Rafi Escobedo
45 años del crimen de los marqueses de Urquijo: ¿qué calló Rafi Escobedo?
El asesinato de los marqueses de Urquijo no solo sacudió a la aristocracia, sino que se convirtió en uno de los misterios más fascinantes de la crónica negra española
La madrugada del 1 de agosto de 1980, la calma veraniega de la urbanización Somosaguas, en Pozuelo de Alarcón, se quebró para siempre. En el chalet número 27, situado en el Camino Viejo de Húmera, una mansión de ladrillo rodeada de jardines, pinos y altos muros, la nobleza española perdió su brillo en un instante. María Lourdes de Urquijo Morenés, quinta marquesa de Urquijo, y su esposo, Manuel de la Sierra Torres, aparecieron muertos a tiros en su dormitorio.
Ella tenía 45 años; él, 55. Dos disparos certeros atravesaron la boca y el cuello de la marquesa; el marqués recibió un tiro en la nuca mientras dormía. Ningún vecino escuchó nada. El perro guardián no ladró. Y desde esa noche, la casa quedó marcada por el inconfundible aroma de los misterios sin resolver.
Era un verano sin culebrones televisivos y con la política casi paralizada por las vacaciones. «La policía descarta el móvil terrorista en el asesinato de los marqueses de Urquijo» decía la prensa entonces. España, en plena transición democrática, se asomaba fascinada a un relato de sangre, linaje y traiciones que parecía salido de una novela inglesa: aristocracia, lujo y una mansión que, sin embargo, se convirtió en escenario de una ejecución quirúrgica.
Noticia del crimen
El marqués consorte no era un personaje cualquiera. Ingeniero, abogado, banquero, caballero de la Orden de Malta, del Santo Sepulcro y del Santo Cáliz de Valencia, representaba la imagen de una nobleza activa y ceremonial. La marquesa, por su parte, acumulaba títulos: Urquijo, Loriana y Villar del Águila, además de ser Grande de España. Sus vidas parecían blindadas. Pero aquella madrugada, todo se derrumbó. Pronto, todas las miradas apuntaron a Rafael «Rafi» Escobedo, exyerno del matrimonio. Joven de buena familia, estudiante de Derecho, atractivo y sociable, se había casado en 1978 con Myriam de la Sierra, la hija de los marqueses. Pero el cuento de hadas se convirtió en desencuentro: al marqués le irritaba la falta de ambición de su yerno, y a Rafi le dolía el desprecio con el que era tratado. «Se arrepentirá», llegó a advertirle. Tras una breve convivencia en Somosaguas, la pareja se mudó a un piso en Madrid y, poco después, se separó.
Miriam de la Sierra con su bebé y su marido
En abril de 1981, la policía lo detuvo. Los casquillos hallados en la escena y en una propiedad de su familia, junto con la pistola Star F del calibre 22 —a nombre de su padre y rescatada del pantano de San Juan—, lo colocaron en el centro del caso. Rafi reconoció su implicación inicial, aunque nunca reveló quién disparó ni si actuó acompañado. El tribunal lo condenó en 1983 a 53 años de cárcel por un asesinato cometido «solo o en compañía de otros», una coletilla que alimentó la leyenda negra. La sombra de un segundo hombre, Javier Anastasio de Espona, amigo íntimo de Escobedo, planeó siempre sobre la historia. Huyó a Brasil, y cuando regresó, la causa ya había prescrito.
La investigación estuvo plagada de errores: cadáveres lavados antes de la autopsia, pruebas desaparecidas, testigos que se contradecían. Todo parecía envuelto en una mezcla de descuidos y silencios cómplices.
En 1988, el caso sumó su último capítulo trágico: Rafi Escobedo apareció muerto en su celda, con restos de cianuro. La versión oficial habló de suicidio pero también se hablo de envenenamiento. Aun así, las cartas en las que insinuaba que no había actuado solo mantuvieron viva la sospecha. Con su muerte, gran parte de la verdad del crimen se fue con él, dejando para siempre un aire de novela inacabada.
Juan de la Sierra en 2003 en Madrid
Desde entonces, la mansión de Somosaguas arrastra fama de casa maldita. La propiedad, de más de mil metros cuadrados, con nueve dormitorios, biblioteca, sala de cine y piscina cubierta, se convirtió en símbolo de tragedia y albergará siempre el secreto de quién los mató. Tras el fallecimiento en 2022 de Juan de la Sierra, hijo de los marqueses y VI marqués de Urquijo, la vivienda pasó a sus herederos y se puso a la venta por 3,2 millones de euros, un precio sorprendentemente bajo para su tamaño y ubicación. Ni el lujo ni los títulos han logrado borrar el estigma que cubre sus paredes.
Con la muerte de Juan de la Sierra, el título de marqués de Urquijo pasó a su primogénita, Victoria Urquijo Caruncho de la Sierra, estudiante de Psicología en la Universidad Pontificia de Comillas, en Pozuelo, curiosamente a pocos minutos de la mansión familiar.