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Francesca Thyssen

Francesca Thyssen, mostrando su anillo de compromiso

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Así será la boda secreta de Francesa Thyssen: en Venecia y marcada por una ausencia

La hija de Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza y el comisario alemán se darán el «sí, quiero» en una ceremonia íntima

En Venecia, donde el agua murmura secretos más antiguos que las piedras, este jueves 9 de octubre se celebrará una boda que casi nadie verá. No habrá grandes fastos ni góndolas cubiertas de flores. Será una ceremonia discreta, casi invisible, y sin embargo cargada de simbolismo. Porque Francesca Thyssen-Bornemisza, una de las figuras más influyentes del arte contemporáneo europeo, ha decidido dar un nuevo paso en su vida lejos de los focos y del protocolo.

Hija de Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza, el barón que transformó su colección privada en uno de los grandes museos del mundo –el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid– y de Fiona Campbell-Walter, la modelo neozelandesa que fue su tercera esposa, Francesca ha trazado su propio camino. De su padre heredó la mirada artística; de su madre, la elegancia cosmopolita.

Años más tarde, el barón se casaría con la legendaria Carmen Cervera, «Tita», su quinta esposa y guardiana del legado familiar, consolidando así la rama española de una de las sagas más fascinantes de Europa.

Criada en un entorno de lujo, cultura y curiosidad intelectual, la heredera se formó primero en el prestigioso internado Le Rosey, en Suiza, y más tarde en la Central Saint Martins School of Art and Design de Londres. Desde muy joven demostró una sensibilidad especial hacia la creación contemporánea y el medioambiente. En 2002 fundó en Viena la Thyssen-Bornemisza Art Contemporary (TBA21), una plataforma pionera que une arte, ciencia y activismo ecológico. Su figura es hoy un referente internacional en el mecenazgo artístico.

La coleccionista y filántropa, de 67 años, unirá ahora su vida a la del comisario y artista alemán Markus Reymann, dieciocho años menor. Él, nacido en Taunusstein, soñó con ser nadador profesional antes de entregarse al arte y la ecología. Desde hace más de una década ambos comparten proyectos y un mismo compromiso: la defensa del océano como territorio de vida y creación. Juntos impulsan Ocean Space, un innovador centro de arte y ciencia ubicado en la antigua iglesia de San Lorenzo, en Venecia, donde –según apuntan diversas fuentes– podría celebrarse el enlace.

Hasta ahora, el hermetismo ha sido absoluto. No se han hecho públicos los detalles del lugar ni del formato, pero todo indica que será una ceremonia íntima, rodeada de arte y de un pequeño grupo de familiares y amigos. Entre los invitados estarán Borja Thyssen, hermano de padre, y su esposa Blanca Cuesta, con quienes la novia mantiene una relación cercana y cordial.

Borja y Francesca Thyssen, en la inauguración de la exposición Lucian Freud

Borja y Francesca Thyssen, en la inauguración de la exposición Lucian FreudGTRES

En cambio, Carmen Cervera no viajará a la ciudad de los canales. Según las crónicas, la baronesa habría decidido quedarse en España «por pereza de ir tan lejos», una frase ligera en apariencia, pero que suena también a una decisión cargada de distancias discretas. Porque, aunque entre ambas siempre ha existido un respeto mutuo, Francesca y Tita representan dos maneras distintas de entender el legado Thyssen.

La una, educada entre internados suizos y museos europeos, concibe el arte como laboratorio, como territorio de pensamiento y experimentación. La otra, marcada por su instinto popular y su carisma, lo defiende como herencia sentimental y nacional, un bien que debía pertenecer a España. Esas visiones —intelectual frente a mediática, global frente a patrimonial— chocaron en más de una ocasión, especialmente en los años posteriores a la muerte del barón.

Sin embargo, ambas supieron encontrar un punto de encuentro. En el centenario del nacimiento de Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza, celebrado en 2021, madre política e hija del coleccionista aparcaron diferencias y mostraron una complicidad inesperada. No hubo gestos de frialdad ni de rivalidad: solo un reconocimiento implícito de que, pese a los caminos distintos, ambas comparten la misma raíz.

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