¿Cómo le explicamos el dolor y la muerte a los niños y a los adolescentes? Una guía básica, por edades
La magnitud de la tragedia de Urda hace inevitable que los niños se enteren de lo que ha sucedido. Por eso, como explica María Solano, experta en comunicación familiar y profesora de la Universidad San Pablo CEU, es esencial que los padres tomen la iniciativa para explicarles cómo afrontar con esperanza la evidencia de que «el dolor forma parte de la vida y la vida no siempre es justa»
«La tragedia del accidente tiene tal magnitud que merece que todos los hogares dediquemos tiempo a explicarla»
La tragedia del accidente de trenes en Toledo tiene tal magnitud que merece que en todos los hogares le dediquemos un tiempo a explicarla. Porque da igual si hablamos con niños pequeños, con adolescentes o con jóvenes. Una desgracia tan cruel y unas imágenes tan impactantes llegan a todos.
Los niños se enteran porque ven a los adultos tristes, enfadados, preocupados, pendientes de la televisión.
Los adolescentes y los jóvenes reciben toneladas de vídeos y de fotografías, algunos ciertos, otros no, casi ninguno de ellos filtrado con criterios éticos, la mayoría con contenido muy sensible.
Así que, ante esta realidad, los adultos tenemos que explicar cómo es posible tanto sufrimiento. Y la tarea es tan compleja que también nos servirá de explicación a nosotros.
El dolor forma parte de la vida. La vida no siempre es justa.
No podemos rehusar la explicación porque no hablar de un tema no hace que desaparezca, incluso genera más ansiedad por conocerlo, y los niños y adolescentes pueden desarrollar miedos si no son capaces de comprender lo que sucede y acaban por rellenar los blancos de la historia con ideas que no responden a la realidad.
Así que lo mejor es adelantarse a explicarles que hay situaciones que no tienen explicación racional y que no son ni justas ni merecidas, pero la vida está llena de esas injusticias en las que nosotros sólo podemos controlar cómo elegimos afrontarlas.
Por eso es tan importante que les dejemos hablar sobre las emociones que les ha generado este drama y que les ayudemos a canalizarlas de la manera más adecuada.
La vida terrena concluye en la muerte, de la que hablamos poco
Vivimos en una sociedad que ha comprado de manera categórica el principio de la felicidad a cualquier precio y actuamos como si la muerte no existiera.
Sumado al hecho de que hemos alargado la esperanza de vida y hemos reducido las tasas de mortalidad, los niños y adolescentes no están acostumbrados a enfrentarse con el sufrimiento y con la muerte de familiares. Una realidad de la que a veces incluso se les mantiene al margen.
Sin embargo, recuperar la naturalidad con la que generaciones anteriores hablaban de la muerte como un paso más en nuestra vida, les ayuda a contextualizarla sin restarle importancia, a comprender que existe y no se puede evitar. Por eso, plantear esta realidad a partir de una tragedia como la vivida en Toledo es una manera de que vayan tomando conciencia de que la vida incluye la muerte.
Las cosas malas pasan. A veces con razón. A veces sin ella.
Lo malo es siempre injusto. En ocasiones, es fruto de un dramático azar, como que un abuelo padezca Alzheimer o un hermano tenga un cáncer. En otras, son concatenación de una serie de causas que son a su vez fruto de una serie de decisiones de diversas personas, desde no invertir lo necesario en la remodelación del sistema de seguridad hasta equivocarse al dar un permiso para circular. Todo apunta a que este ha sido el caso en los trenes.
Pero no se puede hacer mucho por lo que ya ha pasado, no se puede echar el tiempo atrás. Por eso es tan importante que ayudemos a niños y adolescentes a comprender que no tenemos capacidad para revertir el tiempo, pero sí para decidir cómo vamos a afrontar nosotros la adversidad y cómo podemos manejar el dolor que nos genera.
Es importante que no se queden atrapados en la tristeza, en el miedo o en la ira, aunque sea natural que los sientan. Y nuestro papel es recorrer con ellos el camino para que transiten su propio duelo.
Del mal se puede sacar el bien: la muerte habla de la vida
Ante la frustración de la tragedia y de la injusticia, en lugar de quedarnos paralizados en el hecho de que la vida es fugaz e injusta, podemos ayudar a nuestros menores a que aprovechen ese natural miedo a la muerte, esa ansiedad que nos genera nuestra fragilidad y finitud, para aprender a disfrutar aún más de la vida y de la familia en la a veces monótona pero imprescindible cotidianeidad.
No se trata de celebrar una desgracia para extraer algo positivo, sino de hacer una lectura de la tragedia para poder aprender de ella. Que esto nos ayuda a valorar más la vida, los momentos más anodinos, a celebrar que hoy estamos aquí y que estamos juntos.
Pero es imprescindible hacerlo desde la esperanza. En las familias creyentes se construye al hablar con confianza de la vida eterna y de ese paso de una a otra como un ciclo natural.
Guía básica de gestión del dolor y la muerte por edades:
- Hasta los 6 años: Quizá se han enterado vagamente de la tragedia y aún comprenden poco. Con ellos es sencillo hablar de la tierra y el cielo porque su capacidad de imaginación hace que esta explicación resulte lógica para ellos.
- De 6 a 12 años: Una etapa muy delicada porque no sabemos qué han visto, qué no han visto y cómo se han enterado de lo que hayan podido ver. Son como esponjas y están tan atentos a todo lo que pasa alrededor que es fácil que hayan captado algo sin comprender casi nada. Así que es importante adelantarnos para que tengan información correcta, adecuada a su edad, y que sepan gestionar sus emociones.
- De 12 a 15 años: Un periodo muy complejo porque ya habrán visto el accidente a través de móviles y redes sociales, propios o ajenos. Además, les llega todo descontextualizado, sin ningún tipo de confirmación, sin criterios éticos, con imágenes sensibles y claramente inadecuadas. Por eso con este grupo hay que trabajar de manera urgente, antes de que la desinformación pueda causar estragos en su conciencia aún en formación. Si los tratamos como los adultos que ya casi son, se sentirán más reconfortados.
- A partir de los 16: La última etapa de la adolescencia nos obliga a estar más vigilantes porque no es infrecuente que se exalten en exceso. Poco racionales y más viscerales, tenemos que acompañarlos en es la montaña rusa de emociones que produce cualquier tragedia, porque sólo así podrán canalizar su reacción. Están a un paso de ser adultos. Nos toca confiar en que sabrán manejar la adversidad, el sufrimiento y el dolor mejor de lo que pensamos.
* María Solano Altaba es profesora y ex decana de la Facultad de Humanidades de la Universidad CEU San Pablo