«Sólo hay un camino para conseguir tener paz en el matrimonio: darse al otro» dice Contreras Luzón
Consultorio Familiar
«¿Cómo puedo recuperar la felicidad y la tranquilidad en mi matrimonio?»
El orientador, conferenciante, escritor y mediador familiar José María Contreras Luzón responde a las preguntas de los lectores de El Debate, en este caso, sobre la entrega en la vida conyugal.
¿Es posible volver a tener felicidad en mi matrimonio? No es que tengamos problemas severos, más allá de las cosas corrientes de todo el mundo. Me refiero a la felicidad entendida como una cierta paz de espíritu, a tranquilidad y seguridad. Cada vez pienso más en mi vida y no consigo encontrar esa felicidad que un día tuve, pero no sé por qué.
Muchas gracias por su pregunta. Como no da muchos detalles, sólo puedo responderle con cierto carácter general, y recomendarle que si hay alguna situación más concreta, se ponga de nuevo en contacto conmigo o con otro profesional de la mediación y la terapia familiar.
Lo cierto es que lo que comenta no es tan infrecuente. Porque todos los seres humanos tenemos una tendencia a la felicidad. Todo el mundo quiere ser feliz. Todos los padres queremos que nuestros hijos sean felices. En este terreno no existen diferencias entre culturas, lenguas, ni razas: todo el mundo tiende a la felicidad.
Es más, nadie que no estuviera enfermo mental podría dejar de tender hacia la felicidad. Es una necesidad vital.
La cuestión es que todos nos forjamos una idea de felicidad, de lo que nos gustaría que fuera, y cuando nos acercamos a algo que pensamos que nos la puede dar, enseguida nos damos cuenta... de que no es lo que buscábamos. Dudamos y decimos: «No, no era esto, quizá sea esto otro…».
Nos empleamos entonces a fondo persiguiendo algo más, esperando que otras cosas nos traigan la felicidad. Queremos que las situaciones se acomoden a esa idea que nosotros tenemos. Pero no la podemos alcanzar. Parece un objetivo inalcanzable, y eso mismo lo hace atractivo.
Pero la felicidad no se puede perseguir como objetivo. La felicidad es lo que sobreviene como consecuencia de una manera de vivir. Podemos decir que es un efecto secundario. El resultado de una forma de vida.
La felicidad no es un estado de ánimo, sino algo más profundo. Un buen estado de ánimo es lo que buscamos ansiosamente las personas cuando la infelicidad nos inunda, o cuando la falta de paz interior se hace insoportable.
Ese es el motivo por el que muchos se refugian en adicciones y recurren a las drogas, al alcohol, al sexo, a somníferos o a otros analgésicos de la conciencia y el pensamiento, que traigan si no paz, al menos, serenidad.
El problema es que todo esto son parches, porque en el momento que dejen de hacer efecto volverá el desasosiego, que no es más que un síntoma de la falta de paz interna que tenemos.
En la vida, y sobre todo en el matrimonio y en la vida familiar, sólo hay un camino para conseguir tener paz: darse al otro, entregarse a los demás.
Esta es una señal de que no estamos en el camino correcto.
Porque en la vida, y sobre todo en el matrimonio y en la vida familiar, sólo hay un camino para conseguir tener paz: darse al otro, entregarse a los demás.
Esa entrega tiene un orden. Primero, lo más cercano. Hay muchas personas que tienen una gran preocupación por lo lejano, y en cambio su pareja y sus hijos están desatendidos en lo fundamental. O sea, en su interioridad, en su comprensión... en definitiva, en sentirse queridos.
«Preocúpate de lo lejano, pero ocúpate de lo cercano» sería un buen lema. Porque no es cuestión de aislarnos de todo para centrarnos en nuestro entorno, pero el orden racional exige empezar por lo que tenemos a mano.
Aunque no da demasiados detalles de su caso concreto, como norma general, no pensar en uno mismo es muy eficaz: genera paz.
El desasosiego, la lucha, los malos humores, la ansiedad, el estrés, la angustia... provienen muchas veces de quedarse en uno mismo, de no querer compartir, de entregarse con cuentagotas, de vivir los valores lo mínimo e indispensable, justo hasta donde no me remuerda la conciencia y nada más.
¡Cuánto medimos nuestra entrega! Por lo común, no renunciamos ni a un ápice de comodidad. Nada de lucha, de esfuerzo. ¡Nada de excesos! Evitar darme o pensar en los demás porque no es el momento: «¡Cómo voy a hacer esto a esta hora, en estos días!».
Ayudar a los demás, entregarnos a ellos (empezando por nuestra familia, por nuestro cónyuge) no depende de cuándo nos venga bien a nosotros, sino de cuándo los demás nos necesiten.
Si sólo queremos estar presentes a horas en que nos convenga a nosotros, ¡es imposible dar buen servicio! ¿Realmente existen esas horas?
Decía Séneca que no es que no intentemos las cosas porque son difíciles; sino que son difíciles porque no las intentamos.
Creo de verdad que en esta vida se puede conseguir una cuota de felicidad bastante buena. Pero depende de dónde pongamos el punto de mira: en los demás, o en nosotros.
Estar pendiente de nuestra mujer o de nuestro marido es de tal eficacia que genera un estado de alegría y paz que se trasmite a toda la familia.
Ésa es la cuestión, por muchas vueltas que le demos. ¡No nos engañemos!
Si dejamos de estar pendiente de los demás, la desidia y el aburrimiento terminan arruinando la vida de familia, empezando por el matrimonio.
* José María Contreras Luzón es escritor, conferenciante y asesor personal y familiar. Su email para consultas de pareja y familia es: conluz2000@gmail.com