera de entender las cosas. Por eso, hemos aprendido que un buen matrimonio no consiste en estar de acuerdo en todo. Consiste en saber escuchar, ceder y confiar en el criterio del otro. Habrá veces en las que tendrá que ceder uno y otras en las que tendrá que ceder el otro. Lo importante es no convertir cada diferencia en una batalla que haya que ganar.

–¿Cómo conseguís seguir siendo, por así decir, marido y mujer, cuando los niños os reclaman todo el tiempo?

–Intentamos buscar momentos para nosotros, aunque no siempre es fácil. Hay etapas en las que parece que toda la logística de la casa gira alrededor de ellos y es facilísimo acabar hablando sólo de colegios, horarios, médicos o quién recoge a quién. Además, hemos pasado de tener una persona interna ayudándonos en casa a tener ayuda externa, y eso ha hecho que organizarnos para salir solos sea más complicado. Aun así, intentamos priorizar esos ratos porque son necesarios. Tampoco tienen que ser grandes planes: una cena tranquila, una Coca-cola rápida… todo vale con tal de tener un rato juntos. Al final se trata de recordar que antes de ser papá y mamá éramos Álvaro y Marta, y que cuidar eso es una forma de cuidar a nuestros hijos.

–A veces parece que los padres estamos super volcados en que el niño tenga constantemente experiencias, actividades, estímulos... Con cinco eso es casi imposible. ¿Crees que tener hermanos es también una forma de educar?

–Totalmente. Cuando eres padre o madre, de manera natural te sale querer darles lo mejor. El problema es que a veces confundimos «lo mejor» con darles más cosas, más planes o más estímulos que les descentran de lo importante. En nuestro caso, tenemos clarísimo que una de las mejores cosas que podemos haberles dado son sus hermanos. Tener hermanos significa aprender desde pequeño que no siempre eres el primero, que tienes que esperar, compartir, ceder, perdonar, ayudar… Y aprender a convivir con personas que tienen caracteres diferentes al tuyo, que es algo que les hará la vida más fácil el día de mañana.

Para mí, lo verdaderamente importante es que crezcan sabiendo que son queridos, en una familia estable, donde se sientan seguros y donde haya mucho cariño. Todo lo demás, como tener determinadas cosas o hacer determinados planes, me parece secundario.

A veces confundimos «darles lo mejor» con darles más cosas. Nosotros tenemos claro que una de las mejores cosas que podemos haberles dado a nuestros hijos son sus hermanos.

–Hay matrimonios que retrasan tener un segundo o tercer hijo hasta tener más dinero o un mejor trabajo. ¿Existe un «momento perfecto» para tener otro hijo?

–El momento perfecto casi nunca existe. Siempre podrías esperar a tener una casa más grande, un trabajo mejor, más dinero, más ayuda o una situación más cómoda. Y cuando ya tienes varios hijos, todavía menos, porque siempre encuentras alguna razón objetiva por la que parecería más sensato esperar.

Cada familia tiene sus circunstancias y no creo que se pueda juzgar esa decisión desde fuera, pero mirando nuestra experiencia creo que muchas veces hay que aceptar que nunca vas a sentir que lo tienes todo preparado. En algún momento toca tirarse a la piscina. Hay una frase que siempre se dice, con la que no puedo estar más de acuerdo: hay personas que se han arrepentido de no haber tenido otro hijo, pero no conozco a nadie que mire a uno de sus hijos y piense que se arrepiente de que esté.

–Pero cinco hijos implican también renuncias: dinero, viajes, tiempo libre, descanso, intimidad...

–Nunca hemos sido personas de grandes lujos, así que hay determinadas renuncias materiales que no nos han costado demasiado porque tampoco formaban parte de nuestra vida. La sensación de renuncia depende muchísimo de aquello a lo que estás acostumbrado antes. En mi caso, lo que peor llevo es el descanso. Soy muy dormilona y durante muchos años dormir ocho horas ha sido ciencia ficción... Eso sí que lo he echado de menos.

Pero hay otras cosas que desde fuera pueden parecer renuncias y que nosotros ni siquiera vivimos así. Evidentemente, nuestra vida sería mucho más fácil y más tranquila con menos hijos, pero también sería una vida completamente distinta. Y cuando ves lo que recibes a cambio, esas cosas dejan de contar como renuncias.

–Si pudieras sentarte cinco minutos con la Marta que estaba a punto de entrar en la iglesia en tu boda, ¿qué le dirías?

–Le quitaría de la cabeza una idea que tenemos muchos cuando nos casamos: pensar que Álvaro tiene la responsabilidad de hacerme feliz. Le diría justo lo contrario: si quieres ser feliz en tu matrimonio, preocúpate tú de hacer muy feliz a Álvaro. Y no olvides nunca Quién está en el centro, porque cuando Él está ahí, todo encuentra su lugar.

Con los años he entendido mucho mejor que la felicidad no aparece cuando estás permanentemente pendiente de lo que el otro hace o deja de hacer por ti. Aparece mucho más cuando sales de ti y empiezas a preguntarte qué puedes hacer tú por la persona que tienes al lado. Ese es el camino que te lleva al cielo y eso tampoco significa anularte, ni que sea fácil… Significa entender el matrimonio como una entrega mutua, no como una contabilidad de quién ha dado más. Y probablemente le diría que va a haber momentos maravillosos y otros difíciles, y que en ambos recuerde: «Formáis parte del mismo equipo».

–¿Qué quieres decir para terminar esta entrevista?

–Aprovecharía para decirle a los novios que aprovechen muchísimo esa etapa para conocerse y discernir bien. Que hablen mucho: de la familia, de los hijos, del dinero, del trabajo, de sus prioridades, de cómo imaginan su futuro, de las cosas importantes y de las aparentemente pequeñas. Y también les diría que sean novios. Que no tengan prisa por pasar a la siguiente etapa.

Sin ánimo de meterles miedo, como decía mi madre, con la elección de la persona con la que vas a compartir tu vida te estás jugando tu felicidad. Merece la pena dedicar tiempo a conocerse de verdad y no pasar por encima de ciertas diferencias, sólo porque estás enamorado. En definitiva, que disfruten del noviazgo, que se conozcan bien y no corran. La vida es muy larga y, por eso, merece la pena elegir muy bien con quién quieres recorrerla.