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Un embriólogo muestra un criovial lleno de "muestras biológicas criopreservadas": embriones humanos

Un embriólogo muestra un criovial lleno de «muestras biológicas criopreservadas»: embriones humanosGetty Images

¿Qué hacemos con los embriones congelados? Un debate en Estados Unidos afronta la «adopción embrionaria»

Aunque durante décadas ha sido el clamor de una voz en el desierto, el problema de los embriones congelados ya no pertenece únicamente al debate moral de la Iglesia católica.

La expansión de la fecundación in vitro en todo el mundo ha creado una cuestión bioética, jurídica e incluso económica que afecta también a clínicas, juristas y sociedades científicas: qué hacer con los embriones que permanecen durante años almacenados en estado de criopreservación, cuando sus progenitores ya no desean «utilizarlos» o dejan de responder a los centros.

El último debate en torno a la cuestión tuvo lugar hace pocos días en Estados Unidos. Más en concreto, el 22 de octubre en el Santuario Nacional de San Juan Pablo II, en Washington, donde los bioeticistas John Haas y Elizabeth Rex debatieron sobre la llamada «adopción embrionaria»: transferir a una mujer un embrión concebido mediante FIV por otras personas, para permitir su gestación y nacimiento.

Haas, presidente emérito del National Catholic Bioethics Center, sostuvo que esa transferencia no sería moralmente lícita. Rex, investigadora asociada del Charlotte Lozier Institute, defendió que, una vez concebido, el embrión existe con independencia del procedimiento que le dio origen y puede ser considerado un paciente necesitado de asistencia.

Millones de embriones congelados

La discusión trasciende el ámbito religioso. La American Society for Reproductive Medicine reconoce que los embriones no reclamados constituyen «una carga para los programas de reproducción asistida». Su comité de ética advierte de que mantener indefinidamente embriones criopreservados resulta «caro» y puede ser «logísticamente impracticable» cuando los pacientes no pueden ser localizados o dejan de pagar las cuotas de conservación. Algo que obliga a los centros a tomar la controvertida decisión de destruir lo que sabe que son: vidas humanas.

La propia ASRM estimaba en 2020 que Estados Unidos acumulaba ya más de un millón de embriones congelados, mientras seguían incorporándose nuevos cada año.

En una laguna que parece más intencional que accidental dado el estricto control que rige la industria de la fecundación artificial, actualmente no existe un registro mundial que permita conocer con rigor cuántos permanecen actualmente almacenados en todo el planeta.

Cien mil abandonados en España

España ofrece una fotografía especialmente significativa. El Registro Nacional de Actividad 2023 de la Sociedad Española de Fertilidad contabilizó 916.190 embriones almacenados a 31 de diciembre de aquel año. De ellos, 675.880, el 73,8 %, llevaban criopreservados dos años o más.

El Instituto Bernabeu estima que alrededor de 100.000 se encuentran en situación de abandono o sin una decisión efectiva de sus progenitores.

El propio centro, cuyo negocio son las técnicas de fecundación artificial, ha advertido de que la conservación de estos embriones humanos –seres humanos en pleno desarrollo– implica espacio, tanques de nitrógeno líquido, mantenimiento permanente e instalaciones específicas.

No es la única voz de la industria que plantea el problema: también la Asociación para el Estudio de la Biología de la Reproducción ha alertado de la creciente acumulación de embriones sin finalidad reproductiva.

Cuatro posibles destinos

La legislación española contempla cuatro opciones para los que denomina –en un juego de palabras con más carga ideológica que científica– «preembriones» crioconservados: utilizarlos por la propia mujer o su cónyuge, donarlos con fines reproductivos, destinarlos a investigación o cesar su conservación. O sea, matarlos.

La decisión debe renovarse periódicamente y, tras dos intentos consecutivos sin respuesta, pueden quedar a disposición del centro.

Es aquí donde, ahora, aparece el dilema. Donarlos para que otra mujer los geste –la denominada adopción embrionaria– evita su destrucción, pero abre nuevas preguntas sobre filiación, gestación y reproducción artificial. Mantenerlos congelados indefinidamente tampoco resuelve el problema.

Es en este marco donde el debate celebrado en la capital de Estados Unidos tiene lugar.

En contra: práxis «moralmente ilícita»

Tal y como informó la agencia AciPrensa, John Haas, presidente emérito del Centro Nacional Católico de Bioética de Estados Unidos, defendió que la adopción de embriones es moralmente ilícita, porque exige la transferencia artificial de un embrión congelado al útero de una mujer que no tiene ningún vínculo biológico con el niño por nacer.

A su juicio, esta práctica no sólo viola la enseñanza de la Iglesia sobre la ética sexual en el matrimonio sino que pone deliberadamente en peligro la vida de los embriones durante el proceso de descongelación.

Por ese motivo, Haas sostuvo que la única solución moral ante el dilema de qué hacer con los embriones congelados es mantenerlos congelados, porque tanto traerlos a la vida como deshacerse de ellos sería ilícito.

En apoyo de su postura citó la instrucción Donum vitae, de 1987, que afirma: «Por haber sido producidos in vitro, estos embriones, no transferidos al cuerpo de la madre y denominados embriones sobrantes, quedan expuestos a una suerte absurda, sin que sea posible ofrecerles vías de supervivencia seguras y lícitamente perseguibles».

Rex: el congelador equivale a un aborto

En el otro lado del debate, Elizabeth Rex, investigadora asociada del Charlotte Lozier Institute, defendió la adopción de embriones y recordó que ni siquiera el Vaticano se ha «pronunciado nunca formalmente en contra de la transferencia o la adopción de embriones».

Rex asume que la enseñanza de la Iglesia según la cual la fecundación in vitro es inmoral. Sin embargo, sostiene que el proceso de la fecundación in vitro y la transferencia del embrión al útero materno no deben separarse.

«Van de la mano –expuso–. No se realiza una FIV simplemente para dejar [al embrión] en una placa de Petri o guardarlo en un congelador. Eso equivaldría a un aborto», afirmó. «El bebé moriría. Por tanto, una vez concebido, el bebé necesita ser transferido al útero. Es una persona. Es un niño. Es un paciente que requiere asistencia médica. Y eso es precisamente lo que enseña la Iglesia al respecto», añadió.

Necesidad de un acuerdo internacional

Más allá del ámbito eclesial, la solución propuesta por Rex (que exigiría, para ser efectiva, una moratoria internacional para dejar de «producir» más embriones congelados) entra de lleno en las respuestas que las propias empresas que mueven esta industria necesitarían adoptar: ¿destruimos vidas humanas, o tratamos de salvarlas?

El debate de Washington parte, sí, de argumentos católicos, pero la pregunta que plantea alcanza mucho más lejos: qué responsabilidad tienen padres, clínicas y la sociedad en su conjunto sobre cientos de miles de embriones humanos (tal vez, millones) creados en laboratorio y cuyo destino lleva años dejándose, irresponsablemente, suspendido en el aire de nitrógeno líquido de un bidón congelador.

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