Niños en una clase de natación
Los ahogamientos de niños se evitan en invierno: las clases de natación salvan vidas (y mejoran las notas)
Una investigación de la Universidad de Canberra, en Australia, demuestra que la natación ayuda a los niños no solo físicamente sino también en su desarrollo, según expertos de la Universidad de Canberra, Australia
Del mismo modo que los incendios del verano se apagan en invierno, con la correcta limpieza de los montes, los ahogamientos infantiles en playas y piscinas también se previenen mucho antes de que las temperaturas inviten a un chapuzón.
Hasta el 30 de septiembre de 2026, 37 menores habían muerto en España por ahogamiento no intencional, según el Informe Nacional de Ahogamientos de la Real Federación Española de Salvamento y Socorrismo (RFESS). Sólo en julio fallecieron doce menores y, al cierre de agosto, el balance acumulado alcanzaba ya 34.
El dato no mejora demasiado al mirar atrás. En 2025 murieron 47 menores de edad por esta causa, alrededor del 10% de todas las víctimas de ahogamiento registradas ese año en espacios acuáticos españoles. La propia RFESS insiste en que la prevención debe mantenerse durante todo el año y que muchas de estas muertes son evitables.
Y ahí aparece la herramienta más importante de todas las prevenciones posibles: aprender a nadar correctamente.
Porque aunque la vigilancia no debe relajarse cuando hay niños en el agua, no es lo mismo aprender a flotar o nadar de verano en verano, que desarrollar la capacidad de desenvolverse con autonomía en el medio acuático.
Aprender a nadar mejora el aprendizaje
Sin embargo, apuntar a los niños a natación durante el curso no sólo puede ayudarles a moverse con mayor seguridad en el agua: también tiene un impacto altamente positivo en el propio desarrollo de los niños e incluso en su desempeño escolar.
Así lo asegura una reciente investigación, desarrollada durante cuatro años y analizada por Robyn Jorgensen, profesora emérita de la Universidad de Canberra (Australia). Según sus datos, los niños que aprenden a nadar pronto pueden adquirir antes determinadas habilidades relacionadas con el aprendizaje y la socialización.
El trabajo contó con casi 7.000 participantes en encuestas y con 177 niños evaluados individualmente. Sus resultados han sido desarrollados ahora por Jorgensen en su libro Why Young Children Should Learn to Swim (Por qué los niños pequeños deberían aprender a nadar).
Hasta 18 meses de adelanto
La investigación surgió de una observación de Laurie Lawrence, entrenador olímpico de natación e integrante de los Salones de la Fama de la Natación de Australia y Estados Unidos. Lawrence llevaba años percibiendo que los niños que aprendían a nadar pronto parecían llegar mejor preparados al colegio.
«No existía ninguna prueba formal que respaldara esta observación, pero era algo que Laurie sentía que él y muchos otros en la industria de la natación habían observado», explica Jorgensen.
Para comprobarlo, los investigadores utilizaron herramientas de evaluación estandarizadas, entre ellas las Escalas de Desarrollo Motor Peabody y las pruebas Woodcock-Johnson III.
Los resultados mostraron que los menores de cinco años que participaban en actividades de natación podían encontrarse entre cinco y 18 meses por delante de los hitos esperables en capacidades como alfabetización, aritmética o seguimiento de instrucciones, independientemente de su nivel socioeconómico.
Eso no significa, matiza Jorgensen, que aprender a nadar haga automáticamente más inteligentes a los niños.
Sí: nadar impacta en las Matemáticas
La explicación estaría en las habilidades que se practican dentro de una piscina y que después pueden trasladarse a otros ámbitos.
Por ejemplo, un niño que cuenta diez patadas junto a su monitor está trabajando la secuencia numérica y la correspondencia uno a uno. Establecer patrones de secuencias, seguir instrucciones, esperar un turno, coordinar movimientos, escuchar al adulto o controlar la propia respuesta ante una dificultad son también destrezas que pueden resultar útiles dentro del aula.
El estudio encontró además ventajas relacionadas con el desarrollo cognitivo, el lenguaje y la regulación emocional.
«Es razonable afirmar que la natación prepara a los niños para la etapa escolar, especialmente para los primeros años y la transición a la escuela», sostiene Jorgensen.
La natación no termina en la piscina
Obviamente, la mayoría de los padres que apuntan a sus hijos a natación lo hacen por una razón mucho más inmediata: conseguir que aprendan a flotar, moverse en el agua y reaccionar mejor ante situaciones de peligro.
Pero para Jorgensen los resultados abren un debate sobre el acceso a estas actividades: las clases de natación suelen resultar caras y, según la investigadora, los beneficios observados justificarían estudiar programas públicos de apoyo específicamente destinados a la infancia.
«Este estudio demuestra que, incluso teniendo en cuenta el nivel socioeconómico, los niños que participan en clases de calidad obtienen mejores resultados que la población general», explica.
Por eso, propone que las administraciones públicas valoren subvenciones o programas destinados a familias que, de otro modo, no podrían asumir su coste.
«Invertir en clases de natación de calidad sería una decisión políticamente acertada. El costo de las clases puede ser bastante elevado, pero si se crearan políticas para ofrecer subsidios a los padres o para crear programas de natación para familias desfavorecidas, existe un gran potencial para aportar capital a estos grupos de estudiantes», finaliza.