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Busto de Sófocles

Busto de SófoclesGetty Images/iStockphoto

La Familia en una Frase

Sófocles, dramaturgo: «Será hermoso para mí morir como una amante hermana de mi amado hermano»

Antígona es, sin duda, una de las grandes figuras de la literatura universal. Escrita en el siglo V antes de Cristo, este auténtico drama griego relata la historia de una joven sobrevenida en heroína, que se atreve a desobedecer las normas legales para ser fiel a la ley natural que conlleva la protección y honra de la familia, incluso cuando el poder político le ordena hacer lo contrario.

En síntesis (y sin spoilers), la historia cuenta cómo los dos hermanos de Antígona, Eteocles y Polinices, han muerto enfrentados. Creonte, nuevo rey de Tebas, permite honrar a uno pero prohíbe enterrar al otro.

Para rizar el rizo, el hijo del tirano, de nombre Hemón, es a su vez el prometido de la joven protagonista.

Lealtad entre los hermanos

Antígona, a pesar de tenerlo todo en contra, desobedece la orden de Creonte. Y no por una rebeldía adolescente, sino por fidelidad a su familia, incluso a aquellos que ya no están vivos. Fallecidos también sus padres, enterrar al hermano muerto es para ella un deber sagrado, una muestra última de lealtad a sus raíces y su hogar.

Así, cuando Creonte intenta reducir su gesto a un desafío político, Sófocles pone en su boca una frase inmortal: «No nací para compartir el odio, sino el amor».

Y va más allá cuando responde a su propia hermana Ismena –el contrapunto de Antígona, que sí está dispuesta a plegarse a la injusta prohibición de Creonte–: «Será hermoso para mí morir cumpliendo ese deber. Así reposaré junto a él, amante hermana con el amado hermano; rebelde y santa por cumplir con todos mis deberes piadosos; que más cuenta me tiene dar gusto a los que están abajo, que a los que están aquí arriba, pues para siempre tengo que descansar bajo tierra».

Una hermana frente al Estado

Sófocles nació en Colono, cerca de Atenas, hacia el 496 a. C. Fue uno de los grandes trágicos griegos, junto a Esquilo y a Eurípides, y su nombre está para siempre ligado a obras inmortales como Edipo Rey, Electra, Filoctetes o Ayax.

Antígona es, probablemente, la más famosa de todas sus tragedias, y fue representada ya en el siglo V a. C., como parte del llamado ciclo tebano, que continúa la maldición de la casa de Edipo.

La obra no es, por su propia naturaleza, un tratado familiar ni unas memorias autobiográficas de su autor, pero sí es considerada una de las tragedias clásicas más solemnes y explícitas sobre la importancia de la fidelidad fraterna y de los lazos familiares: hermanos, padres, hijos, prometidos, padres, incluso ciudad, ley divina y ley humana.

La intromisión del poder en la familia

Antígona no niega la importancia de la polis, ni de los asuntos públicos. Lo que rechaza es que el poder pueda de forma arbitraria irrumpir en la vida familiar e incluso someter las creencias religiosas de los individuos, hasta el punto de profanar la memoria de los muertos.

Tampoco exculpa ni mitifica a los de su propio linaje. La joven sabe que sus hermanos han cometido errores, lo asume sin excusas ni victimismos... pero recuerda que siguen siendo sus hermanos. Por eso, considera que ni su memoria ni su cuerpo pueden quedar abandonados como si los lazos entre ambos hubieran desaparecido por decreto.

El paralelismo con la cultura actual y con los intentos del poder por reescribir la memoria, inmiscuirse en la intimidad de las familias e imponer medidas arbitrarias que expropian a los individuos de sus raíces es más que evidente.

Y no se trata únicamente de denunciar las medidas coercitivas impulsadas desde el poder. El propio humus social de nuestros días parece animar a romper nuestras relaciones y compromisos; a «aprender a soltar» y a «dejar ir»; a desdibujar la lealtad cuando las obligaciones que implican parecen demasiado exigentes: matrimonio, paternidad, familia extensa...

Con su alegato, la Antígona de Sófocles (y Sófocles en Antígona) recuerda que no toda libertad consiste en desatarse, y que la fidelidad a la familia puede exigir, en ocasiones, desafiar los delirios totalitarios y tiránicos de quienes detentan el poder.

Que hoy, como hace 2.500 años, la familia sigue siendo, para la mayoría de las personas, un último espacio de libertad, un reducto para la conciencia recta y un acicate para el valor.

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