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La doctora Ana Isabel Sanz, psiquiatra experta en infancia y adolescencia

Ana Sanz, psiquiatra: «Un caso de bullying puede quedar asentado en los primeros quince días de curso»

La doctora Ana Isabel Sanz, experta en atención a la infancia y la adolescencia, explica que en las dos primeras semanas de clase puede quedar asentado un rol de acoso escolar, o repetirse el de años anteriores, si no se actúa a tiempo.

Aunque a la inmensa mayoría de los niños el arranque del curso escolar sólo les cuesta porque implica adaptarse de nuevo a los madrugones y recuperar los deberes, para otros es el inicio de un verdadero calvario diario, por culpa del acoso que llevan a cabo contra ellos alguno de sus compañeros. Porque, aunque sólo llevemos dos semanas de clase, el bullying ya puede haber comenzado.

Sin embargo, saber detectar un caso de acoso en este momento del curso puede ser de vital importancia para que vaya en aumento y el problema no se cronifique con el paso de los días.

Es lo que explica la doctora Ana Isabel Sanz, médico psiquiatra y psicoterapeuta, especializada en infancia y adolescencia, y directora del Instituto Psiquiátrico Ipsias.

–Aunque muchos padres piensen que todavía es pronto para que ocurran problemas serios en el colegio, ¿es posible detectar comportamientos relacionados con el acoso escolar ya desde estos primeros momentos del curso?

–Sí. El acoso en sus inicios puede originar múltiples señales en la conducta, en el estado de ánimo y en las relaciones sociales del niño. Pueden aparecer tristeza, apatía, irritabilidad, ansiedad y temores focalizados en la vida escolar.

También podemos encontrar síntomas físicos sin una causa médica aparente, como dolores de barriga, dolores de cabeza o molestias musculares. Estas somatizaciones son una forma de canalizar la ansiedad y pueden intensificarse precisamente en los momentos de regreso a las aulas. Por ejemplo, los domingos por la noche, los lunes por la mañana o después de las vacaciones.

–¿Hay otras señales que deban llamarnos la atención?

–Sí. Por ejemplo, una resistencia muy llamativa o una negativa rotunda a acudir al colegio, evitar sistemáticamente hablar de lo que ocurre allí, regresar con prendas o material deteriorado, o presentar arañazos u otras marcas físicas sin una explicación clara.

También la irritabilidad. Estar irritable es una manifestación de malestar a la que muchas veces prestamos menos atención que a la tristeza. Y podemos encontrar alteraciones del sueño, pérdida de apetito o determinados temores, como miedo a salir a la calle o a quedarse solo.

En los primeros 15 días de clase pueden reactivarse dinámicas de acoso que no se resolvieron antes del verano.

–Estos casos, ¿suelen ser, por así decir, «repeticiones» de acosos de años anteriores, o podemos detectar en sólo dos semanas de colegio señales de niños que sufren bullying por primera vez?

–Pueden darse las dos situaciones. En los primeros 15 días de clase pueden reactivarse dinámicas de acoso que no se resolvieron antes del verano. Los roles dentro del grupo pueden estar ya muy cristalizados y, si no se han tomado medidas correctoras, no desaparecen espontáneamente por haber pasado las vacaciones. Incluso pueden reaparecer con mayor intensidad.

Pero también puede establecerse una nueva dinámica de acoso en muy poco tiempo. En los primeros tres o cinco días de contacto pueden comenzar los tanteos mediante burlas, motes o empujones dirigidos a encontrar «un chivo expiatorio». Si el menor no muestra una respuesta efectiva de defensa, y el grupo valida la conducta del agresor, por ejemplo riéndose, el papel de víctima puede quedar fijado antes incluso del décimo día.

Entre ese momento y la primera quincena, las agresiones, las burlas o el ninguneo pueden empezar a repetirse y la dinámica queda ya establecida. Por eso es especialmente importante intervenir antes de que se vuelva rígida.

Además, las tecnologías han acelerado enormemente este proceso, y el ciberacoso a través de redes sociales o de WhatsApp extiende las agresiones durante las 24 horas del día y puede hacer que una situación de acoso quede establecida incluso durante la primera semana de curso.

En las primeras semanas, las agresiones, las burlas o el ninguneo pueden empezar a repetirse y la dinámica queda ya establecida. Por eso es especialmente importante intervenir antes de que se vuelva rígida.

–¿Pueden hacer algo los adultos, especialmente los profesores (porque son los que están en el centro) y los padres para corregir una situación de «agresión inicial» de forma que no derive en un acoso escolar asentado?

–Precisamente en estas primeras semanas existen herramientas que pueden ayudar a detectarlo. La sociometría, aplicada entre la segunda y la tercera semana de curso, permite conocer las relaciones de amistad, rechazo o aislamiento dentro del grupo. También es fundamental observar qué ocurre fuera del aula, especialmente durante el recreo o en los pasillos, e indagar directamente sobre cómo se siente cada alumno.

No debemos esperar a que estas situaciones se solucionen de forma espontánea. Hay medidas preventivas, como la figura del alumno ayudante o las tutorías entre iguales o entre profesor y alumno, y también resulta útil conocer las dinámicas previas del grupo a través de los tutores de cursos anteriores.

Los pediatras y los médicos pueden desempeñar igualmente un papel fundamental como detectores neutrales. Ante somatizaciones recurrentes, marcas físicas, retraimiento, irritabilidad, alteraciones del sueño, terrores nocturnos, enuresis (volver a hacerse pis) o pérdida de apetito, deberían preguntar directamente por la convivencia escolar.

–A veces, lo de «eso son cosas de niños» esconde cosas más serias. Pero ¿cuándo podemos saber que, en realidad, sí que son cosas de niños?

–Hay que diferenciar los desacuerdos y conflictos puntuales propios de la convivencia escolar de una situación de acoso.

El acoso es una conducta que se repite en el tiempo y en la que existe un desequilibrio de poder entre el agresor y la víctima, así como una intención manifiesta de causar daño.

Además, la víctima no es capaz de salir por sí misma de esa espiral y la dinámica puede verse sostenida por espectadores que animan o simplemente no intervienen.

Por eso, una situación de acoso no puede resolverse como una simple negociación entre dos niños que han tenido un conflicto. Son realidades diferentes.

Considerar el acoso como «cosas propias de la edad» puede invisibilizar un problema capaz de dejar consecuencias muy graves en la persona que lo está sufriendo.

–¿Y qué deben hacer los padres cuando su hijo les cuenta lo que está sufriendo en el colegio?

Lo primero es reconocer explícitamente la valentía y madurez que ha demostrado al contarlo. En ese momento necesita unos primeros auxilios emocionales basados en una escucha atenta, serena y sin interrupciones, acompañada de un lenguaje corporal receptivo.

Cuando termine de hablar debemos validar su malestar, dejarle claro que la culpa no es suya, agradecerle la confianza y transmitirle que no tendrá que solucionar solo el problema.

Hay reacciones que debemos evitar: perder el control, reaccionar con ira o llanto, interrogarle mediante reproches, poner en duda lo que cuenta o minimizarlo con expresiones como «son cosas de niños», por ejemplo.

Tampoco ayudan consejos como «defiéndete» o «ignóralos», porque pueden reforzar precisamente el sentimiento de debilidad e incapacidad que ya experimenta la víctima.

Y es importante que los adultos no tomen todas las decisiones unilateralmente sin contar con el menor. La búsqueda de soluciones debe plantearse como un proceso en equipo.