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Familia y EscuelaCándida Filgueira, doctora en neurociencia*

¿Por qué los adolescentes se sienten más solos si están más conectados que nunca?

La doctora en Neurociencias Cándida Filgueira Arias responde a «la paradoja de la soledad adolescente» y revela el papel que deben jugar los padres y la escuela en esta cuestión crucial.

Uno de cada cuatro jóvenes de entre 16 y 29 años afirma sentirse solo, según el Observatorio Estatal de la Soledad No DeseadaGetty Images / iStockphoto

Nunca antes los adolescentes habían estado tan comunicados y, paradójicamente, nunca se habían declarado tan solos. Mensajes que no cesan, grupos de chat, historias efímeras y contadores de seguidores han multiplicado el número de contactos, pero no siempre la calidad de los vínculos.

En España, según el Observatorio Estatal de la Soledad No Deseada (2023), uno de cada cuatro jóvenes de entre 16 y 29 años afirma sentirse solo en la actualidad. No es un fenómeno marginal, sino una señal de alarma que familias, centros educativos y profesionales de la Psicología y la Educación no podemos ignorar.

La tendencia no es solo española. Twenge et al. (2021) comprobaron que la soledad en el entorno escolar aumentó de forma notable entre 2012 y 2018 en 36 de los 37 países analizados, un periodo que coincide con la generalización del smartphone. Conviene ser prudentes: coincidir en el tiempo no es demostrar una causa. Pero el dato importa porque la soledad prolongada no es un simple estado de ánimo; se asocia con un mayor riesgo de mortalidad y con peor salud física y mental (Holt-Lunstad et al., 2015).

La adolescencia constituye además una etapa especialmente sensible a este fenómeno. Durante estos años, la necesidad de pertenencia al grupo y de reconocimiento por parte de los iguales adquiere una importancia central para la construcción de la identidad. Por ello, las experiencias de exclusión, rechazo o aislamiento pueden vivirse con una intensidad especialmente elevada y dejar una huella significativa en el bienestar emocional.

La paradoja de la soledad digital

Para entender la paradoja, hay que distinguir entre estar solo y sentirse solo. La soledad no deseada aparece cuando existe una distancia entre las relaciones que se desean y las que realmente se tienen.

En este punto, Turkle (2011) advierte de que esperamos cada vez más de la tecnología y cada vez menos de los demás: la conexión permanente puede sustituir las conversaciones profundas por intercambios rápidos, fáciles de abandonar y difíciles de convertir en confianza. A ello se suman la comparación constante con vidas editadas, el miedo a quedarse fuera y la exposición pública de la propia imagen. Primack et al. (2017) observaron que los jóvenes adultos con mayor uso de redes sociales presentaban más probabilidades de percibir aislamiento social.

Esperamos cada vez más de la tecnología y cada vez menos de los demás: la conexión permanente puede sustituir las conversaciones profundas por intercambios rápidos.

Además, la popularidad digital no siempre equivale a cercanía emocional. Acumular seguidores, reacciones o comentarios puede generar una sensación momentánea de reconocimiento social, pero no garantiza la existencia de relaciones de confianza capaces de proporcionar apoyo cuando aparecen las dificultades. Es posible estar permanentemente conectado y, sin embargo, sentirse profundamente solo.

Sin embargo, demonizar la tecnología sería un error. Orben y Przybylski (2019) mostraron que la asociación entre el uso de tecnología digital y el bienestar adolescente es real, pero de magnitud muy reducida. Y Valkenburg y Peter (2007) señalaron que comunicarse en línea con amigos que ya se tienen puede reforzar la cercanía y el bienestar.

La cuestión, por tanto, no es solo cuánto tiempo se pasa conectado, sino para qué, con quién y a costa de qué. El propio estudio del Observatorio (2023) ofrece una pista: apenas la mitad de los jóvenes que se sienten solos se relaciona principalmente de forma presencial, frente a casi el 80 % de quienes no experimentan esa soledad. La pantalla no crea el vacío, pero puede ocupar el lugar de lo que lo llenaría.

Señales de que algo no va bien

¿Qué podemos hacer? En primer lugar, saber mirar. El aislamiento, los cambios en el sueño, la irritabilidad, el abandono de aficiones o el uso nocturno del móvil pueden ser señales de que algo no va bien. Conviene tomárselas en serio sin invadir: preguntar con interés, escuchar sin juzgar y evitar convertir la conversación en un interrogatorio.

Valkenburg y Peter señalaron que comunicarse en línea con amigos que ya se tienen puede reforzar el bienestar. La cuestión no es solo cuánto tiempo se pasa conectado, sino para qué, con quién y a costa de qué.

En segundo lugar, cuidar los vínculos presenciales. El deporte, la música, el voluntariado o el simple hecho de comer juntos sin pantallas crean experiencias compartidas que ninguna red puede sustituir. Los adultos tenemos aquí una responsabilidad de ejemplo: difícilmente pediremos a un adolescente que deje el teléfono si nosotros no lo dejamos.

En tercer lugar, actuar desde la escuela. Los centros educativos son, a menudo, el principal espacio de relación de los adolescentes. La tutoría, la orientación psicoeducativa, la prevención del acoso y la mediación entre iguales son herramientas decisivas. No es un detalle menor que, según el mismo informe, haber sufrido acoso escolar o laboral sea casi el doble de frecuente entre los jóvenes que se sienten solos (58 %) que entre los que no (32 %).

La escuela puede desempeñar además un papel protector fundamental cuando favorece un auténtico sentimiento de pertenencia. Los estudiantes que se sienten escuchados, reconocidos y valorados por sus compañeros y profesores tienen más probabilidades de desarrollar vínculos significativos y menos riesgo de experimentar aislamiento social.

Finalmente, educar la competencia emocional y digital. Enseñar a los adolescentes a reconocer lo que sienten, a pedir ayuda y a distinguir entre un contacto y un amigo es tan importante como enseñarles a proteger su privacidad en la red.

La soledad adolescente en la era digital no se resuelve con más conexiones, sino con mejores vínculos. Frente al ruido de las notificaciones, familias y escuelas tienen el reto y la oportunidad de ofrecer lo que ninguna pantalla puede dar por sí sola: presencia, escucha y pertenencia.

Porque un adolescente no deja de sentirse solo cuando recibe más mensajes, sino cuando descubre que forma parte de una red de apoyo real, cercana y significativa.

* Cándida Filguera Arias es doctora en Neurociencias y profesora en la Universidad CEU San Pablo, especialista en Psicología Evolutiva y de la Educación.