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Inma González

Inma González, terapeuta especialista en duelo, explica cómo afrontar la muerte inesperada de un familiar

Inmaculada González, terapeuta especialista en duelo y creadora del programa Amor o Temor, explica por qué una muerte inesperada puede quebrar la sensación de seguridad y cómo acompañar a quienes afrontan ese dolor

Tragedia en UrdaAlejandro Martinez Velez

Hay mañanas que arrancan con la aparente seguridad de la rutina. Un joven toma un tren para regresar a su hogar; un padre se despide de su hija en la puerta del colegio; una pareja sale a disfrutar de la noche; una familia comparte unas vacaciones sin sospechar que el agua o el destino irrumpirán de golpe. En cuestión de segundos, la existencia cambia para siempre. Sucesos como el trágico accidente ferroviario reciente nos confrontan de manera directa con una realidad que la sociedad actual prefiere esquivar: la extrema fragilidad de la vida.

Desde la perspectiva de Amor o Temor, es vital acercarnos a este sufrimiento colectivo comprendiendo que no todas las pérdidas se procesan de la misma manera ni desde el mismo punto de partida.

Las muertes por accidentes o catástrofes comparten una característica común: hacen que la vida nunca sea como la conocimos antes de ese evento.

Psicológica y emocionalmente sufres un impacto tan fuerte que te saca fuera del tablero de la vida cotidiana y comienza la reconstrucción, en un nuevo tablero del que desconoces absolutamente todos los componentes, y ya no te fías de nada ni de nadie, ni mucho menos confías en sus normas.

No se trata únicamente de encajar la ausencia de alguien amado, sino de la demolición inmediata de la sensación básica de seguridad sobre la que sostenemos el día a día.

Cuando una persona fallece tras una enfermedad prolongada o por el paso de los años, el psiquismo cuenta –dentro del inmenso dolor– con un margen para la anticipación. Existe un espacio de tiempo para asimilar el declive, organizar la despedida, expresar el afecto retenido y construir un relato interno que amortigüe el golpe.

En una tragedia masiva, la muerte se presenta de forma fulminante. Se carece de preparación simbólica, de ritos de transición o de un adiós gradual. Lo que toma el control es el shock: una reacción que trasciende lo emocional y se arraiga profundamente en el sistema nervioso, colapsándolo al no hallar esquemas previos para asimilar lo ocurrido.

Aunque no todo fallecimiento repentino deriva en un trauma, los escenarios catastróficos poseen una carga potencialmente traumática enorme. El modelo tradicional de Worden plantea que la elaboración saludable de una pérdida requiere atravesar cuatro etapas esenciales: asimilar la realidad del fallecimiento, permitirse sentir y expresar la herida emocional, reorganizar la vida cotidiana en ausencia de la persona y recolocar el vínculo afectivo para seguir caminando. Sin embargo, ante una catástrofe, este itinerario queda paralizado en un primer momento debido a la hiperactivación del trauma.

Cómo funciona el duelo traumático

Para acompañar con lucidez y empatía, resulta clave diferenciar cómo se manifiesta cada experiencia.

En el duelo convencional predomina la tristeza, los recuerdos se organizan como una historia coherente, el dolor se transforma de forma progresiva, la asimilación es gradual y la culpa suele ligarse a la relación («pude haber hecho más...»).

En el duelo traumático, en cambio, predomina la consternación y el estado de alerta constante, los recuerdos aparecen como destellos sensoriales aislados, la angustia irrumpe de manera violenta e incontrolable, se sufren reexperiencias intrusivas mediante imágenes o pesadillas, y emerge con frecuencia la culpa de supervivencia («por qué ellos y no yo»).

En el dolor traumático no solo se llora a quien se ha ido; se desmorona la fe en que el mundo es un lugar estable, tal como conceptualizó Janoff-Bulman.

La tragedia destroza de un plumazo las asunciones inconscientes que nos permiten vivir con tranquilidad: la idea de que el entorno es predecible y seguro, de que los desastres no suceden de forma arbitraria, de que si actuamos con cautela estaremos a salvo, o de que tenemos la capacidad de detectar los peligros a tiempo.

Cuando una catástrofe echa por tierra estas premisas en un instante, la mente no solo se enfrenta a la tristeza: debe reconstruir desde cero los cimientos de su propia realidad.

Esta ruptura brusca obliga a los seres queridos a realizar una doble tarea emocional simultánea: asimilar la partida del ser amado y reconfigurar la visión del mundo que habitan.

Durante los primeros momentos, es habitual observar dinámicas que pueden desconcertar al entorno: insensibilidad o anestesia emocional, sensación de irrealidad (sentir que se vive en un sueño o una pantalla), acción en piloto automático para resolver trámites con frialdad aparente, incapacidad para romper en llanto, respuestas corporales alteradas (palpitaciones, temblores, insomnio, vigilancia extrema) e imágenes mentales persistentes que vuelven una y otra vez.

Que un familiar afirme «siento que esto no me está pasando a mí» o «tengo grabado ese momento en la cabeza» no es signo de patología, sino la manifestación directa del impacto.

A nivel neurobiológico, la mente activa de inmediato sus mecanismos primitivos de defensa: la amígdala entra en sobreexcitación, manteniendo al organismo en una señal de peligro inminente; el hipocampo pierde la capacidad de estructurar la memoria, dejando los recuerdos desarticulados; y el córtex prefrontal reduce su actividad, dificultando la reflexión abstracta, el lenguaje fluido y el sosiego.

Debido a esto, los instantes en torno a la tragedia –la llamada de teléfono, la llegada de los equipos de rescate, la espera agónica en el hospital o la identificación– no se archivan como una memoria narrativa común, sino como huellas sensoriales no integradas: ráfagas de sonidos, luces e imágenes fijadas en el cuerpo.

Una cultura de espaldas a la muerte

Habitamos una cultura volcada en dar la espalda a la finitud. Nos hemos convertido en una sociedad tanatofóbica: rendida al culto a la inmediatez, a la producción continua y a la ficción de que todo se puede controlar.

Nos hemos convertido en una sociedad tanatofóbica: rendida al culto a la inmediatez, a la producción continua y a la ficción de que todo se puede controlar.

Marginamos el dolor y relegamos la muerte a espacios clínicos, tratándola como un fallo inaceptable en lugar de como parte de nuestra propia naturaleza. Al dar la espalda a la muerte, nos quedamos sin herramientas cuando se hace presente. Por eso, cuando irrumpe un accidente masivo, el impacto nos halla desarmados.

Cuesta acompañar el sufrimiento del prójimo porque apenas sabemos sostener la propia fragilidad; recurrimos a explicaciones apresuradas o frases vacías porque el silencio nos resulta insoportable.

Educarse en la pérdida no es una postura pesimista: es un ejercicio de madurez, sabiduría y amor. Comprender la finitud debería ser un pilar básico en el desarrollo humano.

Cuando la lógica humana queda pulverizada por la magnitud de una tragedia, el análisis intelectual resulta insuficiente. El acompañamiento debe trascender lo técnico y anclarse en dimensiones fundamentales.

La primera es la presencia compasiva y el buen corazón: sostener a quien atraviesa un dolor devastador no exige discursos ni consuelos prefabricados, exige la templanza de permanecer a su lado sin salir huyendo de su sufrimiento, brindando un silencio cálido, una mirada humana y una escucha serena.

La segunda es la preparación en trauma: comprender las reacciones del sistema nervioso ante un evento traumático permite a profesionales y allegados ser un puerto seguro en mitad de la tormenta, evitando añadir más confusión al dolor.

Escuchando los testimonios de estos días, impresiona constatar cómo la tragedia ha tocado la tierra de Urda, un lugar cuyo corazón late con una devoción profunda en torno a su Cristo, a quien tantas personas entregan sus oraciones y su fe. En instantes de tanto desamparo, donde la razón humana se queda sin respuestas y la mente se quiebra, sostenerse en la fe en Dios cobra un valor sencillamente inconmensurable.

Sé que en medio de un dolor de esta magnitud resulta extraordinariamente difícil mirar hacia arriba, y que incluso la fe puede atravesar su propia noche oscura ante la incomprensión de la pérdida.

Sin embargo, cuando la tierra bajo los pies desaparece, solo el amor de Dios tiene la capacidad de envolver y abrazar un corazón destrozado. No para explicar lo inexplicable, sino para sostener lo insostenible. Apoyarse en la fe no es negar el sufrimiento, sino entregarlo a una presencia mayor que nos cobija cuando no nos quedan fuerzas.

La fe y la mirada transpersonal nos recuerdan que la existencia trasciende la forma material y que el vínculo de amor construido jamás se destruye. Desde esta perspectiva profunda, la pérdida y las crisis existenciales no son solo un fin, sino una verdadera iniciación.

Los duelos profundos funcionan como catalizadores de la conciencia: aunque comienzan con un choque brutal, tienen el poder de demoler la estructura rígida del ego y romper las corazas con las que intentábamos protegernos del mundo. Esta «demolición del yo» no ocurre para destruirnos, sino para desvelar lo que hay debajo.

Si este dolor se transita de manera consciente y acompañada, el resquebrajamiento de nuestras certezas se convierte en un desafío evolutivo; un umbral sagrado que abre el corazón, ensancha la alma y abre paso a una versión de nosotros mismos infinitamente más profunda, humilde, compasiva y conectada con la vida y con el sufrimiento ajeno.

Ante la violencia de lo imprevisto, la respuesta del Temor nos empuja al aislamiento, al pánico, a la desconfianza o al endurecimiento del corazón. La respuesta del Amor, por el contrario, nos mueve hacia la solidaridad, la ternura y el respeto reverente ante el sufrimiento del otro. Nos recuerda que, aunque no esté en nuestras manos evitar la tragedia, sí está en nuestra mano elegir desde dónde nos sostenemos los unos a los otros cuando el suelo se quiebra.

Hoy enviamos nuestro pensamiento más profundo, nuestra presencia y nuestro abrazo a cada hogar afectado por esta pérdida. Nos unimos en una sola oración con la humilde certeza de que ese amor los sostiene a ellos y a nosotros, pidiendo con el alma que para todas las almas que han partido brille la luz eterna.

Inmaculada Gómez es terapeuta, especialista en duelo y creadora del programa Amor o Temor.