«Siento que ya no nos amamos, que se nos ha acabado el amor» le decía Marisa a la terapeuta Marta Ruiz de Azcárate
Consultorio Familiar
«Ya no siento nada por mi marido: ¿Se nos ha acabado el amor?»
La terapeuta familiar Marta Ruiz de Azcárate, especialista en acompañamiento y duelo, y autora de Cambiando el foco, responde a la pregunta que Marisa, una mujer casada, le ha hecho en consulta.
«Marta, ya no siento nada. Ya no nos amamos. ¿Se nos ha acabado el amor?». Esto me decía Marisa, llorando y con lágrimas en los ojos. Porque, efectivamente, sentir que el amor se ha acabado causa mucho sufrimiento a las personas. ¿Pero qué significa que el amor se acaba?
Quizá lo primero que tenemos que preguntarnos es qué entendemos por amor. Porque si el amor fuera solamente un sentimiento, entonces sí tendría sentido pensar que se acaba. Hoy siento mucho, mañana siento menos y pasado mañana puede que no sienta nada.
Pero el amor es mucho más que un sentimiento. El amor también implica inteligencia, voluntad y libertad. Es la decisión de buscar el bien del otro y entregarme a él, incluso cuando mis sentimientos no acompañan.
Y aquí hay algo todavía más profundo desde nuestra mirada cristiana: el amor no nace de la nada. Hemos sido creados por amor y para amar y ser amados. Nuestra capacidad de amar tiene una fuente que no se agota en nosotros mismos. Dios es amor y, por eso, cuando amamos de verdad, participamos de algo que nos precede y nos supera.
Entonces, ¿qué le ha pasado a Marisa?
Durante años había entendido que amar a Eduardo significaba olvidarse de sí misma. Preparaba un aperitivo y una cena de picoteo para ver el fútbol con él, aunque a ella no le apeteciera especialmente. Lo hacía porque sabía que para Eduardo esos momentos eran importantes. Y ocurrió algo precioso: con el tiempo, empezó incluso a disfrutar viendo disfrutar a Eduardo.
Eso también es amor.
El problema llegó cuando confundió «olvidarse de uno mismo» con «dejar de tenerse en cuenta».
Ella había dejado de escucharse. No sabía qué necesitaba, qué le gustaba, qué le hacía bien o qué límites necesitaba poner. Había convertido la entrega en una desaparición de sí misma. Y, poco a poco, se fue quedando vacía.
Pero no hemos sido creados para vivir vacíos.
Para poder entregarme necesito conocer quién soy. Reconocer mis necesidades, mis capacidades y mis límites. Necesito aprender a recibirme como un don y a reconocer que soy digno de ser amado.
Para poder entregarme al otro necesito conocer quién soy. Necesito reconocer mis necesidades, mis capacidades y también mis límites. Necesito aprender a recibirme como un don y a reconocer que yo también soy alguien digno de ser amado.
Solo desde ahí puedo entregarme libremente. Porque amar no significa desaparecer para que exista el otro. Significa poder decir «yo» y, desde ese «yo», entregarme a un «tú».
Por eso, para amar verdaderamente al otro, también tengo que aprender a amarme a mí mismo. No desde el egoísmo, sino desde la verdad de quien se sabe amado por Dios.
¿Y a Marisa? No se le había acabado el amor.
Se le había agotado una manera de entenderlo.
Había confundido amar con olvidarse de sí misma y, al hacerlo, había dejado de tener fuerzas para seguir eligiendo el amor.
Porque el amor no se acaba.
Pero a veces necesitamos volver a la fuente.
* Marta Ruiz de Azcárate es terapeuta matrimonial, especialista en duelo, madre de cuatro hijos, autora de Cambiando el Foco y creadora de contenido en Instagram.