Pedro Almodóvar
Almodóvar se viste de Prada: un polo de 1.000 euros para defender al pueblo de Gaza
El director manchego protagonizó un vídeo solemne en el que pide al Gobierno romper relaciones con Israel
La falsedad adopta muchas formas, pero pocas resultan tan evidentes como cuando se disfraza de compromiso social mientras presume, al mismo tiempo, de lujo. Eso es exactamente lo que ha sucedido con Pedro Almodóvar. El director manchego, maestro indiscutible de la escenografía en sus películas, protagonizó un vídeo solemne en el que pide al Gobierno romper relaciones con Israel «en repulsa por el genocidio contra el pueblo gazatí». Palabras graves, gesto serio, tono de manifiesto… y un detalle imposible de pasar por alto: un polo de Prada valorado en 1.000 euros.
El mensaje, difundido desde la cuenta de su productora El Deseo, forma parte de la campaña #AccionesYa, impulsada bajo el paraguas de Artistas con Palestina. Almodóvar invitaba a la ciudadanía a grabarse, usar el hashtag y exigir acciones concretas. Pero lo que pretendía sonar como un alegato político terminó transformándose en otra cosa: un escaparate involuntario de incoherencia. Porque el compromiso se percibe de manera muy distinta cuando se declama arropado por una de las firmas más exclusivas del mundo.
No es un desliz aislado. Almodóvar mantiene desde hace años un idilio con Prada: en 2017 llegó incluso a ser imagen de una de sus campañas masculinas. Su fidelidad a la marca italiana es casi tan constante como su cercanía política a Pedro Sánchez. El cineasta nunca ha ocultado su simpatía hacia el presidente, al que ha defendido públicamente en numerosas ocasiones, especialmente en lo que respecta a la cultura y a la agenda social. La paradoja es evidente. El director que reclama al presidente una decisión drástica en el terreno diplomático lo hace vestido como embajador de lujo europeo.
El resultado, como era de esperar, ha sido demoledor en redes. «¿Esta gente quiere parecerse a los ricos a pesar de que van predicando lucha obrera?», ironizaba un usuario en X. Y es inevitable que nos venga a la mente un episodio ya clásico de la política reciente: el chalet de Galapagar.
Polo de Pedro Almodóvar
En 2018, Pablo Iglesias e Irene Montero, entonces líderes de Podemos y símbolos de la izquierda combativa, anunciaron la compra de una vivienda unifamiliar con parcela en Galapagar, a las afueras de Madrid. La operación, valorada en más de 600.000 euros, supuso un golpe a su propia narrativa. Durante años habían criticado con dureza a los políticos que abandonaban los barrios populares para instalarse en urbanizaciones exclusivas, lejos del transporte público y del «pueblo al que dicen representar». Iglesias llegó a afirmar en 2015 que era «peligroso» que los dirigentes vivieran en chalets de lujo, pues perdían el contacto con la realidad cotidiana. Cuando fue él quien dio el salto, la incoherencia le persiguió hasta hoy, convertida en símbolo de la llamada izquierda caviar.
La comparación no es gratuita: como en Galapagar, lo que chirría no es la casa ni el polo en sí —cada cual vive y viste como quiere—, sino la contradicción entre el discurso militante y la estética burguesa. Y esa incoherencia, en un país tan dado a la sátira, acaba devorando el mensaje principal.
Porque el problema no es que Almodóvar vista de Prada; el problema es que el foco se desplaza. El genocidio que denuncia el cineasta pasa a un segundo plano; lo que se debate es el precio de su look.