El consejo de un marido tras 11 años casado: «Si no estás dispuesto a asumir lo que implica, no te cases»
José Francisco Trigueros, divulgador especializado en matrimonio, paternidad y masculinidad, y que suma más de 82.000 seguidores en su cuenta @elmaridodelarubia, asegura que «el matrimonio no es para pusilánimes: es para valientes que están dispuestos a olvidarse de sí mismos»; y por eso es contundente: «Mal vivido, también puede convertir esta vida en un infierno»
José Francisco Trigueros, conocido como @elmaridodelarubia, y su esposa Jeannine
El sábado 17 de octubre, mi mujer y yo celebramos (y digo bien, «celebramos», y no «lamentamos», como más de uno podría pensar) 11 años de casados. Y lo hicimos como cada año, renovando los votos en una Eucaristía.
Después de más de 10 años, uno ya sabe un poco cómo es el matrimonio: que no es de color rosa pastel, sino rojo pasión. Pero una «Pasión» como la del Señor, con mayúscula, donde entregas tu misma vida por el otro y se acepta el sufrimiento por amor.
Esa es la gran paradoja de la vida: que quien pretende retenerla ávidamente para sí, se le pudre entre las manos; pero quien decide perderla, entregándola o sacrificándola por los demás, la encuentra verdaderamente.
Cada vez estoy más convencido de que no existe el matrimonio perfecto. En su grado máximo, sólo existe el matrimonio santo (o más bien, en camino de serlo). Porque no hay nadie perfecto con quien convivir sin ofenderse, sin discutir, sin sufrir y sin renunciar. El matrimonio es vivir fiel a la cruz que te llevará al cielo.
Pero la del matrimonio es una cruz hermosa, grandiosa y gloriosa, aunque cruz al fin y al cabo: también es pesada, áspera y a veces dolorosa. Y es aquí donde está la diferencia entre los que fracasan y los que triunfan: en ser capaces de aceptar esa cruz y llevarla con amor, en lugar de detestarla y arrojarla al suelo. Incluso para quien no crea en Dios ocurre de igual modo.
Hay que aprender a amar su peso, a abrazarla en lugar de arrastrarla, hasta descubrir que no la llevas solo. Como sabemos quienes nos casamos por la Iglesia, Dios lleva el peso... si tú le dejas.
El rito croata del matrimonio destaca que los cónyuges son una cruz el uno para el otro, pero una cruz que es tu salvación, y a la que eliges atarte libremente. Tú cargas con tu esposa, ella carga contigo, y Cristo carga con ambos. Porque de eso va el matrimonio: «De dos en Dios», como diría mi amigo Javier Vidal-Quadras.
Está claro que el matrimonio no es fácil ni cómodo. De hecho, es difícil y duro (como las cosas que valen la pena en esta vida) y pone a prueba tus límites.
El matrimonio no es para pusilánimes: es para hombres (y mujeres) valientes que están dispuestos a olvidarse de sí mismos, de lo que sienten y de lo que les apetece, para materializar la entelequia del «amor» en actos concretos de servicio y entrega de sí mismos. Te hace salir de ti mismo para encontrarte cada día con la persona más fascinante del mundo: tu esposa.
Vivido así, el matrimonio es maravilloso y se convierte, sin duda, en un anticipo del Cielo. Pero mal vivido, también puede convertir esta vida en un infierno. Así que aviso a navegantes solteros: elige bien con quién te casas (no te precipites) y asume de antemano todo lo que implica el compromiso del matrimonio. Y si no, mejor no te cases.
Hacer feliz a la mujer con la que estás casado es un arte que requiere de grandes dosis de ingenio, muchas horas de estudiar a tu esposa y la práctica constante de las virtudes.
Hacer feliz a la mujer con la que estás casado es un arte que requiere de grandes dosis de ingenio, muchas horas de estudiar a tu esposa y la práctica constante de las virtudes.
Y no es tarea sencilla cuando convivimos a diario con el trabajo, el cansancio, los hijos, la rutina y el estrés. Pero si logras que Dios sea el centro de tu vida, que la primera persona del mundo sea tu esposa, y vives sabiendo que tu vida es para ella, estoy seguro de que lo conseguirás.
Quiero concluir con una frase de mi queridísimo san José a la Virgen María, del libro La mística ciudad de Dios. Es una frase que, de verdad, creo que todos los maridos deberíamos tener enmarcada en nuestro salón, para recordar cada día el sentido de nuestra vida y de nuestro matrimonio.
Y permítanme que, como regalo de aniversario, se la dedique también a mi amadísima y santa esposa Jeannine, con la que soy tan feliz y por la que doy gracias a Dios todos los días, y por estos 11 años de matrimonio: «Tengo el ser y la vida para servirte».